Desde su primer día en la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador dijo que su gobierno era histórico. Partimos, pues, de un error básico. El alcance, la capacidad disruptiva de una decisión política o de un gobierno no son de inmediato discernibles; sus consecuencias y el tiempo nos dirán si fueron trascendentes o simplemente producto de la fantasía, del capricho del gobernante o de compromisos de corto plazo que, pasado el tiempo, fueron irrelevantes. Por ejemplo, las iniciativas diplomáticas de los años sesenta que plantearon la integración económica de América Latina, semejante a la que se había lanzado en Europa occidental, fueron celebradas como “históricas” y menos de tres años después ni quien se acordara de sus promesas. En cambio, la fundación del PRI en marzo de 1946 se anunció en la parte baja de la página 4 del periódico El Nacional. Pocos le dieron la importancia que ahora sabemos que tenía.
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