Vino a verme Toña. Ha mejorado un poco. Ya camina con menos dificultades y ve algo mejor. Pero aún no puede andar sola por la ciudad. Lo que hacía hará diez años, se le ha vuelto un imposible. Y conmueve abrazarla. Ha perdido la contundencia de su cuerpo, la fortaleza de sus brazos, pero aún trae consigo un ensalmo.
Toña tiene sólo un año más que yo, aunque sin duda su cuerpo y su alma han trabajado mucho más. Nos conocimos hace cuatro décadas, un anochecer de diciembre en el que los vecinos de un condominio horizontal, en San Jerónimo, convocaron una posada. Allá fui yo con mi niño y mi segundo embarazo. Era una fiesta desordenada. Yo apenas conocía a mis vecinos, me costaba la vida en ese rumbo, así que me cobijé junto al puesto de salsas y quesadillas que atendía Toña. Ahí platicamos. Ella me contó que era de Michoacán, yo le dije que de Puebla. Ella que trabajaba con una señora, de pelo platinado, conversando como a diez metros de nosotros, yo que vivía en la casa cinco-uno. Ella que sus hijos se habían quedado en el rancho con su mamá. ¿Cuántos hijos? Cuatro, porque una ya se había casado y cuatro se le habían muerto, casi recién nacidos. Así que, para ese momento, a sus 34 y mis 33 años, ella había parido nueve veces y yo una. Estremecía oírla, pero al mismo tiempo era tan natural el tono en que hablaba, que mostrar compasión o desconcierto hubiera sido un agravio. Así que, tras comer dos tortillas hechas a mano con la masa tierna, le dije un mil gracias y un hasta luego que resultó premonitorio.
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