Lo que se cuenta aquí es falso y por eso es verdadero. Ocurrió y no ocurrió. Dice Mario Vargas Llosa que “si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero”. Las novelas “mienten —no pueden hacer otra cosa— pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es”. Es cierto que no se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo: “si entre las palabras y los hechos hay una distancia, entre el tiempo real y el de una ficción hay siempre un abismo”.
Este texto no es tanto una denuncia como un testimonio de diálogos apócrifos que entrañan, estoy cierto, una profunda verdad. Las mentiras de la ficción no documentan las vidas de personas de carne y hueso, sino los demonios que “las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban”. En el mundo real los plagiarios pueden escapar, tal vez, a la ley, a las academias y, a veces, hasta al oprobio social. Sin embargo, la impunidad es un espejismo: la literatura alcanza ahí donde los tribunales o las comisiones fallan. Cuando se han agotado los procedimientos queda la literatura. La impunidad del plagiario se estrella ahí porque “la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector. Éste puede, así, juzgarla, entenderla, y, sobre todo, vivirla con una impunidad que la vida verdadera no consiente”.
—José Antonio Aguilar Rivera
ACUERDO Mirad que lo entendéis mal.
ESCARMIENTO Dejalde, sea caballero,
menosprecie al Escarmiento
y al Acuerdo, que es mejor
ser camaleón del viento.
Partid a la corte, Honor,
que de vuestro atrevimiento
lloraréis el desacierto,
y pues no hay quién os reporte,
vuestro fin tened por cierto:
porque en entrado en la corte
el Honor, tocan a muerto.
—Tirso de Molina
Que es este oficio ruin un camaleón del viento
—Lope de Vega
1
Sonó el teléfono. El timbre lo sobresaltó y dejó caer el buñuelo con requesón y piloncillo que marcaba el fin de su desayuno. Antes de recuperar el aparato escondido en una servilleta manchada de café se limpió la boca con la manga de la camisa. Una migaja se deslizó por el cuello hasta alojarse en el vello canoso de su pecho. ¡Mierda! —exclamó. El número no era local y no lo reconoció. Era de la capital. Volvió a sonar y dudó por un momento si debía contestar a un desconocido. Seguramente se trataba de un banco ofreciéndole una tarjeta de crédito o un préstamo leonino. O una extorsión. Se preguntó por qué la aplicación de su teléfono que bloqueaba esas llamadas no estaba funcionando correctamente. No, tal vez no era un banco. Finalmente respondió.
—Hola —del otro lado escuchó su nombre—. Sí, soy yo.
—Soy José Pablo.
El Camaleón entrecerró los ojos e hizo memoria. En el pecho la migaja le hacía cosquillas. Después de unos incómodos momentos su memoria se iluminó y abrió los ojos. Lo recordó.
—¡Por supuesto José Pablo! Discúlpame me agarraste distraído. ¿Cómo estás? En qué puedo servirte —dijo esto con cierta zalamería, porque recordó que José Pablo era un buen cliente. De esos que vale la pena conservar.
—Tenemos un problema —se escuchó una voz angustiada.
* * *
Siete años habían pasado desde la última vez que el Camaleón habló con José Pablo Sánchez Presa. Político poderoso caído en desgracia. Pero no era la última vez que había pensado en él. De hecho, dos años antes no podía sacárselo de la cabeza. Recordó ver su rostro en la televisión. Su nombre estaba en todos los noticiarios. Y recordó haber sentido auténtica lástima por él.
Recordaba la ocasión en que se conocieron en su diminuto estado, el más pequeño del país. No por nada había escrito un libro sobre sus paisanos eminentes y sobre los famosos viajeros que por ahí habían pasado en algún momento de la historia. ¡Había que poner a Mezcala en el mapa de la conciencia nacional! Uno de los temas que lo había obsesionado a lo largo de su vida era el olvido, ingrato olvido, en el que la nación tenía a Mezcala. Civilización guerrera, pueblo glorioso e indomitable. En el prefacio de su libro Viajeros Eminentes en Mexcala lo escribió con todas su letras: “modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”. La frase no era suya, lo sabía perfectamente, pero le pareció que era un homenaje en clave a alguien más. Lo que no se le perdonaba a Mezcala era el triunfo, no haber perdido como los demás. Fueron ellos y no el puñado de aventureros europeos –un puñado de fulanos bajitos, analfabetos, piojosos, broncos, sanguinarios y muertos de hambre— los que derrotaron a un imperio que se extendía de un océano al otro. Esa descripción era precisa, ¿de quién era? No lo recordaba. A Mezcala una nación resentida y derrotada no le perdonaba el éxito. Olvidaban que por siglos la corona española reconoció los títulos de la nobleza mezcalera. ¿Cómo había devenido esta tierra heroica en una insignificancia geográfica, política y cultural? Sin embargo, los mezcaleros de cepa eran fieles a la matria, al terruño. Toda su vida se resistió a emigrar a tierras más propicias; a la capital o por lo menos a Nopala, la pujante capital del estado vecino. No, Mezcala no podía prescindir de sus mejores hijos. Literariamente había hecho una declaración de esa lealtad de origen. No por nada pasó cinco años curando y editando las obras completas del esclarecido prócer de la independencia, Don Enrique González y Cos, eximio mezcalero, cura revolucionario representante de la Colonia en las Cortes de Cádiz y después diputado constituyente en el primer congreso de la República. A pesar de su importancia nadie se había dado a la tarea de reunir, compilar y editar sus obras completas: discursos, su notabilísimo diario y las cartas. Ahora gracias a él, la obra de González y Cos estaba al alcance de cualquiera. Se sentía muy orgulloso de esa obra patriótica, de elemental justicia. Por eso se quedó: para engrandecer a su patria chica.
