Fernando Escalante Gonzalbo. Historiador. Entre sus libros, Ciudadanos imaginarios.

Históricamente, la crisis y sus recurrentes avatares han acompañado al país a lo largo del tiempo. Cada época ha adelantado sus explicaciones y capoteado sus circunstancias con sus propios recursos. “El problema es que” -señala el autor-, “a falta de una explicación providencial cualquiera, suele darse razón de los desastres fabulando alguna gran conspiración, y el ánimo de venganza, una vez desatado, es siempre, siempre impredecible”.

Sin duda, las crisis de otros tiempos eran mucho más emocionantes. Las de hace doscientos o trescientos años, por ejemplo. Empezaban poquito a poco, con algún augurio siniestro, con una catástrofe natural -una sequía, una inundación- de la que se tenían sólo vagas noticias; seguían después los rumores de carestía, de escasez, de cosechas acaparadas, y luego alguna plaga de ratas o de perros o de lo que fuera, y una epidemia. Crecía la cosa, con mucha tensión dramática, y empezaban a llegar extraños a todas partes, masas de fuereños hambrientos y enfermos, hasta que empezaban los motines.

Hay que convenir en que, comparado con aquello, lo de hoy resulta bastante desangelado. Porque la crisis se anuncia en televisión y se trata de la tasa interbancaria promedio, los instrumentos líquidos de corto plazo y cosas semejantes, que a duras penas pueden conmover la imaginación de nadie.

La gente, además, tenía entonces otro ánimo. Bastaba la menor insinuación para que se organizaran rogativas y procesiones y se pusiesen todos a hacer penitencia, con muy sincero arrepentimiento. Hoy, en cambio, nadie piensa que el haberse acostado con su vecina tenga que ver con el desequilibrio en la balanza de cuenta corriente, y el único arrepentido sería el cura que se atreviese a sugerir algo así.

Tiene su chiste fijarse en el cambio, y no sólo para lamentarse de que cualquier tiempo pasado haya sido mejor. Tiene su chiste porque, en buena medida, la naturaleza de una crisis, y su destino, depende de toda esa serie de circunstancias: no es lo mismo, de ningún modo, vivir los prolegómenos del Juicio Final que padecer los efectos de la falta de liquidez o el diferencial de inflación.

Exagerando sólo un poco podría decirse que la crisis es, sobre todo, un tema de conversación; el significado de una crisis se decanta en el conjunto de sobreentendidos que deciden el tono en que se habla de ella.

La verdad es que, en este país, desde hace siglos, lo normal es que vivamos en crisis. Aunque todo se pueda arreglar y todos sepamos cómo arreglarnos, lo cierto es que nada hay seguro, estable, definitivo, nada que marche como Dios manda y con lo que estén todos conformes. De modo que basta con mirar con alguna atención para descubrir que está en crisis la educación superior, la procuración de justicia, la industria del juguete o el sistema político. Aparte de lo cual, por supuesto, está el hecho de que tenemos una economía de temporal, a la que cada tanto le vienen achaques y descalabros.

Hoy nos parece natural y lógico que para hablar de nuestras miserias, que de eso se trata la crisis, conviene un tono lastimero y desencantado. Pero no ha sido siempre así, ni tiene por qué serlo. Uno puede imaginarse, por ejemplo, al cura Hidalgo diciéndole a doña Josefa: “El virreinato está en crisis”, y la cosa no suena a lamentación ni a desesperanza.

En términos generales podría decirse que hay dos tipos de crisis: optimistas y pesimistas, cuya clasificación depende del talante de quienes la anuncian. Algunas hay que incluso despiertan el entusiasmo de muchos, como la crisis del Antiguo Régimen, la crisis de la familia, la crisis de la Civilización Occidental, la crisis del capitalismo o del socialismo; hay otras, en cambio, mucho menos presentables.

Si uno se pusiera filosófico podrían decirse cosas muy serias sobre todo ello. Podría decirse, por ejemplo, que el optimismo frente a las crisis deriva de una confianza en el progreso de la Historia, o que traduce mutaciones espirituales de lentísima gestación. Y a lo mejor sería cierto todo. Sin embargo, viendo las cosas más de cerca y con ánimo de molestar el asunto resulta más sencillo. Una crisis optimista ocurre cuando la anucian resentidos, aventureros u oportunistas con ambición bastante para intentar pescar a río revuelto. “Esto está en crisis”, suelen decir, “así que dejen que yo me haga cargo para enderezarlo”. Y a eso se le llama visión de futuro.

