José Vasconcelos no mintió. “Arquitecturó”, ejerció “la artesanía de lo inmaterial”,1 dio su versión de los hechos al mismo tiempo que elaboraba su versión de la historia nacional de 1500 a 1936; pero no mintió. Le consta al historiador quien puede señalar inexactitudes, equivocaciones pero no dolo ni fraude. Le seguí la pista a Vasconcelos en los archivos mexicanos, franceses y norteamericanos de 1920 a 1929 y mi testimonio, frágil como todo testimonio, no deja de fundamentarse en documentos impresionantes.

El vasconcelismo, epopeya y tragedia, nació de la pistola de José León Toral cuando, muerto Obregón, se abrió para México la posibilidad de la democracia y para Vasconcelos la de repetir la hazaña nacional de Madero. Vasconcelos decidió tomar al pie de la letra el discurso de Calles que anunciaba el fin del caudillismo y la era de las instituciones; retar a elecciones democráticas, manifestar el fraude, recurrir a las armas, como Madero tres veces.

La apuesta de Calles era que a la oposición se le dejase hablar, se le permitiese gritar, todo menos tomar el rifle.

Vasconcelos no quería caer en esa trampa y repitió a lo largo de su intensa campaña electoral: la consigna es “esperar las elecciones y votar en ellas, pero resueltos a defender después su voto, arma en mano, contra todo y contra todos”.

Por lo mismo la gran pregunta, la dolorosa interrogación que vibra a lo largo del libro, diez años después: “¿Por qué no hubo levantamiento?”, que se puede entender como: “¿Por qué me dejaron solo? ¿Por qué no cumplieron?”.

El mismo Vasconcelos da elementos de explicación y para el historiador no hay ningún misterio, antes es sorprendente que haya habido algunos pocos levantamientos aislados.

Vasconcelos quedó preso del calendario institucional: su campaña empieza al final de 1928 para unas elecciones previstas para noviembre de 1929. En dos etapas perdió toda base militar fuerte: en marzo-abril de 1929, la rebelión de los generales obregonistas, rápidamente derrota: la primera por Calles, con la ayuda de los Estados Unidos, no solamente le quitó una posible alianza militar, sino el apoyo efectivo de quienes hubieran podido ser grandes guerrilleros, como Eulalio Gutiérrez, expresidente de la Convención (1915), como el general Ochoa de Sinaloa y otros más que se dejaron llevar por el escobarismo y quedaron desarmados para el otoño de 1929.

En una segunda etapa perdió la fuerte base cristera: en junio de 1929 el gobierno anunció a la nación que había concluido “arreglos” con la Iglesia, se reanudó el culto, se acabó la guerra y 40 mil cristeros se fueron para su casa. “La noticia de la forzada rendición de los cristeros me produjo calosfrío en la espalda. Vi en ello la mano de Morrow [Dwight Morrow, el embajador norteamericano, ‘el Procónsul’]”.

Vasconcelos pensó seriamente en desistir, si bien es cierto que después, frente al entusiasmo de las muchedumbres civiles, “aún procuré engañarme”. No se engañaron los Eulalio Gutiérrez y otros veteranos revolucionarios quienes advirtieron: “Se quedará Usted gritando en el vacío, el país está cansado”. Cansado y desarmado, frente a un Estado más fuerte que nunca, sin generales ni cristeros que combatir en el campo de batalla. Fue en este momento preciso, después de los “arreglos”, que la represión, contenida más de seis meses, se desató contra el vasconcelismo. Fue cuando el procónsul “aconsejó” a Vasconcelos: “Ud. sabe de la maquinaria oficial. A última hora los cómputos pueden dar muchas sorpresas. Pero Ud. está haciendo una obra importante, educando al pueblo en la democracia. En la próxima, de aquí a cuatro años, su triunfo será seguro, siempre que no cometan ustedes el error de intentar una rebelión”.

Pero sin anticiparnos, hablemos del vasconcelismo. En sus Memorias,2 Daniel Cosío Villegas apunta que la candidatura de Vasconcelos, “ese simple hecho quería decir dos cosas importantísimas. La primera, que el país estaba ya harto del clan sonorense (…) Y la segunda, que Vasconcelos era el personaje ideal, ahora sí que ‘ni mandado a hacer’, para encarnar esa renovación, pues no pertenecía a esa familia, antes bien, había chocado con Calles, y se había expatriado no para sancionar ni siquiera con su presencia física ese gobierno”.

El país estaba cansado de los sonorenses y veinte años de violencia. Existía una profunda aspiración civilista.