Además esa obra le había ganado cierto reconocimiento, incluso entre los pedantes profesores de Historia. Él, un amateur provincial —¡y además de Mezcala!—había hecho lo que todos esos doctores encopetados y entogados no habían podido. Doctores los de Salamanca, esos sí eran sabios. La cofradía de académicos que lo miraba con desprecio era sólo un arremedo de la verdadera Academia. Como en todo, el pasado siempre fue mejor. ¡Quién podía negarlo! Tiempos heroicos los de Don Enrique González y Cos, cuando los patriotas se jugaban el pellejo con lo que escribían. Eso era valor. Ahí, en su Diario había un modelo de lo que un hombre podía y debía ser. Arrostrar con gallardía la tormenta de la contingencia y volverse amo de sí mismo. Sobreponerse a sus flaquezas para abrazar su destino, su misión trascendente. González y Cos era un hombre que se hacía cargo de sus debilidades. Humano, demasiado humano. El prócer en su entrañable Diario reconoció sus debilidades: el juego y el amor. No las ocultó: se hizo cargo de ellas con aplomo. La candidez con la que el cura las admitió lo movía a las lágrimas: “la ociosidad, la tristeza, la sugestión, el contemporizar con las gentes y, sobre todo, nuestra propensión al mal, me precipitaron en el vicio del juego. Yo le había tenido antes aversión declarada; pero desapareció enteramente, y me hallé un jugador hecho y derecho con todas las calidades que exigen los profesores en un buen tahúr, que son las que conducen a que se deje uno ganar”.

Ilustración: Patricio Betteo
Así que Don Enrique había sido un modelo para él en muchos sentidos. Y le debía su reputación, mal que le pesara a los profesores. Su fama de historiador amateur, pero erudito le produjo réditos inesperados. No le abrió las puertas de la universidad, aunque supiera más que los catedráticos en sus cubículos, pero a cambio le demostró que el conocimiento y la pluma tenían valor más allá del currículo. Lo constató cuando un sobrino lejano, que cursaba una maestría en historia, lo abordó, ya con varias copas de más, en el transcurso de una cena navideña. Entre turrón y libaciones de sidra le preguntó a boca de jarro:
—Tío, usted qué buena pluma tiene. ¡Ya la quisiera yo! Debería impartir cátedra. ¡Hasta le pagaría por hacer mi tesis, caray! —dijo esto y soltó una carcajada. Gotas de sidra salpicaron la corbata roja carmesí del Camaleón. Se rió también de la ocurrencia, pero entonces su sobrino compuso el rostro y agregó con el ceño serio y en voz baja—. Se lo digo en serio. Deslizó una tarjeta en su saco y prosiguió su procesión hasta la mesa donde había una fuente con romeritos.
El Camaleón olvidó la anécdota hasta unos días después, cuando al momento de dejar su traje en la tintorería al recibir la prenda la empleada recuperó del bolsillo interior del saco el rectángulo color crema con el nombre y teléfono de su sobrino. Tomó la tarjeta y la olisqueó como solía hacer con los papelitos impregnados de loción que le daban en los grandes almacenes de la capital. Ese día, después del almuerzo, tomó el teléfono y le marcó a su sobrino
—¡Tío qué milagro! Pensé que no me llamaría —le respondió una voz meliflua desde el otro lado.
—Dime Sobrinazo, ¿cómo te puedo echar la mano? —dijo fingiendo ignorancia con voz solícita.
