Detrás de toda certeza o argumento irrebatible existe sólo una fe animal. Esta conclusión escéptica que nos obsequió David Hume hace varios siglos auxilia a quienes dudan de las sentencias absolutas de cualquier clase; quiero suponer que estas dudas son sólo un ejercicio de salud intelectual y que la escalera al cielo no la construyó un carpintero, sino los místicos, por decir. A raíz de una conciencia similar, J. G. Hamann (Königsberg, 1730-1788) mezclaba la sopa de chícharos con las razones, la noción de una creación original con toda clase de lecturas y el delirio con la mesura; descreía de las Iglesias, de los monopolios de la fe y se inclinaba por una ética sin más intermediarios que la confianza en su pasión o en sus intuiciones. Su paisano Kant lo admiraba, pero lo consideraba un estrafalario.
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