Los lectores holgazanes son un verdadero dolor de cabeza, aunque los escritores no los conozcamos en persona. Y, sin embargo, existe un lector todavía más engorroso: el lector iletrado. Extraña paradoja, ¿verdad? Mas no se preocupen, ya que evitaré los regaños de profesor o sabihondo, que nunca he sido. Prefiero narrar mi propia experiencia como escritor y lector tardío. Cuando leí Cien años de soledad (en su primera edición, de 1967; Editorial Sudamericana) siendo yo un mozalbete, me encontré ante decenas de palabras cuyo significado desconocía. Quiero decir que encarnaba yo en un joven iletrado que a los 15 años fui seducido por la música, el sentido y la imaginación de la obra mayor del escritor colombiano. ¿Qué hice? Tomé un diccionario y asunto solucionado. El entusiasmo de un adolescente es como una cornada de toro, un torbellino que no distingue las casas que su empuje derribará. Subrayaba las palabras y cada dos o tres páginas, si el significado de la palabra no me había sido revelado en el transcurso de la lectura, consultaba el diccionario y aprendía las palabras de memoria. Quiero decir que las sentía encima de mí, como si fueran las gotas de una lluvia inesperada.
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