—Usted sabe que hace unos meses me promovieron en mi trabajo y además nació Nicolasito, mi primogénito, la verdad no tengo cabeza para la tesis y las horas del día no me alcanzan para el trabajo, la familia, y la maestría. Sé que usted tiene facilidad y le gusta arrastrar la pluma.
El sobrino, licenciado en lenguas modernas, era un burócrata de medio pelo en el gobierno del estado. Era el encargado de Difusión y Vinculación Institucional. Cursaba en modalidad a distancia una maestría en Historia del arte. El título le ayudaría a hacer puntos en el escalafón y aspirar a un mejor puesto.
—No sé hijo… —dijo dubitativo— ¿Sobre qué tema estás escribiendo tu tesis?
El joven investigaba sobre el arte erótico en un famoso pintor moderno sobre el cual el Camaleón no sabía absolutamente nada. Sabía que pintaba desnudos de mujeres enormes. Y falos. Dudó por un instante —aunque en honor a la verdad fue sólo un momento— y decidió que aceptaría la comisión.
—Hijo es un tema fascinante, pero entiende que involucra un gran esfuerzo de investigación, hacer fichas, recorrer bibliotecas y museos. Tendría que abocarme de lleno a la encomienda…
—Lo entiendo Tío, lo entiendo perfectamente. Es usted muy generoso en ayudarme.
—Para qué estamos después de todo, hijo, para qué es la familia…
—Dígame, Tío ¿cómo podría compensarle su ayuda?
El Camaleón no esperaba una pregunta tan directa y lo cierto era que no tenía la menor idea de cuánta plata podría pedirle a su sobrino. Caviló. ¿Cuál sería el precio de mercado de una tesis de maestría en historia del arte en la Universidad de San Hipólito? No tenía ni idea.
—De eso no te preocupes, hijo, platicamos después.
—¡Es usted un tipazo, Tío! Estaré en deuda con usted.
No por mucho tiempo, pensó el Camaleón para sus adentros y colgó el teléfono. Se rascó la calva. El resto del día pasó haciendo cálculos y dándole vueltas al asunto. ¿Tendría que presentarle a su sobrino una propuesta en forma? ¿Un presupuesto desglosado: investigación, escritura, papelería, viáticos, etcétera? Necesitaba una computadora portátil nueva. Empezó a hacer un desglose, pero al poco tiempo desistió. Qué habría hecho Don Enrique González y Cos en ese lance, se preguntó. “Habría lanzado los dados con decisión”, una voz respondió en su cabeza. En ese momento se aclaró la situación. Hizo una bolita la hoja de apuntes y la lanzó al cesto. Tomó el teléfono y le llamó al su sobrino. En cuanto lo tuvo en la línea le soltó, sin mayor preludio, una cifra bastante alta que fue la primera que se le vino en mente. Estaba casi seguro que la rechazaría. No regatearía, decidió. Era un tómalo o déjalo. La mitad ahora la otra contra entrega. Fijó tres meses como plazo improrrogable. Después de un largo momento de silencio escuchó la voz algo contrariada de su sobrino: “Ok”. No había nada más que hablar. La única condición que puso el pasante era que la tesis debía ser aceptada con mención honorífica por su comité. El Camaleón no tuvo objeción: el requisito le parecía un reto adicional. Y disfrutaba los desafíos intelectuales. Pasó las siguientes semanas en un frenesí de actividad. Navegó exhaustivamente la Internet para localizar fuentes bibliográficas e hizo tres viajes de varios días a la capital. Hasta le escribió un correo electrónico a un conocido experto en el pintor para solicitarle una ponencia inédita presentada en un congreso de estudios latinoamericanos celebrado en Puerto Rico. Él mismo pasó a recoger la copia al domicilio del académico. Se tomó con el profesor un café muy a gusto y conversó de los usos y costumbres sexuales de los intelectuales y artistas de medio siglo.
Descubrió que disfrutaba enormemente el trabajo de investigación. Dos meses después estaba convencido de que había adquirido suficiente conocimiento para sentarse a escribir. No era, después de todo, tan diferente a escribir sobre curas revolucionarios en el siglo XIX. El pintor le tenía sin cuidado, aunque su biografía le producía mucho morbo. ¡Gavilla de pervertidos! Al artista le gustaban los efebos, mientras más jóvenes, mejor.
