Nadie conmovió a Graham Greene tan profundamente como Catherine Walston. El era católico y amarla a ella era pecado. Sin embargo, se sintió intensamente vivo por ella y arriesgó su alma inmortal. Estaba en su naturaleza el llegar más allá de los límites permitidos: quería saber, experimentar, pero, sobre todo, quería un gran amor. Tanto él como Catherine eran religiosos y católicos genuinos, y aun así se dejaron llevar por las tentaciones sexuales. Él incluso se sintió aún más católico con su aventura, llevando la frase del poeta T. S. Eliot en el corazón: “La mayoría de la gente está muy poco viva: únicamente cuando están muy despiertos son capaces de llegar también antes al Diablo”.

Greene estaba hechizado. Fue una atracción de opuestos: a pesar de su extraordinaria fama como novelista, era todavía tremendamente tímido, al contrario que Catherine, una rica y atractiva extrovertida: “Estoy enamorado de un perfil de Bacall —dijo—, un bosque en Cambridgeshire, el tabaco Chesterfield, cuartos de aseo y Rolls-Royces, Austins y Fords, whisky irlandés”.

Ella dominó sus pensamientos durante más de una década y fue la fuente de su creatividad. El revés de la trama no hubiera sido acabado sin ella. El final de la aventura no se hubiera empezado.

Catherine era una americana casada con Harry Walston, un rico terrateniente inglés. Había contraído matrimonio con él cuando sólo contaba dieciocho años de edad, a pesar de haber dicho a su hermana el día que se casó: “No estoy enamorada de Harry”. Cuando Catherine conoció a Greene, ella y Harry llevaban casados doce años y él no era un hombre que censurara la vida amorosa de su mujer. Catherine explicó la situación a un amigo: “Nuestra vida sexual finalizó casi antes de haber empezado”.

Cuando Greene conoció a Catherine, su vida ya era complicada. Su mujer, Vivian, vivía en Oxford con sus dos hijos, él había tenido durante largo tiempo una amante en Londres, Dorothy Glover. Vivian sabía que su marido estaba viviendo con Dorothy en Londres (a pesar de que Greene había intentado que no se enterase), y que tenía muchas más mujeres. Pasaron años, sin embargo, antes de que se enterase por completo de su infidelidad. “Antes de dejarme, Graham me dijo que había tenido treinta y dos mujeres. No estoy segura de si quería o no herirme. Quiero decir, yo sabía que me era infiel, pero en realidad no lo quería saber. Mientras no lo supiera la familia seguía unida —eso era más importante”.

Vivian era imparcial con Dorothy, bastante clara —“cuadrada y pequeña”, era la descripción que hacía de ella. Pero la señora Walston la molestó profundamente. Catherine era joven, bonita, delgada y muy rica. “La recuerdo viniendo a Baumont St. (la casa de los Greene en Oxford) con el abrigo más maravilloso, de color albaricoque. Muy guapa, con rasgos hermosos y ese maravilloso abrigo —en aquellos tiempos duros, cuando uno contaba los cupones de los libros de racionamiento, sólo para obtener un par de guantes”.

Catherine cambió a Greene, según Vivian. “Hasta que conoció a la señora Walston siempre fue muy dulce. Era una mala influencia para él. Se convirtió en otra persona. Los niños le empezaron a ser indiferentes y tenía un temperamento violento y terrible. Ella lo cambió completamente. Era una mujer muy poderosa, con muchas influencias sexuales, y no es que a mí me faltasen, pero ella tenía un gran número de hombres, y con su dinero…”.

Una cita imprevista

Pero lo que Vivian nunca olvidó y que realmente le molestó fue que ella había ocasionado aquel encuentro: “La señora Walston escribió a Graham para decirle que sus libros la habían influido tanto que se iba a convertir al catolicismo. Iba a ser acogida en la iglesia y me llamó por teléfono: ¿iría él a su recepción? Cuando le dije a Graham que había llamado para pedirle que fuese su padrino, ya que había sido él el que la había acercado a la iglesia, él dijo bastante sonriente, ‘Oh, claro, ven tú también’. Y Vivian fue”.

