Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

CUBA EN LA MEMORIA

Haber sido niño en Mérida; recordar a beibolistas como Orestes Miñoso, Adolfo Luque, Andrés Fleitas y Sandalio Consuegra; conservar la huella de las crónicas deportivas y eruditas de Eladio Secades; poder cantar hasta hoy las canciones de Eusebio Delfín; haber tenido un abuelo que pasó por La Habana a su regreso -flamante ingeniero- de Cornell; saber que en un hospital de esa ciudad le extirparon un tumor gastrointestinal a otro abuelo y que de la capital cubana llegaban las fajas ortopédicas para mantenerlo en forma, evocar el olor maderoso de las cajas de puros que los médicos cubanos enviaban a su expaciente, guardar en algún recoveco de la memoria las páginas sepia de la revista Bohemia con fotos de guerrilleros y aviones batistianos derribados, no haber archivado los manuales de terrorismo que la Tricontinental hacia llegar por correo normal y mexicano -en los tardos sesentas- a las oficinas de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana en las metropolitanas calles de Jalapa (casi con Puebla)…

Haber conocido a Reinol González, católico y revolucionario, preso durante catorce años y pico por el régimen castrista, liberado por obra y gracia de Gabriel García Márquez a insistencia infatigable y heroica de Teresita, la esposa exiliada en Miami; ser amigo de José Jesús Planas, sindicalista católico que ganó las primeras elecciones de la Confederación de Trabajadores Cubanos después de la revolución y tuvo que salir del salón y del país tan rápido como le fue posible; haber sido huésped en Caracas de Eduardo García Moure, en el exilio después de haber arriesgado todo en la lucha contra Batista; disfrutar de la confianza de José Ignacio Rasco, compañero de Fidel Castro en el Colegio de Belén que los jesuitas tenían en La Habana, cuya generación festejará este año el cincuentenario de su graduación de bachillerato…

Haber leído al “Ché”; haber visto a los guevaristas mexicanos del 68 transformarse en burócratas y hasta en escritores de discursos y ditirambos para el dinosaurismo priísta más cavernícola; verlos peregrinar a Chiapas en busca del arca perdida; haber hablado una y otra vez con Andrés Openheimer, autor de La hora final de Castro, antes y después de leer su libro. Saber que Jorge Valls, después de 20 años de cárcel, no perdió la fe, ni la esperanza, ni la caridad…

Todo esto y más llevaba en las alforjas cuando emprendí viaje a Cuba, invitado por el presidente de esa República, y se me fue agolpando en la mente durante las seis horas de espera en el aeropuerto de San José de Costa Rica, víctima del retardo con que nos obsequió la línea aérea tica. El avión iba lleno. Llegamos a La Habana cerca de las dos de la madrugada. Nos ofrecieron el “mojito” profetizado por mi amigo y compañero de gira Gabriel Jiménez Remus, mientras manos invisibles agilizaban trámites migratorios, aduaneros y de equipaje. Vimos el fondo de los vasos. Salimos hacia la residencia 52 del protocolo. José Antonio y Rebeca, del Partido Comunista Cubano, fueron nuestros anfitriones. Gregorio -antiguo marino que conoce Veracruz-, nuestro chofer. Juanita -piel negra, aros de gafas blancos- nuestra ama de casa.

LA HABANA, LAS REGLAS

Un letrero luminoso y políglota -todavía hay frases en ruso- nos dio la bienvenida. Calles oscuras, avenidas en penumbra pobladas de solitarias “guaguas” noctívagas nos condujeron al hospedaje. Calor agobiante. Austeridad espartana en los cuartos. Amabilidad exuberante en los rostros, las palabras, los gestos y las atenciones. El sol hizo su horneante tarea desde la mañana recién nacida. Roberto Robaina nos esperaba – desenfadado y franco- a la puerta misma del Ministerio de Relaciones Exteriores. Afrontamos a los periodistas en el jardín. Le entregué a quien luego supe que para todos es “Robertico”, una bandera cubana. Pasamos a la reunión privada en que se pondrían las cartas sobre la mesa y quedarían establecidas las reglas de un juego inédito tanto para el panista como para el cachorro de una revolución no mexicana. Dúo sin partitura. Mounier habría podido repetir que “sólo las cifras incomprensibles de nuestro destino constituyen el verdadero libro legible”.

Respeto, cordialidad, franqueza. No al embargo, asunto común. Si al pluralismo político, tema de las diferencias. Cito a Martí y su siglo, sus revoluciones de “alas rotas” para señalar que la integridad del vuelo de cualquier transformación social profunda se mide en la vida cotidiana de las personas concretas. México y Cuba, a mi juicio, llevan demasiados años hablando de cambio y cuentan con demasiados pobres. El hostigamiento norteamericano es insuficiente para explicar las cosas. Roberto, como Osmany Cienfuegos, Armando Hart y Abel Prieto más tarde, reconocerían que los errores propios también cuentan.

