A los 7 años, Nelson Rodrigues escribió una composición para la escuela; el tema era libre y eligió uno que lo cautivaba desde entonces: el adulterio. Con precoz soltura, narró la historia de un marido engañado que apuñala a su mujer.
Ya consagrado como cronista y dramaturgo, diría: “Soy un chico que ve el amor por el ojo de una cerradura […] Soy y siempre he sido un ángel pornográfico”. La frase no sólo define un temperamento sino una técnica: Rodrigues describió los sucesos más escabrosos con infantil curiosidad y celebró a los héroes con ironía, convencido de que la gloria depende más de los adjetivos que de los hechos. “Todo ángel es terrible”, escribió Rilke, anticipando al brasileño que bajaría al infierno para bailar samba.
Nacido en 1912, en Recife, provincia de Pernambuco, Nelson creció en Río de Janeiro, imprescindible telón de fondo de su escritura. A los 13 años se incorporó a la redacción de La Mañana, el periódico que su padre, Mário Rodrigues, editaba con la misma urgencia con la que procreó catorce hijos. La empresa era familiar en el más literal de los sentidos; las hermanas hacían trabajos secretariales y dos de los hijos, Mário y Roberto, descubrieron que ningún juguete supera a una máquina de escribir.
Tres años mayor que Nelson, Mário Filho decidió firmar con el apellido de su madre para no ser confundido con el dueño del periódico. En 1931 fundaría Mundo Deportivo, primer diario brasileño consagrado a los avatares de las canchas, y en 1947 publicaría un libro pionero sobre el racismo en el césped: El negro en el fútbol brasileño. Promotor del estadio Maracaná, logró algo inaudito para un periodista: la catedral del fútbol brasileño lleva su nombre.
Si Mário le brindó a Nelson un modelo literario, su hermano Roberto le proporcionó algo más dramático: un personaje. Después de La Mañana, el patriarca de la familia fundó Crítica, periódico dedicado a la ambigua tarea de mezclar la vida privada con el acontecer público. Una mujer de alta sociedad se ofendió por un reportaje sobre su divorcio y decidió corregirlo con un revólver. Llegó a la redacción para asesinar al dueño del negocio, pero no lo encontró y se conformó con matar a su hijo. Roberto se convirtió en un mártir de la indiscreción ajena.
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