“Antes de que volviera a entrar José Vasconcelos en territorio nacional, el 10 de noviembre de 1928, estaba formado el Comité Pro-Vasconcelos (.. ) Todo lo que en el México de 1928 representaba a los intelectuales no comprometidos con la familia revolucionaria, en pocas palabras. Como buenos profesionistas de la clase media —de la que habían salido y a la que se sentían pertenecer—, la defensa del individualismo social, político y económico, así como la de las libertades formales, era el centro de sus preocupaciones”.3

Mencionemos, en desorden, para no ser injustos, algunos de los “muchachos” vasconcelistas: el poeta Gutiérrez Hermosillo, Octavio Medellín Ostos, los Magdaleno, Raúl Pous, Bustillo Oro, Herminio Ahumada, Alfonso Taracena, Alejandro Gómez Arias, Manuel Moreno Sánchez, Carlos Pellicer, Samuel Ramos, Adolfo López Mateos, Salvador Azuela, Rodolfo Uranga, Méndez Rivas, Enrique González Rubio, Germán del Campo, Vázquez del Mercado, Miguel Palacios Macedo, Manuel Gómez Morín, Luis Calderón, Andrés Henestrosa, Roberto Medellín, José C. Valadés, y, ¿por qué no?, Ursulo Galván y Luis Cabrera que ya no eran muchachos, pero sí “buenos”.

¿Su “único apoyo”? Desde luego que no. El país estaba cansado de los sonorenses y veinte años de violencia. Existía una profunda aspiración civilista y Vasconcelos, como Madero, podía unificar revolucionarios “buenos” y católicos. Antes de los “arreglos”, el régimen parecía sin aliento.

Vasconcelos tenía a su favor el elemento popular urbano, las clases medias políticamente activas, los católicos, las mujeres, ciertos gremios como el ferrocarrilero y regiones enteras como Veracruz, Tampico y todo el norte de Torreón y Mazatlán para arriba.

El gobierno presentía el peligro de esta conjunción entre el elemento popular urbano, las clases medias políticamente activas y los campesinos en armas. La debilidad política y por ende militar de los cristeros procedía de su aislamiento, de la ausencia de aliados urbanos. El vasconcelismo iba a proporcionárselos, recibiendo a cambio el medio militar de vencer. Era preciso, pues, desmovilizar a los cristeros antes de las elecciones, y para eso hacer la paz con la Iglesia.

Los cristeros y Vasconcelos

No iba a ser la primera vez que se alteraran los resultados de un voto: pero la presencia de los cristeros en armas modificaba los datos del problema, ya que el vasconcelismo, si obtenía el apoyo de éstos, dejaba de ser un movimiento popular pacífico y vulnerable para convertirse en una formidable insurrección. Tanto Vasconcelos como el general cristero Gorostieta comprendieron la cosa. También la comprendió el gobierno. Vasconcelos cuenta cómo, hallándose de paso en Guadalajara, se entrevistó con los representantes de Gorostieta, les preguntó cuánto tiempo podrían resistir (dos años y más, si es preciso…), y se citó con ellos para el día siguiente a las elecciones. Gorostieta pensaba que Vasconcelos hubiese debido echarse inmediatamente al monte; pero éste juzgaba necesario movilizar al pueblo durante toda la campaña y recurrir al inevitable levantamiento, después de haber probado que la tiranía no podía ser derribada más que por la fuerza, ya que escarnecía la voluntad nacional.

Sobre este episodio mis investigaciones demuestran la veracidad de lo dicho por Vasconcelos. Eso ocurría en febrero de 1929.

A principios de marzo de 1929, los generales Manzo y Escobar se rebelaron contra el gobierno Calles-Portes Gil, con los jefes militares de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Durango y Veracruz. Trataron de ganarse a los católicos, aboliendo la legislación de Calles en su zona y estableciendo un pacto con Gorostieta.

El general Gorostieta hizo de la situación un análisis frío: Manzo y Escobar no eran más que unos generales sin escrúpulos y unos políticos hundidos, cuya improbable victoria no habría cambiado en nada la situación de la República, sino agravándola. Sin embargo, una alianza táctica no comprometía a nada y podría permitir conseguir al fin las municiones tan codiciadas desde hacía tres años, así como la entrada de los cristeros en los arsenales federales.

De hecho, los escobaristas contaban con utilizar a los cristeros en provecho propio, y la colaboración no tuvo éxito sino en algunos casos individuales. No sólo las tropas y los jefes rebeldes se hallaban desmoralizados, no sólo “Escobar robó los bancos y entregó la campaña”, sino que, sobre todo, no dio un solo cartucho a los cristeros, cuando hubiera podido darles trenes enteros de municiones. En eso también Vasconcelos dice la verdad.