Al final, un amigo llevó a Graham y a Catherine a tomar algo en Londres. Greene recuerda: “Conectamos muy bien y luego ella me invitó a ver su casa de campo (los Walston vivían en Cambridgeshire). Se estaba haciendo tarde después de la comida y ella dijo: ‘Oh, te llevaré en el avión’. Y ése fue el principio de la aventura”. En una carta a su madre el explicó con detalle: “Comimos juntos en la granja y se planteó la pregunta de cómo llegar a Oxford. Eran las tres menos cinco y en tren nos hubiera llevado hasta las ocho. Una brillante idea se le ocurrió y dijo: ‘¿Por qué no volamos? Yo iría contigo y volvería’ Llamó al aeródromo, saltamos en el interior de su coche, después en un pequeño avión, y estaba en Kidlington fuera de Oxford en cuarenta y cinco minutos. Fue un vuelo maravilloso sobre el terreno nevado”.

Fue en el avión donde supieron que llegarían a ser buenos amigos. Greene estaba impresionado por su belleza, pero también por la facilidad y libertad que poseía, una libertad que él nunca había conocido. Ella le dijo: “Me gustas mucho”. Greene era consciente de que cada uno tenía su vida y no había peligro: Catherine un marido y cinco niños pequeños, Greene una mujer y dos niños, ella era su ahijada y él su padrino.

Los ataques de Vivian para prevenir la aventura eran en vano. Ese abril empezó a ser serio cuando Greene y Catherine fueron a Achill juntos, a su isla irlandesa (o mejor dicho la casita de campo en Achill que le pertenecía a ella y no a su marido). Achill iba a ser su escapatoria del mundo hacia su propio paraíso particular. Y el amor iba a comenzar en Achill, un intenso amor descrito en su poema “No puedo creer”, que fue escrito para Catherine, pero no se publicó hasta 1983, cinco años después de su muerte: “Sólo puedo creer en el amor que llega de pronto / A la orilla de un cielo despejado; / No creo en las amistades que florecen lentamente / Y me preguntó ‘¿por qué?’ / Porque nuestro amor viene de forma salvaje, de repente. / Como una batalla. / No puedo concebir un amor que surge con suavidad / Y se hunde sin una cicatriz”.

Un amor imparable

El amor de Greene, desde luego, no sería de esa clase. Después de haber dormido con Catherine, Greene continuaba deseándola obsesivamente. Cualquier cosa que hacía ahora con Dorothy le recordaba a Catherine. Se sentía inquieto. Trató de llamarla por teléfono desde Charing Cross sin obtener resultados y se fue a la cama deprimido, pero se levantó “lleno de felicidad”, porque recordaba sus momentos en Achill y a ella diciéndole “¡Me gusta tu olor sexy!”. Al día siguiente, Greene recibió una carta suya (“Qué preciosa es tu letra”) y la localizó por teléfono: “Resulta que me sentía animado y te he escrito mil palabras”. El carácter y la posición de Catherine no le facilitó al famoso novelista conquistarla. Nunca estuvo seguro de su amor —después de todo, ella había tenido muchos amantes— y él a menudo intentó persuadirla de que no le amase. Pero si era paz lo que buscaba con esta relación, fue culpabilidad lo que encontró, el sentimiento que más afectaba a Greene. A pesar de que no consiguió suicidarse, los hechos revelan que Greene tenía un deseo formidable de autoaniquilación. Sufrió numerosas depresiones. Durante este periodo realizó sus obras de arte, novelas que tenían una marcada dimensión religiosa y en las que es visible el sentido del aislamiento humano, la pasión y la muerte. Un mundo donde sus héroes eran cabeza de turco, sobre los que recaía la maldición y a los que las llamas del infierno parecían tocarles.

