Tal vez la tristeza de estos tiempos no sólo sea la destrucción gratuita de lo que el Estado mexicano logró construir a lo largo de muchas décadas, sino la desaparición física de sus artífices. Ninguna pérdida reciente marca esa merma en nuestra inteligencia como la de Enrique Florescano (1937-2023). En muchos sentidos Florescano encarnó lo mejor de ese Estado: su vocación por el progreso científico y cultural, su esperanza irredenta de que México fuera un país capaz de explorarse crítica y rigurosamente. Había en esa fe civilizatoria un vigor extraordinario que halló en Florescano una encarnación física perfecta. Lo recuerdo unos años atrás —tendría 80— volando por los pasillos del aeropuerto rumbo a Sudamérica. En un café fugaz me contó su apretado itinerario en múltiples sitios y esbozó varios proyectos: libros, coloquios, grupos de investigación. Su vitalidad y energía eran sencillamente inagotables.
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