Del 3 de marzo al 15 de mayo, los cristeros, en plena ofensiva desde diciembre de 1928, aplastaron a las tropas auxiliares abandonadas por la federación y se apoderaron de todo el oeste de México, de Durango a Coalcomán, con excepción de las ciudades más grandes, que como otras tantas islas permanecieron en poder de las guarniciones federales atrincheradas.

Mientras, los Estados Unidos abrieron sus arsenales al ejército federal y le proporcionaron artillería, aviones, camiones, morteros, armas y parque, sin contar caballos, alimentos, gasolina, etc… Quien tenga dudas podrá averiguar lo dicho en la documentación publicada por el Departamento de Estado norteamericano: The Insurrection in México, March 3 to May 1, 1929 (U.S. Government printing office, Washington 1929. México no. 1) y Lorenzo Meyer (op. cit., 206).

Los “arreglos”

Al comenzar el año, subrayaba Morrow el fracaso del último gran esfuerzo de guerra federal y telefoneaba al Departamento de Estado que su mayor preocupación la constituían los cristeros.

Si Morrow tenía prisa por llegar a un acuerdo era porque, pasado el peligro escobarista, veía al gobierno amenazado por un asunto más serio, cuando el fin a que había tendido toda la política norteamericana había sido asegurar el mantenimiento del régimen callista. “Si los Estados Unidos persisten en su política de sostener al gobierno legalmente constituido, México, sin duda alguna, se librará de la revolución organizada. Inculcar a los mexicanos el pensamiento de que ninguna revolución puede triunfar tiene mucho más valor que toda otra consideración, tal como la del problema de la Iglesia o de la tierra, y echa los cimientos del progreso verdadero”.4

O sea que Morrow sabía perfectamente, como Vasconcelos, que la alianza entre el vasconcelismo político y los cristeros como su brazo armado, era una amenaza formidable para el gobierno.

Morrow, hombre realista, quería encontrar “un modus vivendi para entendernos bien con los mexicanos”. Para esto tuvo que combatir con la intransigencia de los petroleros y de algunos diplomáticos norteamericanos; pero lo consiguió tan bien que la política de Calles, a partir de su llegada, cesó de inquietar los intereses económicos extranjeros, a tal grado que llegaron a pensar que “Calles es el mejor presidente del país desde Díaz”.

Morrow, personalidad brillante en extremo, había leído, antes de interesarse por México, los clásicos sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado: Stubbs, Creighton, Lord Acton y, como dice su biógrafo, Nicolson, “la tentación de va el caso mexicano como un problema de historia aplicada era para él casi irresistible”.

Tras de haber estudiado todos los documentos referentes al asunto, Morrow se formó muy rápidamente una opinión: “Nadie que no sea un loco trataría de arreglar la cuestión de principios entre la Iglesia y México. Esta cuestión de principios está muy bien subrayada en el documento que los obispos han enviado al presidente Calles, el 16 de agosto de 1926, y en la respuesta del Presidente, el 20 de agosto… Si comprendo la carta [de los obispos], lo que buscaba era ‘una tolerancia mutua suficiente para mantener la paz pública y que permitiera a la Iglesia una libertad relativa para vivir y actuar’. Al parecer, las únicas leyes específicas criticadas son aquellas que condicionan el ministerio y fijan el número de los sacerdotes… La carta del Presidente se consagra por extenso a la teoría y a la filosofía, lo cual no es, ni de lejos, su fuerte… insiste sobre el párrafo 5 del artículo 130 (negativa de personalidad a las Iglesias) y parece decir que ‘los ministros religiosos serán considerados únicamente como profesionales’. Yo creo, naturalmente, que la Iglesia no podrá jamás aceptar tal principio, y que todas las demás Iglesias coincidirán con ella en esta posición”.

Los Estados Unidos abrieron sus arsenales al ejército federal y le proporcionaron artillería, aviones, camiones morteros, armas y paque…

Roma comprendió inmediatamente el valor de la actitud de Morrow y volvió a negociar. En 40 días todo fue “arreglado.”5

El 12 de junio los obispos se entrevistaron con el presidente, y todo marchó muy bien; pero el 13 los prelados salieron desalentados de la segunda entrevista, pues Portes Gil manifestó un nerviosismo muy grande, por el temor a las posibles reacciones de sus radicales. El 14 recibió un telegrama de Tejeda, que prohibió que la prensa publicara, en el que aquél deploraba la vuelta inminente del “cochino clero que quiere reanudar su tarea monstruosa de deformar las conciencias y la moralidad del pueblo… No vais a permitir que las leyes de Reforma y la Constitución sean violadas” Los masones y la CROM multiplicaban los telegramas, y Portes Gil declaró a la prensa que no había ni qué hablar de transigir.