El núcleo de la tristeza de Greene estaba en su naturaleza, una mezcla de sensibilidad extrema y deseo sexual por las mujeres que formaban parte de su órbita. Llegó a pensar que era malo tanto para su mujer como para su amante, Dorothy. Sus siete años de aventura con ella se estaban volviendo agrios y les estaba causando a ambos una profunda ansiedad. Cuando el amor murió, una culpabilidad irrevocable le asaltó, a través de una sensación de pena y responsabilidad, por ambas mujeres. Durante mucho tiempo pensó en escapar de las dos. La vida en Thriplow, la casa de los Walstons en Cambridgeshire, era diferente de lo que nunca había sospechado Greene. Por allí habían pasado durante años invitados como George VI, Elizabeth II, Dwight Eisenhower, Bob Hope, Eddie Cantor y James Cagney. Evelyn Waugh, a quien Greene presentó a Catherine, la recuerda de este modo: “Muy rica, de Cambridge, judía, socialista, frente alta, científica, agricultora. Tenía cuadros de Picasso en paneles corredizos y cuando los empujabas aparecía un cristal liso y un establo con un semental mirándote”.

Greene se estaba embarcando en una aventura de amor de proporciones peligrosas. La casa de Catherine estaba casi siempre llena de hombres, todos ellos admiradores, y Greene dudaba de si era recíproco su apasionado amor. Pero familia y amigos estaban de acuerdo en que Catherine lo amaba, que él era su pasión más grande.

Cuando Greene pasó las navidades de 1947 con los Walston, él y Catherine se las arreglaron para hacer el amor mientras el marido de Catherine estaba en la casa. El incidente, de forma indirecta, inspiró El final de la aventura. El amor de Greene por Catherine era complicado para su relación continua con Dorothy y Vivian. Se fue de vacaciones a Irlanda con Dorothy, que quería revitalizar su amor. Pero era, sin saberlo ella, una esperanza vana, inútil. En una posdata de una carta a Catherine escribió: “Dios mío, qué aburrido estoy”.

Código secreto

Dorothy no podía sustituir las intensas sensaciones experimentadas en Irlanda con Catherine: “Una completa ausencia de sandwiches de cebolla”, escribió. Este era un código para hacer el amor. Mientras en Irlanda con Dorothy, Greene intentó mantenerse fiel con Catherine.

Parecía que Henry Walston odiaba el olor a ajo, así que en Thriplow, Greene y Catherine lo comerían obsesivamente, así Harry no entraría de repente en el medio de la noche. Greene pensaba que esto era tan divertido que lo usó en El final de la aventura, cambiando cebollas por ajos para que Harry Walston no se diese cuenta de lo que habían hecho.

La absurda y grotesca vida amorosa de Greene continuaba. Vivian siempre supo más de lo que admitió y lo mantuvo en secreto. Cuando Greene y Catherine regresaron de su primera visita a Achill pasaron por Oxford. Vivian y los niños habían ido a Bath a pasar el día y cuando regresaron a casa los encontraron allí juntos.

Una noche en Bath

Greene explicó que Catherine tenía mal la espalda y el viaje de regreso a Londres era largo, sería mejor si pasaban la noche allí. Vivian recuerda: “¡Y yo dije, ‘Voy a misa, está sólo a la vuelta de la esquina’. Ella dijo: ‘Oh, voy contigo’ y vino y tomó la comunión a mi lado!”. Vivian tuvo que hacer las camas y cocinar la cena. “Era imposible, era una situación espantosa”. Después de esto, Vivian estaba segura de que el fin de su matrimonio estaba cerca.

Incapaz de huir hacia la libertad, colocó a Dorothy en el camino de una aventura y tenla grandes esperanzas: “Deseo que se deje llevar. Henry está en la ciudad y van a ir a una fiesta juntos esta noche. Rezaré con todas mis fuerzas para que pase algo”. La aventura sin amor con Dorothy y el matrimonio acabado con Vivian contrastaban con la promesa de amor periódico de Catherine. Se dio cuenta de que vivir con Vivian en Beaumont Street sólo durante un fin de semana era insoportable.