Escribió casi sin dormir durante tres semanas. En la madrugada del día veintiuno puso el punto final al trabajo. “Erastés en su laberinto”, tituló la disertación. Quedó muy satisfecho con el resultado, tanto que se dijo que si a su sobrino no le gustaba o si rechazaban la investigación en la universidad buscaría publicarla con su propio nombre. Ese escenario no le molestaría en lo más mínimo. Claramente ese trato había sido ganar-ganar. El ensayo era más que decoroso: el opúsculo era una pequeña aportación a la teoría sexual-estética de la modernidad. El anticipo se lo gastó en una caja de Glenlivet y en varias comilonas con sus amigos de la preparatoria. En uno de los viajes de investigación a la capital se dio una vuelta a una costosa boutique en la calle de Mazaryk y compró tres corbatas de seda francesas, un traje italiano de diseñador y unos zapatos franceses de piel de ternera que eran una maravilla de suavidad.
Al cabo de tres meses entregó la tesis en una caja de cartón con un listón rojo a la puerta del domicilio de su sobrino. De cualquier manera se la había enviado por correo electrónico. Se cercioró que cumplía con el formato exigido y que la extensión estuviera en el rango adecuado. Estaba algo nervioso. Durante varias semanas no supo nada de su pariente. ¿Le pagaría el monto restante? Curiosamente, tampoco sintió la urgencia de recibir el pago completo de sus servicios. Le pareció indigno presentarse boina en mano en su casa de La Herradura como un acreedor de Avón, así que mejor se resignó a no cobrar la deuda. Casi había olvidado el asunto cuando un día un mensajero tocó el timbre y le entregó un paquete envuelto en una bolsa plástica amarilla y roja. Rasgó con curiosidad el envoltorio y encontró una tesis encuadernada en letras doradas: “Erastés en su laberinto: exploraciones de la modernidad bajo fuego”, tesis que presenta Zutano para obtener el grado de maestro… con mención de honor. La hojeó regodeándose: el ingrato de su sobrino no sólo no lo mencionaba en los agradecimientos —única parte del texto que había sido modificado— sino que tampoco tuvo la delicadeza de escribirle una dedicatoria. Eso sí, en la primera página había un sobre blanco sin rotular y en su interior un cheque por la mitad restante de la suma pactada.
* * *
“Tenemos un problema”, dijo con voz temblorosa José Pablo Fernández Lora. Como si las cosas pudieran empeorar. No era la dificultad más grande de los últimos años, es cierto. Sin embargo, empeoraba una racha que parecía un trabajo de brujería. Justo cuando la pesadilla empezaba a terminar ocurrían estas cosas. Parecía una mala broma del destino cuidadosamente pensada para fastidiarle lo que le quedaba de vida. ¡Y pensar que sólo tres años antes el mundo era un lugar diferente! Estaba entonces en la cumbre de su carrera. Alcanzar su posición no fue sencillo. De un modesto subprocurador de justicia del estado de Cuévano se convirtió en Comisionado del Sistema Federal Readpatativo de la República.
Pepe Pa, como le llamaban sus amigos, tenía un innegable don de gentes. Es cierto que el meteórico ascenso de su carrera política se debió, en parte, a la amistad y mentoría de Francisco Grande. Una figura cercana al Presidente y al Secretario de Seguridad. Fue Pancho quien lo sacó a él, un abogado de provincia con una carrera política regional, de su estado para llevarlo a las grandes ligas nacionales. Sin embargo, el éxito en realidad se lo debía a su talento. Y a su ambición.
A menudo reflexionaba sobre la ambición. Lo hacía de manera desprendida, como un problema abstracto de la naturaleza humana. Por un lado, estaba convencido, la ambición era un poderoso móvil de la acción. Era, además, inerradicable. No podía suprimirse. Tampoco sería deseable hacerlo. De ningún modo. Qué movería entonces a la gente común y corriente. Por el otro, la ambición a menudo conducía a descalabros. Era fuente de desasosiego. Evitaba la tranquila satisfacción de disfrutar lo que se tiene y de ser lo que se es. Atisbaba que uno de los problemas de la ambición era el astigmatismo. Lo hacía a uno atrabancado: incapaz de distinguir con claridad lo que se tenía frente a sí. ¿Eso le había ocurrido? Para tener una carrera política nacional era necesario una formación apropiada: no bastaba con su título de abogado. Requería más, algo que lo vistiera y le confiriera seriedad, gravitas, como decían los ingleses. Así decidió un mal día que necesitaba un doctorado. ¿Por qué? Todos los políticos serios del país eran doctores. Le gustaba la historia y la política y le gustaba mucho leer. Lo estudiaría a distancia, en una universidad europea. Le llevaría unos cuantos años y tal vez tendría que pasar uno en el extranjero, pero el punto vital era que los estudios no lo distrajeran de su prometedora carrera. Al final sería doctor, como debía ser. Se aplicó en el proyecto con ahínco. Todo marchó como estaba planeado hasta que llegó el momento inaplazable de escribir la disertación. El proyecto elegido, una investigación sobre los orígenes parlamentarios de la nación, requeriría al menos dos años de dedicación completa. Imposible. Justo en ese momento Pancho Grande le insinuaba que podría dar el gran salto a la palestra nacional. No podía distraerse. Se planteó la posibilidad de dejar trunco el doctorado, aunque ya había escrito un par de capítulos medianamente decorosos. Sería uno de esos eternos “candidato a”. Sin embargo, había otra posibilidad, reconoció. Podía continuar trabajando catorce horas diarias y de todas formas ser doctor. La solución se la proporcionó, sin querer, Juan Salas, su joven asistente. En una comida de trabajo, mientras devoraban en el restaurante El Hornito un cochito al horno, Salas le contó entre divertido y escandalizado que su primo se acababa de recibir de maestría y que había comprado su tesis. Le había salido en un ojo de la cara, pero había valido cada centavo. ¿Era ese un delito que podía ser judicializado?, se preguntaba Salas. ¿Podría ir a la cárcel su primo, en caso de que alguien lo denunciara?
