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En las primeras décadas de este siglo, un grupo de jóvenes pintores mexicanos desarrolló una nueva forma de combinar líneas, colores y materiales, para dar un cauce estético a los sentimientos nacionales que, a partir de 1910, se habían expresado a través de la violencia armada. Se trataba de una revolución artística que dio origen a lo que hoy conocemos como la Escuela Muralista Mexicana.

Al comenzar los años veinte, José Vasconcelos, primer Secretario de Educación Pública, había iniciado una campaña para llevar la cultura a todos los rincones del país. Se sumó a la revolución estética de los muralistas y los invitó a cubrir las frías paredes de los edificios escolares con el calor de sus colores.

Primero, cubrieron de imágenes los muros del edificio sede de la Secretaría de Educación Pública, luego se dedicaron a trabajar en las escuelas. Utilizaron paredes como lienzos, aulas como caballetes, y dejaron un legado pictórico que hoy es herencia de los mexicanos y, más aún, de toda la humanidad.

Pero el paso del tiempo deja sus huellas. Los colores pierden su brillantez; se abre una fisura por aquí y una grieta por al allá; algún desprendimiento de pintura hace que las figuras pierdan sus detalles y, peor aún, no faltan rayones y manchas que deforman las imágenes originales. Se trata de una herencia en riesgo de ser perdida.

Así como los muralistas, que realizaron intensos esfuerzos para dejar a los mexicanos un legado de valor, hoy debemos trabajar por conservar lo que nos dejaron. Con esta idea, el Secretario de Educación Pública, José Angel Pescador Osuna, puso en marcha el Programa de Pescate y Restauración de Murales en Centros de Educación Básica del Distrito Federal.

Se trata de un ambicioso proyecto en el que la SEP y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) unen fuerzas para recuperar las obras que los muralistas dejaron en las paredes de las escuelas primarias. Dicho programa se suma a los esfuerzos que, en el mismo sentido, se llevan a cabo desde hace casi dos años en el edilicio sede de la SEP.

El trabajo de los muralistas en las escuelas primarias obedeció a que, por una parte, eran muy pocas las secundarias que había en la ciudad de México, y por la otra, a que los centros de educación básica, tanto en la capital como en los estados, cumplían la función de centros integradores de la comunidad.

Es decir, la escuela primaria y el maestro que la encabezaba, representaban una guía de conducta para la población o barrio al que servían; contribuían a la formación de la identidad nacional y regional, además de encargarse de difundir la cultura nacional a la comunidad que las rodeaba.

Las primarias eran centros neurálgicos de integración comunitaria que no podían pasar desapercibidos para José Vasconcelos ni para los creadores de murales. Hoy no pueden pasar desapercibidas para los herederos de esa riqueza del

arte nacional.

En el marco del citado programa para rescatar y restaurar murales, los especialistas de la SEP y el INBA trabajarán en la recuperación de más de 850 metros cuadrados de pintura mural. Cabe señalar que, a la fecha, han restaurado más de tres mil metros cuadrados de murales en los inmuebles administrativos de dicha Secretaría.

La primera etapa de los trabajos de rescate en los planteles dará comienzo con los murales plasmados por Pablo O’Higgins, en las primarias «Emiliano Zapata», «Profesor Jesús Romero Flores» y «Estado de Michoacán», así como los de Roberto Montenegro, en el Centro Escolar «Benito Juárez».

Es significativo que el rescate de los murales escolares comience con las pinturas de O’Higgins y Montenegro. Ambos representan, tanto por su vida como por su obra, dos estilos diferentes dentro de una misma corriente artística.

O’Higgins es un extranjero enamorado de México; Montenegro, un mexicano admirador del arte europeo. Ambos, sin embargo, son una expresión del nacionalismo profundo que influyó en todos los aspectos de la vida nacional al terminar la Revolución de 1910.

Nacido en Sait Lake City, Utah, en 1904, Pabb O’Higgins se traslada a nuestro país en 1925 para estudiar con Diego Rivera. Desde entonces, se vuelve mexicano de cuerpo y alma hasta su muerte, en 1983, y así lo refleja en sus pinturas: colores vivos y brillantes, tomados de los murales y códices prehispánicos, ordenados de acuerdo a la visión estética que aprendió de Rivera.

Las obras de O’Higgins que están por ser restauradas son «La vida y los problemas sociales», «La realidad del trabajo y sus luchas» y «La conquista de la verdad», en el inmueble que comparten las primarias «Emiliano Zapata» y «Profesor Jesús Romero Flores», así como «El Trabajo», en el auditorio de la Escuela «Estado de Michoacán».

Se ha dicho que la obra de O’Higgins refleja un nacionalismo que no alcanzan los trabajos de otros artistas mexicanos. Sus pinturas son un ejemplo del amor que nuestra cultura puede despertar en todos los seres humanos, independientemente de su nacionalidad, y un reflejo de la influencia que el Muralismo Mexicano ha tenido en artistas de los más variados países.

Por su parte, Roberto Montenegro nació en Guadalajara, Jalisco, en 1886. Desde joven mostró un tanto artístico fuera de lo común, por lo que el entonces Secretario de Instrucción Pública, Justo Sierra, le concede una beca para estudiar en Europa.

Montenegro pasa 15 años en el viejo continente, donde se introduce a las diversas corrientes artísticas que surgían en la Europa de principios de siglo. Pasa temporadas en Madrid, París y Mallorca. Para 1920, cuando decide regresar a México, ha demostrado ya dominio sobre los diferentes aspectos de la pintura, incluyendo la escenografía.

Ya en nuestro país, Montenegro combina lo aprendido en Europa con el estilo muralista que llama profundamente su atención. Esto origina murales donde el estilo mexicano da forma a personajes fantásticos llegados de otros continentes, como es el caso de «El Cuento de Aladino» y «El Angel de la Paz», que serán restaurados en el Centro Escolar «Benito Juárez».

El rescate de la obra muralista plasmada en las escuelas primarias es una buena noticia, pero también motivo de reflexión. ¿Hasta qué punto se trata de una responsabilidad de las autoridades y no de la sociedad en general?

Los maestros, alumnos y padres de familia de las escuelas que serán beneficiadas por el programa para rescatar los murales deben involucrarse de lleno en los trabajos del mismo. Pero también deben participar en forma decidida los artistas, historiadores, intelectuales y, en general, todos aquellos que tengan conciencia del valor que nuestro pasado cultural tiene en el presente.