Año tras año en este texto, por desgracia recurrente, debo sumar un aspecto a la permanencia estática de la realidad. ¿Qué tan monótona es la continuidad cuando se le incorporan elementos? Los doce años de guerra en Siria que se cumplen este mes han hecho atmósfera. Sólo así es posible que, sin importar añadidos, ninguno de ellos escape a la violencia que les conecta entre sí.
Algo en esta ocasión es distinto. La devastación encontró una nueva expresión, un nuevo silencio.
Los terremotos de febrero jamás tendrán el porqué implorado desde la desesperación que quiere conocer sus razones; lo sabe quien las pregunta y aun así lo hace. Cayeron edificios en Idlib, en Latakia, en Afrin, en Yarabulus. Me dicen que Azaz se vino abajo. El noroeste completo de Siria descubrió otro origen de los escombros.
Al otro lado de la frontera, en Antakya, la Antioquía castellanizada de mi familia, buena parte de la ciudad simplemente dejó de existir. Se desplomaron construcciones nuevas, las de Bizancio, las tiendas de los armenios que me recibieron al conocer mi apellido. Es tan poco lo que se mantuvo de pie; sobrevivieron los mosaicos de Yakto, parece que también la iglesia de San Pedro.
Ninguna de las líneas arriba debería estar aquí.
Por primera vez en estos doce años me di cuenta de que el dolor y la sensación de urgencia propia de cualquier habitante en algunas regiones de México entenderá el dolor en esa otra parte del mundo a la que me debo.
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