Morrow juzgó llegado el momento de intervenir, y decidió que antes de volver a entrevistarse de nuevo cada parte debía leer y aprobar un memorándum redactado por la parte contraria; él mismo se encargó de redactar los dos textos, y los obispos aprobaron, a condición de que Roma los autorizara, el memorándum en cinco puntos que Morrow les presentó, y que el P. Walsh telegrafió a Roma.

El 21 de julio entrevistáronse los obispos y Portes Gil, en presencia de Canales, secretario de Gobernación, y firmaron los acuerdos redactados por Morrow, que al día siguiente publicó la prensa. Portes Gil prometía verbalmente la amnistía para los rebeldes, la restitución de las iglesias, obispados y casas parroquiales, y su palabra de no volver atrás sobre lo que acababa de tratarse.

Inmediatamente los prelados marcharon a la Basílica de la Virgen de Guadalupe para dar gracias; allí, Monseñor Ruiz y Flores comunicó a Monseñor Díaz que Roma lo nombraba arzobispo de México.

Inmediatamente, los gobernadores recibieron la orden de poner en libertad a todos los prisioneros, los generales la de dar fin a la guerra y conceder salvoconductos a todos los cristeros que se presentaran, y las campanas tocaban a vuelo en el país para anunciar la reanudación del culto.

Los aviones dejaban caer sobre los campos millares de volantes para anunciar a los cristeros el término de las hostilidades, y los obispos les enviaban sacerdotes para persuadirlos a deponer las armas.

Espontáneamente, los so]dados comenzaron a desbandarse, convencidos de haber obtenido la victoria, ya que aquello por lo que se batían de manera inmediata, el culto, se había reanudado.

Después de los arreglos: el Procónsul otra vez

“Todo está perdido, salvo el honor”, pudo haber dicho Vasconcelos. Varios amigos, como Manuel Gómez Morín, o simpatizantes como aquel inglés corresponsal del Times argumentaron que el honor no necesitaba sangre, que el fraude sería absoluto —bien lo sabía Vasconcelos— y que no había esperanza militar. No podía escuchar la voz de esa razón y el consejo de fundar un partido para lanzar en una lucha cívica a largo plazo (¿una, dos, tres generaciones?), no podía escucharla porque el Procónsul utilizaba el mismo lenguaje. Morrow insistía en disuadir a Vasconcelos de levantarse en armas. Vasconcelos cuenta cómo, después de las elecciones, incomunicado en Guaymas, perdidas las esperanzas insurgentes, recibió la visita de John Lloyd, emisario del embajador norteamericano. Morrow le ofrecía, a cambio de la paciencia, la rectoría de la UNAM y una o dos secretarías en el gabinete para sus partidarios. En tales condiciones, no llamar a las armas, hubiera sido, para Vasconcelos, perder hasta el honor. No podía entender las virtudes de la larga, terca, oscura lucha cívica que emprendieron en aquel entonces muchos de sus partidarios, contra la persecución religiosa en los treinta, en la universidad, en la fundación de Acción Nacional, etc. Su negativa fue rotunda.

¿Inventa Vasconcelos? No. En los archivos de Manuel Gómez Morín está la carta siguiente:

México, octubre 17, 1933.

Sr. Edward G. Lowy,

Estate of Dwight W. Morrow,

Englewood, New Jersey.

Muy estimado señor Lowy-

Su cana del 5 de los corrientes.

Aparte de algunas reuniones accidentales con el finado señor Morrow, sólo tuve con él oportunidad de trato más cercano en dos ocasiones: una, con motivo del establecimiento de la sucursal del National City Bank of New York en México; otra, con motivo de la campaña presidencial de 1929.

Respecto de la primera de las ocasiones dichas, tengo el gusto de enviarle los siguientes documentos: original de la carta que me envió el señor Morrow; copia de mi contestación a esa carta, y original de la respuesta que por encargo y en nombre del señor Morrow dio a mi contestación el señor…