Pepe Pa dejó de masticar distraídamente un tierno chicharroncito y comenzó a prestarle atención a la cháchara de su subordinado. Le preguntó a quién le había “comisionado” la tesis su pariente. “Es un personaje que se hace llamar El Camaleón”, respondió Salas. Un sabio que vivía, aunque usted no lo crea, en la capital de Mezcala. Era un mago en eso de hacer tesis por encargo. Era un hombre del Renacimiento, todo un sabio. Una joya escondida en una ciudad insignificante. ¡Y eso que ellos vivían en Cuévano! El Camaleón conocía infinidad de temas, de las más diversas materias, y aprendía sobre aquello que desconocía. De regreso en su oficina Pepe Pa cerró la puerta y se dedicó a hacer una búsqueda exhaustiva en el Internet del Camaleón, cuyo nombre pudo sacarle con tirabuzón a su asistente. Así descubrió las Obras completas de Enrique González y Cos, firmadas por el editor y compilador con su propio nombre. Logró hallar una copia de uso en Mercado Libre y la compró. Cuando llegó el libro lo leyó en unos pocos días. Al terminar la última página estaba ya convencido de que había encontrado a su hombre. El Camaleón era perfecto para la tarea que pensaba encomendarle.
* * *
La primera impresión del Camaleón no fue la que esperaba. Tomó un avión a la capital y rentó un auto para conducir a Mezcala. Eran menos de tres horas de camino, pero los cambios de altura le produjeron un tremendo dolor de cabeza. Había que bajar y subir del altiplano. Lo había citado en el café Dickens, en la calle de Valle. Un lugar agradable que el Camaleón frecuentaba. Lo encontró sentado en una diminuta mesa para dos, en la terraza, despatarrado en una silla, sorbiendo con glotonería un frappé de dulce de calabaza. Lo reconoció porque era la única persona mayor de 50 en el lugar. El resto eran jóvenes que parloteaban animadamente en un espacio reducido. Se imaginaba al Camaleón como un viejo de barba blanca y cuidada, una especie de Freud con guayabera, de gesto adusto y mirada cansada. Nada de eso. Era un hombre ligeramente obeso, de grandes belfos pecosos y de calvicie incipiente. Portaba un reloj dorado, de buen gusto, que parecía caro. Su cabello se resistía a volverse completamente blanco y aquí y allá quedaban algunos hilos negros. Contrastaba la cabellera cana con sus pobladas cejas de un negro casi azulado. Pepe Pa pensó que era ridículo teñirse sólo las cejas. Estaba peinado de lado, con pulcritud. Traje gris, camisa blanca y corbata de seda amarilla de nudo grueso. El Camaleón lo miró a través de unos lentes obscuros de gruesa montura de carey.