Las crisis pesimistas, por otra parte, ocurren cuando todos pueden ver el desbarato de lo que hay, pero a nadie se le ocurre nada mejor, ni está la gente con ánimos para hacerse ilusiones.

Muy en breve, lo que hace que una crisis sea optimista es una mezcla de audacia, imaginación e irresponsabilidad; de lo cual resulta a veces una revolución, a veces un fraude. Lo que la hace pesimista, en cambio, es una mezcla de ineptitud, temor y sentido práctico, de la que no puede esperarse nada muy lucido.

La que tenemos ahora es, con claridad, una crisis pesimista, aunque no falten, por supuesto, los optimistas que buscan empleo anunciando el fin del sistema político y cosas semejantes. Como cumple a una situación así, todo es, por donde se mire, desaliento, congoja, desilusión. Y los primeros desilusionados son los políticos que, por alguna razón, no alcanzan a ver más que la realidad, y no les da vergüenza confesarlo. Aquí no hay fantasía que valga, ni remedio para consolarse.

Cualquiera sabe que la realidad monda y lironda es siempre obtusa, monótona, intransigente y estúpida; por eso hacen falta los cuentos, los mitos y las neurosis. Como si no lo supieran, sin embargo, nuestros políticos se empeñan en un discurso realista que es, sin remedio, obtuso, monótono, intransigente y alguna otra cosa. El resultado es, casi por fuerza, deprimente, porque la realidad siempre lo es.

Tal como hoy estamos, pues, no nos queda sino lamentarnos y sufrir, hasta donde la paciencia aguante, un derrumbamiento que resulta, poco más o menos, de causas naturales: así de ajeno, mecánico e impenetrable se nos presenta. Pero eso tiene también consecuencias políticas.

En primer lugar, una crisis sirve siempre para justificar el ejercicio del poder, porque pone de manifiesto la fragilidad del orden. La conciencia del riesgo aumenta el peso de las razones, mejores o peores, de los que mandan o de los que aspiran a mandar. Si la crisis es, sin embargo, un fenómeno natural que conviene soportar con estoicismo, es poco lo que puede aprovecharse de ella para acrecentar el prestigio de los mandones.

En segundo lugar, una crisis trastorna el funcionamiento de casi todos los mecanismos sociales, para bien y para mal, por cuya razón sirve también para impulsar estrategias políticas. A poco que se piense en ello resulta evidente que no todo es decadencia y destrucción en una crisis: hay siempre ciertas instituciones cuya vitalidad, cuyo sentido, de hecho, depende de la recurrencia de las crisis. Se trata de formas, con frecuencia arcaicas, que sirven para garantizar la subsistencia o que permiten imaginar un horizonte de estabilidad.

Hay siempre, y conviene notarlo, una secreta hostilidad entre esas instituciones de auxilio, por llamarlas así, y la racionalidad formal, impersonal de la Modernidad. Porque su utilidad deriva, precisamente, de que no se haya disuelto en ellas por completo el contenido personal de las relaciones. Hacen falta para restablecer la confianza cuando los automatismos del orden social han fracasado, y eso es lo que hacen las redes familiares, el cacique, la caridad, eso hacía en su tiempo don Antonio López de Santa Anna y eso pueden hacer, llegado el caso, los mecanismos de gestión del Partido.

Una crisis optimista anuncia, entre otras cosas, una transformación de las instituciones de auxilio: ofrece nuevas garantías porque ofrece un horizonte distinto. Una crisis pesimista, en cambio, contribuye a reforzar los mecanismos que ya existen y resulta ser, en esa medida y por esa razón, conservadora en sus consecuencias.

Es inevitable, a pesar de todo, el empeño de conjurar, ritualmente, la crisis. Hasta el pesimista más recalcitrante necesita humanizar lo que ocurre, porque sólo así puede hacerse políticamente manejable. El problema es que, a falta de una explicación providencial cualquiera, suele darse razón de los desastres fabulando alguna gran conspiración; y el ánimo de venganza, una vez desatado, es siempre, siempre impredecible.