Respecto de la ocasión en que hablé con el señor Morrow a propósito de la campaña presidencial de 1929, no conservo documento alguno. Los hechos ocurrieron así desde los primeros meses del año de 1929, frente a la candidatura oficial del señor Ortiz Rubio para Presidente de la República, se organizó un movimiento de oposición postulando la candidatura del Lic. José Vasconcelos. Durante la campaña, los partidarios del señor Vasconcelos hicieron frecuentes alusiones al Embajador, indicándolo como instrumento de la imposición del candidato oficial señor Ortiz Rubio y diciendo, por tanto, que el Embajador se inmiscuía con ello en los asuntos de política interior de México. El señor Morrow, conociendo las ligas de afecto y de partido que me ligaban con el señor Lic. Vasconcelos, habló conmigo pidiéndome le dijera por qué se le atribuía una intervención favorable al señor Ortiz Rubio, pues, me dijo, él no tenía el menor interés en apoyar un candidato cualquiera en México y se limitaba a desear fervientemente la organización estable de la política mexicana. Le expliqué entonces, cómo entendía el público sus actos y los interpretaba como actos de intervención indebida en favor del Ing. Ortiz Rubio, ya que los partidarios de éste y los propagandistas del gobierno del Gral. Calles, no vacilaban en decir que el Gobierno de los Estados Unidos impulsaba la candidatura de Ortiz Rubio, fundándose en la amistad del mismo señor Morrow con el Gral. Calles, amistad que el señor Morrow ostentaba públicamente en una forma que no se limitaba a manifestarse en actos oficiales.

El señor Morrow me autorizó para decir al Lic. Vasconcelos que ni el Gobierno Norteamericano, ni él en lo personal, tenían el menor interés en el triunfo de Ortiz Rubio o de cualquier otro candidato; que sólo deseaban —y esto me lo repitió varias veces— la creación de una organización política estable en México y que su amistad y su apoyo al Gral. Calles era el único que había mostrado capacidad para crear y mantener un gobierno estable en la República. Le contesté diciendo que el partido Vasconcelista reconocía la necesidad de un régimen estable y por eso trataba de desarrollar una actividad electoral dentro de la Constitución; pero que además de la mera estabilidad política, el partido Vasconcelista y el país entero estaban deseando otras muchas cosas para cuya realización se hacía indispensable un cambio completo de hombres y de métodos en el gobierno; que, además, no obstante el buen propósito que el partido abrigaba de mantener la lucha política en el terreno puramente democrático y constitucional, la actitud del gobierno tratando de imponer la candidatura del señor Ortiz Rubio, gastando en ello los fondos públicos y haciendo uso de la fuerza para reprimir el libre desarrollo de la propaganda de oposición, hacía ver claramente, de antemano, la imposibilidad de lograr por el camino puramente democrático la renovación deseada, dándose con ello lugar al desarrollo de acontecimientos violentos, precisamente destructores de la deseada estabilidad. Se preocupó grandemente con esta conversación; me dijo que, consecuente con su deseo fundamental de evitar hechos que pudieran imposibilitar la existencia de un gobierno estable en México y fundándose en su demostrado afecto a este país, él haría, privadamente, un esfuerzo para convencer a los jefes de los dos grupos políticos en pugna, de la necesidad de entenderse, y me autorizó de nuevo, para decir al Lic. Vasconcelos, que ni por su representación oficial, ni por sus deseos personales, él (el Embajador) estaba inclinado en favor de Ortiz Rubio, aún cuando tampoco creía que fuera posible para el Lic. Vasconcelos organizar un gobierno que no tomara en cuenta sino que tratara de aniquilar totalmente al grupo Callista y al partido político que servía de base al Gobierno del Gral. Calles.

Poco tiempo después supe que el señor Embajador, por conducto de alguno de sus consejeros privados, bien conocido en México, dijo al señor Lic. Vasconcelos lo mismo que por mi conducto había expresado y que, meses más tarde, cuando fue ya evidente que el Gobierno del señor Portes Gil, bajo la presión del partido político callista, impediría o no reconocería una elección a favor de Vasconcelos, por conducto de su mismo amigo y consejero privado, dijo al señor Lic. Vasconcelos, en Guaymas, que para evitar una fricción violenta, podría hacerse un arreglo en virtud del cual el Lic. Vasconcelos y alguno o algunos de los jefes del partido de oposición entraran a formar parte del gabinete del señor Ortiz Rubio, cosa que el Lic. Vasconcelos no quiso siquiera discutir.

Suplicándole se sirva devolverme los documentos anexos una vez que los haya utilizado, quedo su atto. y S.S.

Manuel Gómez Morín

No pudo convencer a Vasconcelos de integrarse a la “familia revolucionaria” pero se cuidó mucho de proteger su vida. No quería que el general Amaro diera al país otro mártir; él no quería ser el H. L. Wilson de un nuevo Madero. Su emisario Lloyd acompañó personalmente a Vasconcelos hasta la frontera de Nogales mientras que Unamuno, Gabriela Mistral y Romain Rolland pedían a Portes Gil por la vida de Vasconcelos.

Así Romain Rolland telegrafiaba:

Favor transmitir a presidente Portes Gil mis ruegos instantes para que sea preservada a cualquier precio la vida de José Vasconcelos, valiosa para la humanidad y para que le sea permitido salir de México bajo la protección cortesa del gobierno.