Establecer contacto con él había sido más complicado de lo que esperaba. Le tomó poco tiempo encontrar su perfil en una red social. Le envió una solicitud de amistad. A la mañana siguiente fue aceptada y así pudo enviarle un mensaje: “Soy José Pablo Fernández Lora, un lector atento de su trabajo”, se presentó. Escribió un poco sobre sí mismo. “Me gustaría conversar con usted sobre temas culturales de mutuo interés.”. El Camaleón se tardó varios días en responder. Cuando lo hizo había, debajo de la cortesía y las formalidades, una evidente desconfianza. ¿Para qué lo buscaba el Sr Licenciado Subprocurador del Estado de Cuévano? ¿En qué podía serle útil? Pepe Pa comprendió que había cometido un error: el Camaleón pensaba que lo estaba investigando. ¡Nada más lejano de la verdad! Aunque era cierto que había hecho pesquisas. Se apresuró a responderle que su interés en él era académico y que su tesis doctoral versaba sobre los orígenes representativos del país, por lo que encontraba fascinante su estudio sobre el prócer Enrique González y Cos. Le gustaría viajar a Mezcala para conocerlo personalmente y “discutir posibles proyectos comunes en torno a esa temática”. El Camaleón respondió casi de inmediato en un tomo mucho más relajado; hizo una o dos bromas sobre la dudosa pertenencia de Cuévano a la nación, dado que en los albores de la independencia su integración al nuevo país había estado en duda. Propuso una fecha para concertar la reunión, dos semanas en el futuro. Pepe Pa contestó con otro chiste sobre la diminuta escala de Mezcala y aceptó el día y la hora de la reunión. En realidad, le habría gustado evitar el fastidioso viaje por aire y tierra, que le quitaría por lo menos dos o tres días de trabajo en un momento político crítico. Pronto debía decirle a su jefe y amigo, el Procurador, que era muy probable que fuera invitado a incorporarse al equipo del señor Secretario de Gobernación. No había momento adecuado para tener esa conversación. Y encima tenía que lidiar con el Camaleón. Sin embargo, el tema era de naturaleza delicada y tenía que ser tratado en persona. Además, quería calar al personaje para ver con sus propios ojos si era confiable y si podría hacer el trabajo en el tiempo previsto.
El Camaleón miró, por su parte, con desconfianza y curiosidad al trajeado parado frente a él. Demasiado bien vestido para ser un funcionario de medio pelo de un estado limítrofe de la República. Era un aspiracionista, un trepador, diagnosticó clínicamente. Si al menos viniera del Bajío, como Lucas Alamán, otra cosa sería. Decidió en ese momento que lo tutearía sin más. Había intuido cuáles eran las intenciones del visitante por la zalamería de los cumplidos a su libro. En su corta carrera de ghost writer había aprendido a reconocer rápidamente a los potenciales consumidores. Era la misma indecisión y nerviosismo que debían tener los clientes de las putas cuando se les acercaban por primera vez, sin saber qué decir ni cómo, pensó con desprendimiento y cinismo. “Este huevo quiere sal”, se dijo. Sin embargo, no tenía la menor intención de facilitarle la vida al visitante. Así que fingió demencia mientras le recomendaba con mucho entusiasmo las enchiladas suizas del Dickens. “Espléndidas, seguro en Cuévano no hay de estas. Y la bebida que me estoy tomando es una ambrosía de los dioses, en ningún otro lugar la encontrarás”.
El Licenciado, como decidió le llamaría en adelante, lo escuchaba pacientemente mientras asentía. Qué cara de idiota, pensó el Camaleón. Después de oír una breve disertación sobre los dulces típicos de la región el Licenciado se puso a hablar de González y Cos y su generación de prohombres. Una maravilla lo ilustrados que eran los Padres Fundadores de la Patria. ¡Ya quisieran los políticos actuales llegarle a los talones a esos gigantes forjadores de la nación! “Eran, sin embargo”, acotó el Camaleón, “sólo humanos, demasiado humanos. Falibles y a veces falaces”. El Licenciado se quedó pensativo un instante y luego asintió con vigor. “Absolutamente, absolutamente”. Después se puso a explicar los avances de su tesis doctoral. Llevaría cuando mucho una cuarta parte del trabajo. La investigación histórica le había llevado más tiempo del previsto; era cosa muy seria que no podía tomarse a la ligera. Y tenía que viajar a Europa con mucha frecuencia para reunirse con su asesor para discutir los avances, pues así lo había decidido él. No podía en buena conciencia dejar tiradas sus obligaciones judiciales en Cuévano. El servicio público representaba una aduana terrible. Se mostró agobiado: miró de reojo a su interlocutor para ver qué tipo de efecto tenían en él estas revelaciones. Sin embargo, el Camaleón se mostró impertérrito. Asentía sin expresión en el rostro. Al cabo de un momento de silencio preguntó: “Y dime Licenciado, ¿cómo nos ves colaborando?” y le dio un largo sorbido al frappé de dulce de calabaza.