Sus nervios estaban al borde. “Quiero tu paz y emoción de nuevo”. Vivian esperaba que si no le daba importancia, la aventura quedaría olvidada y se acabaría. Dorothy reaccionó de forma diferente a la infidelidad de Greene. “Dorothy era muy celosa”, recuerda Vivian. “Le enviaba postales con ilustraciones de lápidas. Gritaba y voceaba. Él estaba orgulloso de la marca que ella le había hecho quemándolo con un cigarrillo en la mano. Pienso que eran cosas brutales más que reproches. El no se estaba aburriendo”. El secreto del mal de Greene era el aburrimiento que le llevaba hacia la locura.

Todavía no sabía cómo dejar a Dorothy. Ella no le dejaría y, después de amar a Catherine durante un año entero, todavía estaba viviendo con Dorothy en Londres. Con el fin de poder ver a Catherine con más frecuencia, Greene convenció a Dorothy para que viajasen a Africa. El proyecto del viaje la suavizó: “¡Ella ha estado muy amable estas últimas semanas y mucho más preparada para aceptar el hecho de que uno puede amar a dos personas!”. No era que quisiera aplicarse este argumento a él mismo. Al contrario, estaba poseído de su amor por Catherine: anhelaba ser su único amor. No tenía éxito. Una vez Vivian le preguntó: “¿No te importan los otros amantes de Catherine, que esté casada y todo eso?”. Él respondió un poco afectadamente: “Hubiera deseado que no hubieses dicho eso, ha sido muy rencoroso”, y añadió insolentemente: “¿Por qué me debería importar? Yo he tenido muchas otras mujeres”.

Pero a Greene le importaba. A menudo, su relación con Catherine era tensa por sus celos. Greene no confiaba en que Catherine se mantuviese fiel a él. Lo que le volvió loco fue su miedo a que él fuese simplemente “su favorito”, mientras Catherine estaba teniendo otras aventuras simultáneas. Un pasaje en El final de la aventura expresa claramente la actitud de Catherine hacia estas relaciones amorosas: “Piensa que todavía duermo con otros hombres, y si lo hiciera, ¿importaría tanto? ¿Si alguna vez él va con otra mujer, me quejo yo? No le privaría de un poquito de compañerismo en el desierto si no nos podemos tener el uno al otro allí”.

El general

Catherine se fue en un viaje a América y su carta parecía indicar que estaba teniendo una aventura con un viejo amigo, Lowell Wicker, un general americano que había estado destinado en Inglaterra durante la guerra. Greene estaba desesperadamente triste y mucho más celoso que Walston.

Catherine estuvo en América varios meses y él tenía miedo de que ella le dejase de amar. Cuando Greene sintió que él era sólo el amante favorito del momento, sus cartas representaban la sabiduría mundana, el amor experimentado y la perdida inocencia. Levantó una dura fachada, atrayéndola a quedarse con él, pero también mostrándole que él podría encontrar a otras si ella le dejaba.

Pero otras aventuras no le proporcionaban una respuesta: “Me enfadaría tanto como ahora, porque se negaba a ser celosa”. Sólo se preocupaba de Catherine. Imaginando lo que Catherine estaba haciendo en América. Greene tuvo una mala noche: “Hoy me siento muy cansado y perturbado. Desearía no haber tenido una familia y la sensación de responsabilidad. Te deseo, con locura y crudamente. Las sustituciones no resultan, desaparezcamos juntos. Estoy silbando. ¿No vas a contestar a mi silbido?”.

Acabó la carta con la primera profanación que aparecería en sus cartas a Catherine. “Maldita sea, por qué no decir lo idiota que soy. No puedo pasar más de treinta y seis horas sin tu amor”.

 

Norman Sherry