Comentaba Rolland: “el acto de Vasconcelos me parece una locura y le había mandado decir que no entendía que buscara una victoria imposible y vana, en el terreno político, que su verdadera misión (para México y para América entera) estaba en otra parte.

“Pero está rodeado de partidarios (y partidarias) cuya exaltación mesiánica debió contagiarlo. Recibí de ellos (o de ellas) cartas ebrias que no lo llaman más que ‘nuestro Mahatma’ y a todas las preguntas sobre su programa político contestan: ‘El Maestro habló. Hay que creer’.

“Tengo idea de que el propio Vasconcelos cree en su misión mística y que buscaría, más que huiría, ahora el martirio. Piensa que su muerte, ahora, sería la coronación de su vida. Y muy posiblemente su memoria se volvería muy pronto legendaria” (4 de diciembre de 1929).6

¿Y las elecciones?

Su gira triunfal parecía un plebiscito; el gobierno, entonces, decidió cambiar de actitud y la tolerancia del principio se convirtió en una serie de atentados contra Vasconcelos y sus partidarios; las manifestaciones y reuniones fueron disueltas por la policía y el ejército, ametralladas por pistoleros.

Vasconcelos afirma que ganó las elecciones. No cabe duda que las ganó. Encontré documentación en los archivos del Departamento de Estado de los Estados Unidos de su inteligencia militar que afirma: “Los vasconcelistas han logrado penetrar en las filas inferiores del ejército. Se espera la defección de numerosos oficiales jóvenes del grado de mayor para abajo. Los estudiantes y las mujeres causarán problemas en la capital y en las ciudades”.

Un informe escrito una semana antes de las elecciones sintetiza: “Vasconcelos tiene a su favor a todos los descontentos y a todos los outs. Es fuerte en los centros industriales, pero débil en el campo. Tiene en contra suya la maquinaria gubernamental, el miedo de la gente de orden, del business satisfecho de la ley favorable a la cooperación capital-trabajo, y de la Iglesia. Vasconcelos tiene probablemente el mayor número de partidarios en todo el país, pero parece evidente que será eliminado (…) Ortiz Rubio es realmente un candidato impuesto”.

Así fue. Las elecciones tuvieron lugar el 17 de noviembre. Fueron una farsa. El ejército controló todas las mesas en todo el país y patrulló en las calles como si el país estuviese en estado de sitio. Cuando fue necesario se robó las urnas para llevárselas. A Ortiz Rubio le dieron el 93.58% de los votos, 5.42% a Vasconcelos. Sin comentarios.

“Será el día más triste de su vida aquel en que delante de usted le fusilen a 30 o 40 de los sutos, víctimas inútiles de un movimiento sin posibilidades de triunfo”.

La tragedia

Cuando el periodista inglés trató de convencer a Vasconcelos de la inutilidad del recurso insurgente, terminó prediciéndole a Vasconcelos: “Será el día más triste de su vida aquel en que delante de Usted le fusilen a 30 ó 40 de los suyos, víctimas inútiles de un movimiento sin posibilidades de triunfo”. El gobierno y el ejército habían desatado el terror para prevenir todo intento de levantamiento. De hecho no hubo levantamiento real —el intento de Carlos Bouquet, antiguo cristero, fue aniquilado antes de empezar— porque la única posibilidad, en ese momento preciso, era la lucha cívica. Eso, en su paranoia, no lo entendieron los responsables del orden; cuando un joven desconocido, Daniel Flores, hirió de gravedad al presidente Ortiz Rubio, perdieron los estribos. Dejo la palabra a José Emilio Pacheco:

Ortiz Rubio ocultó su convalecencia en Chapultepec. No hubo ningún vacío de poder, pues el único e indivisible lo ejercía el general Calles. De modo que debe cargarse a su cuenta el crimen de Topilejo. Se inició la razzia de los desafectos, en especial vasconcelistas y comunistas. Se afirmó que otro complot se urdía en el despacho de Octavio Medellín Ostos, exdirector del Comité pro Vasconcelos. Agentes de la “reservada” se hicieron pasar por vasconcelistas que pensaban alzarse en armas y apresaron a cuantos cayeron en la trampa. A otros los detuvieron en sus casas sin mediar pretexto alguno. Varios negaron a su redentor antes que cantara el gallo. Fueron liberados a cambio de alabanzas al régimen callista y al siniestro “Güero Ulogio”: Eulogio Ortiz, exvillista que como jefe de las operaciones militares en el Valle de México representó en 1930 el papel de verdugo.

