El diamante es tan fuerte y tiene tanta energía que extingue la malignidad que pueda haber en determinados seres humanos en los que el silencio no presagia nada bueno. Dice Santa Hildegarda que algunas personas, malévolas por naturaleza o por influjo del diablo, prefieren permanecer en silencio pero cuando hablan miran ásperamente y a veces casi se les va la cabeza como si perdieran el juicio, aunque enseguida vuelven en sí. Si el afectado se pone con frecuencia un diamante en su boca, e incluso lo lleva en ella de modo permanente, la energía del diamante puede orillar estos bloqueos mentales y estimular pensamientos positivos.
Fuente: Santa Hildegarda de Bingen, Libro de las piedras que curan. Edición de José María Sánchez de Toca, LIBROSLIBRES, Madrid, 2012.
