Las mil y una alamedas americanas

Cuando juntas el nacionalismo con la industria turística, el resultado es un listado de récords de antigüedad y tamaño: ésta es la efigie en bronce más grande del mundo de un hombre calvo vestido de sacerdote que porta un estandarte; ésta es la primera bandera con estos colores que se haya tejido en toda la historia de la humanidad; éste es el vitral más alto; éste es el templo más longevo; éste es el sitio donde por primera vez alguien hizo una quesadilla… Tengo la impresión de que hoy, por lo menos, estamos de acuerdo en que los cuadros de honor basados en la belleza de las cosas ya son anticuados; aunque todavía queda el recuerdo de ese supuesto concurso mundial de himnos nacionales en el que la hermosa melodía y patriótica lírica del mexicano habría sido derrotado sólo por la Marsellesa. En una escala tal vez menos grandiosa, no es raro encontrar en los rincones del internet y en los discursos de los guías de turistas que la Alameda Central de la Ciudad de México es el primer parque o jardín público del continente americano. Y, como siempre ocurre con estas consignas, el truco está no sólo en los matices, sino en cuántos son necesarios para sostener una expresión que se va volviendo irrelevante. Volvámosla, entonces, irrelevante, pues la trayectoria de la alameda tiene la capacidad de impresionar mucho más allá de esa primicia.

La idea de que se trata del parque público “más antiguo” esconde lo que, desde mi punto de vista, tiene mucho más valor. Su definición como espacio público hoy invita a pensarlo como un sitio cuyas características contemporáneas son similares a las que habría tenido en el pasado: un parque hoy es un parque siempre. Algo similar nos pasa con los viejos templos católicos: una iglesia hoy es una iglesia siempre. A primera vista, su abundancia en los centros históricos de las ciudades hispánicas nos podría sugerir que estamos hablando de un pasado en el que la gente era muy religiosa y que iban mucho a misa. Con un poco más de detenimiento, uno aprende a leer en ellas los compartimientos de una sociedad en la que la religiosidad significa algo más que ir a misa: es uno de los pegamentos que contribuye de manera significativa a marcar y reproducir la intrincada red de pertenencias y adscripciones individuales a las diferentes corporaciones que integraron un orden político y social muy distinto al contemporáneo.

La religiosidad como eje organizador de esa sociedad permite distinguir las sutilezas entre lo que hoy parecen edificaciones estandarizadas y también permite comprender que esa estructura lo permeaba todo: incluso sus jardines. Si hoy lo público concibe al individuo como su base ideal a diferencia de un leviatán cristiano donde cada persona tiene su tiempo y su lugar preciso en el cuerpo místico de Cristo, el espacio de lo público necesariamente ha de tener reglas y formas distintas. La alameda no puede ser el primer parque público de América porque no siempre ha sido lo que hoy entendemos como un parque público. Sin embargo, ha de decirse que en su concepción tal vez sí se acercaba un poco más a su realidad contemporánea que a lo que haya sido en medio.

Ilustración: Patricio Betteo

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Publicado en: 2023 Julio, Ensayo