Algunos vasconcelistas, como Carlos Pellicer, tuvieron una actitud admirable. Encerrado en el cuartel de San Diego (Tacubaya), Pellicer encontró por compañero de celda a un adolescente comunista de 16 años llamado José Revueltas. Pellicer no se doblegó ni siquiera ante Ortiz quien lo acusaba de haber vuelto de Europa a fin de matar a Calles.

Genaro Estrada, secretario de Relaciones, salvó de la muerte a Pellicer. Convenció a Calles de que ese joven vasconcelista era un gran poeta y su ejecución dañaría internacionalmente al país. Calles respetaba a los escritores (como Obregón y Ortiz Rubio, el “jefe máximo” escribía versos poetastróficos) y Pellicer quedó libre. Revueltas fue enviado a las Islas Marías.

Muchos otros vasconcelistas no gozaron del privilegio de clerecía. Fueron concentrados en la hacienda de Narvarte, cuartel del 51 regimiento de caballería a las órdenes del general Maximino Avila Camacho. Se cree que sumaban aproximadamente unos cien, se ignora si todos ellos o nada más entre veinte y treinta resultaron asesinados.

El 14 de febrero a medianoche se ordenó sacar a los presos de Narvarte. Avila Camacho se conmovió y mientras ataba a las víctimas de dos en dos, con alambre de púas a cambio de cuerda, decía: “Pobrecitos, pobrecitos. Ya se los llevó la chingada. Pero qué quieren que yo haga, si cumplo órdenes del superior”.

Soldados al mando de un teniente al que apodaban “El Gato” subieron a los vasconcelistas a varias camionetas. Al llegar al kilómetro 28 de la carretera a Cuernavaca entraron por una brecha hasta las cercanías de Topilejo en las estribaciones del Ajusco. Se detuvieron en un llano húmedo próximo a una milpa. “El Gato” les ordenó bajar. Un jardinero japonés del cuartel dio picos y palas a los vasconcelistas. “El Gato” los obligó a cavar sus tumbas. Cuando estuvieron abiertas, “El Gato” preparó un lazo, escogió un ailé o aliso de unos quince metros de altura y cogió entre injurias al general León Ibarra, antiguo revolucionario magonista. Un soldado se balanceó de las piernas de Ibarra para garantizar el ahorcamiento. Ya en tierra, deshicieron el cadáver a culatazos.

Son inimaginables la angustia y la tortura de los prisioneros con quienes se siguió, uno por uno, este procedimiento. De ellos no se sabe el número exacto y sólo se conservan unos cuantos nombres: el general Ibarra, Ricardo González Villa, Roberto Cruz Zequeira, Macario Hernández, Vicente Nava, ingeniero Domínguez, Carlos Olea y Casamadrid, Toribio Ortega, Manuel Elizondo, Jorge Martínez, Pedro Mota, Carlos Manrique, Félix Trejo. Quienes llevaban anillos o piezas dentarias de oro fueron descuartizados para saquearlos.

Aunque parezca increíble sobrevivió Vicente Nava. Jose Vasconcelos (“Topilejo” en La sonata mágica) sugiere que Nava pagó el precio de ayudar a los verdugos. Acaso fue Nava quien hizo a Alfonso Taracena el relato gracias al cual conocemos lo ocurrido esa noche (Los vasconcelistas sacrificados en Topilejo,7 1958: La verdadera Revolución Mexicana, decimasexta etapa (1930): La tragedia vasconcelista,8 1965). De Nava no volvió a saberse. Otro sobreviviente, el italiano Carlos Verardo Lucio, habló con Taracena en 1932 y antes de ser asesinado en 1939 dejó un testimonio que se publicó en Hoy (marzo 7, 1940). Si Verardo estuvo en Narvarte pero no en Topilejo ¿cómo ha llegado hasta nosotros lo que ocurrió en el Ajusco? También desaparecieron el jardinero japonés y el propio “Gato”. Quizás alguno de los soldados habló, o bien Taracena pudo reconstruir los sucesos a partir de la autopsia de los cadáveres.

El 9 de marzo el perro de unos campesinos encontró un brazo humano. Los campesinos avisaron al delegado de Tlalpan y la Cruz Verde llegó a desenterrar, se dice, unos cien cadáveres. Por su descomposición muy pocos eran identificables. Las autoridades dijeron a los deudos que preguntaban por ellos que los muertos sin rostro no estaban muertos: eran simplemente “desaparecidos”. El Partido Antirreeleccionista pidió una investigación oficial y culpó de los asesinatos a Ortiz. El “Güero Ulogio” respondió que eran calumnias de la reacción para “desestabilizar” las grandes conquistas revolucionarias. Avila Camacho contestó que en el cuartel de Narvarte nunca había habido prisioneros: se trataba de una inadmisible calumnia contra el Ejército Nacional.