La pregunta directa descolocó a Pepe Pa. No la esperaba, aunque era obvio que el Camaleón comprendía al dedillo cuál era el verdadero propósito de esa reunión. “Tengo ceguera de taller”, comenzó diciendo el Licenciado. No veo ciertas cosas y un par de ojos adicionales para “pulir el estilo” y remediar omisiones me serían de enorme utilidad. El Camaleón entrecerró los párpados. Tenía grandes ojeras. Aparto un poco la silla y cruzó una pierna con cierta dificultad mientras se llevaba una mano a la barbilla. “Mmmm”. “Yo podría”, dijo y se detuvo buscando las palabras correctas, “aportar una mirada fresca a la investigación. Y también podría llenar los huecos narrativos entre las diferentes secciones”. “Eso”, señaló con el dedo Pepe Pa, “eso precisamente es lo que necesito”. Después mencionó que su comité esperaba la versión definitiva de la tesis en seis meses. Ya había pedido una prórroga y no le concederían otra. El Camaleón le pidió enviara “el manuscrito” para poderlo revisar y calcular las implicaciones de “la revisión de estilo integral” que le pedía. Sería un trabajo de amigos, de colegas apasionados por “los hombres que nos dieron patria”, por supuesto. Pepe Pa sacó de su saco una memoria USB con el documento cargado que traía preparada para la ocasión y se la entregó al Camaleón que la sostuvo frente a su nariz como si fuera a olisquearla y después la guardó en la bolsa de la camisa. Conversaron unos minutos más sobre la persistencia de los estereotipos en la cultura nacional antes de que el Licenciado se despidiera, no sin antes pagar la cuenta de ambos. El Camaleón quedó de enviarle una semana más tarde un mensaje con una cifra. Se despidieron con un fuerte apretón de manos y una franca sonrisa.
No tuvo que realizar muchos cálculos. Tenía que hacer tres cuartas partes de la tesis. De alguna manera habría preferido escribirla toda a su gusto y no tener que acomodar y rehacer las partes del Licenciado, (bastante pobres, a decir verdad) pero ¡qué se le iba a hacer! Miro el índice y protocolo y pensó que, en términos generales, estaba en aguas conocidas. Eso facilitaría las cosas. Había un par de capítulos sobre temas que desconocía, y que le llevaría tiempo cuadrar. Hizo las cuentas y concluyó que le llevaría unos tres meses terminar la tesis. Justo en el día pactado le escribió al Licenciado un correo muy profesional aceptando la comisión de “revisión de estilo” en el tiempo requerido y proponiendo una cantidad muy elevada, a pagarse la mitad al aceptar y el resto contra entrega de la tesis. Como en otras ocasiones, puso el número que primero se le vino a la cabeza sin darle muchas vueltas. Ese método le había salido bien hasta ahora. Estaba seguro que, a pesar de lo elevado del costo, el otro aceptaría. Nadie, hasta entonces, había rechazado sus presupuestos. La cosa era tener buen ojo: según el sapo la pedrada. Y el Licenciado era un sapo gordo, aunque llegaría a ser, estaba seguro, aún más gordo. ¡Él habría contribuido silenciosamente a la carrera intelectual de uno de nuevos líderes de la patria! Soltó una carcajada y envió el mensaje.
Esa misma noche Pepe Pa respondió aceptando todos los términos y pidiendo los datos bancarios del Camaleón, su “amable y diligente corrector de estilo”, para realizar la transferencia pactada. Para las cinco de la tarde del día siguiente la operación estaba hecha. Para festejarlo, el Camaleón se fue a tomar un martini seco con tres aceitunas en la Oveja Negra de la avenida Revolución.
2
Cómo se cruzaron los destinos de Pepe Pa e Iván el Pequeño es cosa de los hados. Nada de ese día auguraba que unas cuantas horas después su vida se vería completamente trastornada. Comenzó la jornada temprano y descansado. Desayunó melón y unos huevos divorciados. Disfrutaba las salsas que preparaba Domitila, su cocinera. Era una de las muchas ventajas de haberse mudado a la capital. Tenía un acto en la Secretaría a medio día. No resentía ese tipo de eventos protocolarios. Todo el show de cantar el himno nacional le parecía edificante. Lo que le parecía terrible era el tráfico en hora pico de Reforma. A pesar del chofer y de los gruesos vidrios de la camioneta blindada el trayecto de escasos cinco kilómetros se le hacía eterno. A eso de las nueve de la noche leyó los partes de novedades —no había ninguna— e hizo saber a su secretario particular que se retiraría por el día. Tomó la carpeta informativa y salió de su oficina. La secretaria se despidió de él, aliviada de que no tendría que quedarse en su puesto hasta la madrugada. En la camioneta leyó las columnas políticas. Deliberadamente evitaba hacerlo en las mañanas, porque para la noche ya había escuchado muchos chismes que inevitablemente ponían en contexto los trascendidos matutinos. Leía así con ojos distintos, críticos a los periodistas.
