Desde hace ya varias décadas que se escribe sobre la llamada “narcocultura”. Hay estudios del narcocorrido, las cambiantes subculturas juveniles, los cultos religiosos asociados a la criminalidad y otros temas afines. Se ha explorado la prevalencia de modelos corporativos en el crimen organizado: hay quien afirma que la “narcocultura” nace en las policías y se esparció de ahí a “los narcos”, mientras otros han demostrado las maneras en que se ha arraigado la cultura “del narco” en la sociedad mayor. Cada uno de estos esfuerzos tiene su interés. Quisiera dirigirme brevemente a una cualidad más abstracta de la producción cultural que mana de la organización de las economías ilícitas: su naturaleza heterodoxa y siempre cambiante.
Desde la prensa, la política y, en menor medida, la academia, existe siempre una pulsión que quiere estabilizar la representación tanto del crimen organizado como del desorganizado —hablar de un culto que le pueda ser característico, por ejemplo, de una música que sea muy suya o de alguna forma de organización jerárquica que le sea esencial—. Sin embargo, aunque pueda haber cualidades compartidas en la producción cultural que se genera en torno de economías ilícitas, lo esencial es su propensidad a la mutación.
Hay tres factores relevantes para entender por qué.
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