La investigación no se hizo nunca. Las cámaras guardaron su acostumbrado silencio. Se ordenó a la prensa no publicar una linea más sobre Topilejo y se suspendió por un tiempo la “nota roja”. Acosada por los agentes, la más activa voz de la protesta: la hija del general Ibarra se suicidó en 1932.9

“El clavel encendido, rojo sangre, flor del vasconcelismo”

La fórmula es de Antonieta Rivas Mercado, la “Valeria” del Proconsulado, tan largamente citada en este libro que de hecho es coautora. Ella escribió La campana de Vasconcelos, publicada en fragmentos en La antorcha y en el Proconsulado. Hubo que esperar muchos años para que la editorial Oasis publicara el texto completo, incluido en 1987 en las Obras completas de Antonieta Rivas Mercado (SEP, Lecturas mexicanas, no. 93, 466 pp., pp. 33-180).

Remito al lector a las páginas que le dedica Vasconcelos y no puedo más que callar la emoción resentida frente al destino de esta joven mujer, trágicamente desaparecida a principios de 1931. En sus Obras completas se encuentran las hermosas líneas que ella escribió en diciembre de 1930 y en febrero de 1931 sobre sus relaciones con Vasconcelos. La citaré dos veces para ayudar a entender lo que fue el vasconcelismo:

El fenómeno de contagiar, provocado por la presencia de Vasconcelos en un medio determinado. Contagio o mejor, incitación. Fue como un vino añejo, del cual breves gotas bastan para embriagar a la gente. Y la gente que se embriaga así es gente profundamente insatisfecha de la realidad cotidiana, que está dispuesta a soñar el sueño que la anima, en cuanto la realidad le da la menor base. (Obras completas, p. 442).

Y, “si México cae con Vasconcelos, tendremos que agradecerle habernos dado, en lugar de una última vergüenza, un primer título de honra”. (Carta del 1o. de septiembre de 1929, en campaña cerca de Tampico, a Manuel Rodríguez Lozano.)

“A ti que dejaste una cicatriz de fuego en la conciencia” Oración fúnebre. Alfonso Reyes, 1959

Como lo dijo Jorge Cuesta, “la biografía de Vasconcelos es la biografía de sus ideas. Este hombre no ha tenido sino ideas que viven: ideas que aman, que sufren, que gozan, que sienten, que odian y se embriagan; las ideas que sólo piensan, le son indiferentes y hasta odiosas”. Por lo mismo José Emilio Pacheco está en lo cierto cuando dice que las memorias de Vasconcelos son “el más grande monumento de amor que existe en la literatura mexicana”. Es al mismo tiempo un valioso texto histórico.

En Irapuato, en noviembre de 1985, un vasconcelista, Carmelo Vega me dijo:

Vasconcelos representa la ortodoxia de la Revolución mexicana que es el maderismo; por tal motivo los que han presidido la vida pública de México no deben cubrirse con el manto de Vasconcelos porque les queda grande y lo manchan; él, que entró y salió pobre del poder no debe ser la bandera política de ningún arribista ni el testimonio justificatorio de ningún rico aparecido.

Los que fueron sus discípulos no lo han traicionado; porque los verdaderos discípulos no traicionan, son apostólicos y los que nunca lo fueron han inventado que hay dos o varios Vasconcelos: el de antes y el de después de las elecciones de veintinueve; que era un romántico o que era un idealista; como si los enriquecidos personales a través del ejercicio de las funciones públicas fueran clásicos; o realistas, porque saben cuándo robar, porque para ello les sirve la “praxis” política en medio del sueño de los justos.

 

Jean Meyer
Historiador. Su libro más reciente es Atonalisco, Nayarit: crónica documental.


1 José Emilio Pacheco, “Inventario”, Proceso, no. 286, 26 abril 1982, p. 50.

2 Memorias, Mortiz, México, 1976, p. 135-6.

3 Lorenzo Meyer, t. 12 de la Historia de la Revolución Mexicana, El Colegio de México, 1978, p. 101-102.

4 The Situation in Mexico, informe del 11 de mayo de 1929.

5 J. Meyer, La Cristiada, y sobre D. Morrow: Stanley Ross, “Dwight Morrow and the Mexican Revolution”, en Hispanic American Historial Review, XXXVIII, 4, 1958, pp. 506-28.

6 Archives de Romain Rolland.

7 Editora librera, 1958, 47 p.

8 La epopeya vasconcelista (Jus, 1964), La tragedia vasconcelista (Jus, 1965).

9 José Emilio Pacheco, “Inventario”, “Los desaparecidos de Topilejo”, Proceso, 11 febrero 1980, no. 171, p. 50.