Desde su nombramiento como Comisionado del Sistema Federal Readpatativo vivía de una reunión a otra. Disponía de un helicóptero de la Secretaría que lo llevaba a hacer visitas sorpresivas a las cárceles de todo el país. Llegaba de improviso, con su secretario particular y un agente del ministerio público el cual presenciaba la inspección sorpresa. Se encerraba por horas con el respectivo director del penal. Lo interrogaba sobre todo a conciencia. Claro, para cuando decidía aparecerse de improviso ya había hecho su trabajo: sabía cuántos presos salían “con permiso” a hacer sus fechorías, el monto aproximado de los sobornos pagados por los familiares a los custodios y el tamaño estimado del mercado de drogas en el interior del penal. Sabía qué tan corruptos eran los directivos y si se quedaban con una tajada modesta o gargantuesca del pastel. Jamás pensó en participar activamente en esos negocios, aunque le habían hecho innumerables ofrecimientos. De la misma forma, sabía que era imposible erradicar la corrupción y que un intento ingenuo de su parte por limpiar las cloacas de las cárceles federales podría acabar con su vida fácilmente. Así que optó por una política de contención y moderación. La moderación era una virtud que no podía exaltarse demasiado: ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. De cualquier manera, no quería ser percibido como un cómplice, pero tampoco como una amenaza. Había logrado caminar esa cuerda floja con sorprendente éxito. Hasta su jefe el Secretario, un hombre inescrutable, lo consideraba un hombre prudente. Sin embargo, marcaba con él una distancia insalvable.
Otra historia era el ministro presidente del Supremo Tribunal de la República. Con él la simpatía fue instantánea. Lo conoció por casualidad. Ahí no hubo grilla. Acudió a un acto protocolario en Palacio Nacional en representación del Secretario. Lo sentaron junto al Ministro, quien rápidamente le hizo plática. Sin saber cómo comenzaron a hablar de los primeros congresos constituyentes y de todas las actas de las sesiones secretas que se habían extraviado o robado al paso del tiempo. El Ministro le confió que sabía de una vieja nonagenaria que vivía en una vecindad del Centro, no muy lejos de donde estaban, que había heredado una maleta llena de viejos papeles de su padre. Alguien los había visto y juraba que, entre otras cosas, ahí estaban las actas sustraídas del Congreso de 1824. Pepe Pa le contó de su tesis, recientemente defendida en la Universidad Autónoma de Valladolid. El ministro quedó maravillado con sus hallazgos y para pronto le ofreció que el Tribunal la publicara en una edición que le hiciera justicia al tema. Él aceptó gustoso y unos días después lo visitó el particular del Ministro con un generoso contrato de edición. Tapa dura, papel couché y fotos a color. Y por supuesto, podía contar con la participación del Ministro Presidente como comentador de la obra. La presentación, que tuvo lugar unos seis meses después, fue espectacular: la prensa de la fuente cubrió el evento con entusiasmo. Y las columnas políticas comenzaron a hablar del recién llegado de Cuévano como una estrella en ascenso en el firmamento político. Una promesa de cambio generacional, un académico culto y de trato amable. ¡Qué más podía pedir!
La fortuna estaba de su lado como nunca antes. Hasta esa madrugada en la que su mundo se derrumbó. La hora exacta: las 00:45. Llegó a su casa antes de las diez. Se tomó un Glenlivet antes de dormir, su acostumbrado nightcap, y se acostó a leer una biografía de Churchill que era espectacular. Sin embargo, a los quince minutos roncaba vigorosamente.
El reloj digital del buró marcaba pasada la media noche. Lo despertó el sonido simultáneo del teléfono fijo y el de su celular. Primero creyó que soñaba, ambos aparatos timbraron infatigables por varios minutos. No se daban por vencido. Finalmente se incorporó y tomó de la mesilla de noche su móvil. Era su particular. Presionó el botón verde y preguntó con voz carrasposa: “¿Qué pasó?” Lo que escuchó le heló la sangre. Salas hablaba muy despacio, con voz casi inaudible: “se escapó. Iván se fugó hace tres horas de Altamira”. Iván el Pequeño, el narco más élebre del planeta, bajo su custodia, había huido de un penal de altísima seguridad. “Altamira es imposible de vulnerar”, le dijo con confianza su predecesor. Nadie se ha fugado de esa prisión. Iván portaba un brazalete electrónico y había un custodio vigilándolo las 24 horas del día.
“El presidente acaba de aterrizar en Terranova, en una escala de su viaje a Europa y está siendo informado en este justo instante por el Secretario. Está furioso y al parecer no habla”. Su chofer lo esperaba en la puerta de su casa: debía presentarse de inmediato en la secretaría, donde estaba reunido el gabinete de seguridad analizando la situación. Todo eso le dijo Juan Salas de un tirón en su acento casi extranjero.
José Antonio Aguilar Rivera
Profesor investigador en la División de Estudios Políticos del CIDE