No les permitirían afirmar algo distinto los miles de cubanos que, después de haber comprado el boleto de la igualdad, asisten al espectáculo de las diferencias, de la economía doble (la del peso y la del dólar), del estímulo en “moneda convertible”. Alguien diría en privado, entre triste y desafiado, que en 1990 los cubanos descubrieron que en el mundo del llamado “socialismo real” los cambios sólo se produjeron “por derrumbe” y que fue necesario tocar fondo para rectificar el rumbo. “Tuvimos que llegar a la congelación para poder empezar a calentarnos”, se nos dijo. Pero -y de nuevo se me hace presente Mounier- “las explicaciones no disminuyen el escándalo del sufrimiento”.

LOS ERRORES

Para llegar a alguna conclusión sobre los puntos que atraen la atención de la autocrítica cubana, se debe tener algo parecido al espíritu del arqueólogo. Levantar un vestigio aquí, otro allá, comparar, cotejar, inducir. Y sobre todo, asumir que las conclusiones son propias y no endosarlas a las trazas recogidas. Recordar, para no caer en trampas de la fe ni de la fe perdida, ni mucho menos de la fe supuesta, que-se lo escuché a una mexicana inteligente- “historiar no es regañar a los muertos”. Lo que también vale para esta experiencia.

¿Qué parecen aceptar como errores los dirigentes cubanos? Me atrevo a enumerar, bajo mi propia responsabilidad, los siguientes:

1) Haber aceptado como válida la interpretación marxista oficial de la historia del siglo XX, así como la decisión (no cubana) de dividir al mundo en dos bloques a partir del fin de la Segunda Guerra mundial. Haberse entregado a uno de éstos con la confiada ingenuidad de todos los que -Carlos Fuentes dixit- comenzaron creyendo que sabían y acabaron sabiendo que creyeron.

2) Haber rechazado, junto con el capitalismo, las ciencias y técnicas de la administración, la existencia del mercado, la necesidad de premiar el esfuerzo eficiente, la posibilidad de productivizar el interés material de las personas, la influencia decisiva de lo religioso (“cometimos la locura de formar y lanzar a trabajar a misioneros del ateísmo”), la aportación nacional de quienes no compartían la doctrina oficial.

Sospecho -sólo pude comprobarlo muy tenuemente- que estos y otros temas son en la actualidad materia de discusiones muy amplias en Cuba. Bien harían los cubanos en difundir, en hacer público el contenido de tales debates, así como de los mecanismos que -según ellos- han puesto a operar para la construcción de consensos en diversas materias, en especial las económicas. Difícilmente podrán, si el debate es real, afrontar el futuro sin que los puntos de vista culturales diferentes se coagulen en expresiones políticas plurales. Es más, estimo que impedir que esto suceda les complicará gravemente el camino hacia las soluciones económicas mismas. El desastre del PRI, en México, es hijo de la pretensión de monopolizar políticamente, partidistamente, las ideas de nación, de patria, de Revolución, de Estado, de historia. Es cierto que las circunstancias no son idénticas, pero la experiencia mexicana -en lo que tiene de “alas rotas”- bien podría ser útil a los hermanos isleños.

E PUR SI MUOVE…

Espacio y tiempo limitan estas imágenes e impresiones. Queda una anécdota para cerrar esta parabólica. Se la escuché a Eusebio, el entusiasta restaurador del centro histórico de La Habana: remozada y reconstruida la añosa iglesia de San Francisco; reconvertida en sala de conciertos presidida por su viejo crucifijo (no la expropió la Revolución, sino el liberalismo jacobino), recibió la imagen del pobre de Asís en ceremonia pública. Una negra de edad avanzada acudió, junto con cientos de compatriotas, a la reinstalación de aquélla. Y le dijo a Eusebio: “Orula regresó a su casa”.

Más de cien años de liberalismo y marxismo no pudieron con San Francisco ni con su versión africana, de santería. Allí están en el pueblo que no pudo saciar su hambre de pan ni su sed de justicia bajo las banderas de las racionalidades erigidas en dogmas y generadoras de muerte. Hay que pensar todo de nuevo, tal vez muy cerca, otra vez, de Mounier: “Se necesita sufrir para que la verdad no se cristalice en doctrinas, sino que nazca de la carne”. Lástima. Lástima del tiempo perdido. Lástima de las alas, tantas alas, rotas.

Y algo esperanzador. En 1988, Héctor Aguilar Camín dijo haber estado en Cuba y haber podido sólo oír a Castro. Yo sé que, en 1995, Fidel escuchó atentamente. Es más, se dejo interrumpir todas las veces que lo intentó mi impertinencia.