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Silvia Molina. Escritora. Entre sus últimos libros, Un hombre cerca.

Vi a través de la ventana del avión, allá abajo, a lo lejos, los volcanes, cuando Paulina (no se llama así) hizo una pausa. Era una tarde clara y extraña por la confidencia que estaba haciéndome.

La encontré en el aeropuerto; las dos íbamos para Guadalajara: yo, a dar una conferencia; ella, a visitar a su hermana María. Durante algún tiempo fuimos vecinas; su casa estaba a unas cuadras de la mía, en el Pedregal. La conocí una tarde que salí a dar una vuelta con mi perro pastor. Paulina regaba, tras la reja de su casa, el pasto, cuando el Mori se detuvo a ladrarle.

Una muchacha más joven que yo, recién casada. Cruzamos dos palabras, me dijo que mi perro era precioso -y lo era-, y así nos hicimos amigas. Luego de un tiempo de saludarnos y»de hablar poco, a través de la reja, de pasadita, una tarde, me hizo una invitación para cenar en su casa, con Claudio, mi esposo. De esa forma conocí a Carlos (tampoco se llama así), su exmarido. Nunca lo volví a ver.

Me costó trabajo convencer a Claudio:

-¿Cómo se te ocurre?

-Por esta vez, quién quita y de veras la pasamos bien.

Carlos es ingeniero químico y trabajaba, entonces, en los laboratorios donde se fabrica la Pomada de la Campana que recomendaba mi tía Francis para las manchas en la piel. «Póntela en la cara, blanquea», decía Francis, dándome a en tender que mi color no le gustaba. íQué tal! Carlos era buen tipo (estoy hablando de hace más de diez años): delgado, alto, de piel morena, cejijunto y pelo negro. Parecía una persona con una educación amplia. Había vivido en Suiza mientras hacía un postgrado y hablaba francés e inglés. Su casa denotaba holgura económica y buen gusto.

Si doy estos datos es para señalar, de alguna manera, que no se trataba de un hombre rudo o ignorante. Me acuerdo muy bien de aquella noche porque además de que Cláudio no quería ir, había comprado Canción sin palabras de Mendelssohn, y cuando ya teníamos que arreglarnos, no quería apagar el tocadiscos.

-Ya es hora.

-¿De qué?

-De irnos.

-¿No puedes decirles que estoy oyendo a Mendelssohn?

Por poco y nos quedamos a oír todo el disco. Descubrí en aquella música a un Mendelssohn más dulce que en Sueno de una noche de verano. Me pareció una canción de amor suave, hecha con delicadeza y pasión, como un roce de piel.

Claudio y el marido de Paulina se pusieron a hablar de ingeniería, de política…, mientras yo trataba de conocerla un poco mejor: Paulina no trabajaba, no había terminado la preparatoria, y se aburría, me dijo, porque Carlos no la dejaba hacer nada. Pensé que era una historia de recién casados y que luego de unos meses ella haría algo para sí. Nunca volvimos a vernos los cuatro. La relación de parejas, no funcionó.

-Es pesadísimo -opinó Claudio.

A veces Paulina caminaba a mi casa. Le ofrecía un café que dejaba a medias, pues eran visitas de médico: diez, quince minutos. Nunca se quedaba más, siempre estaba inquieta, de prisa. Se despedía varias veces.

-Ahora sí me voy, gracias.

Entonces no había nada en ella que me hiciera sospechar angustia, miedo, desesperación. Nada. Tenía, sí, una mirada endeble. Claudio decía, con otras palabras, que era una mujer atractiva, sensual, quizá por el pelo largo y los labios carnosos y su figura bien hechecita.

A mí se me hacía más bien tímida y agradable. Me caía lo que se dice muy bien; como una sobrina que llegara intempestivamente porque no tenía nada en qué ocuparse. Le enseñé a cultivar violetas africanas, a criar canarios, a hacer mermelada, galletas, chun tata con la guitarra, títeres… esas cosas que hacía con gusto para jugar con mis hijas, para entretenerlas.

Un día se mudaron y aunque quedamos de hablarnos, de vernos, sucedió lo de siempre: no volví a saber de ella. Además, en realidad, no teníamos nada en común. Vivíamos en mundos muy diferentes. Nunca logré que leyera ni siquiera un cuento aunque le buscaba autores sencillos.

Paulina prosiguió después de la pausa, y de que la azafata me entregara el vaso de agua que Ie había pedido:

-Ahora puedo contarlo, pero no podía ni pensar en eso.

Esta es la historia que Paulina me relató cuando le pregunté por qué, por preguntarle algo, se había divorciado. Me la narró en el trayecto a Guadalajara. Y la cuento, no porque crea que la pareja mexicana sea así, sino porque es parte de esas vidas que no sospechamos tan cerca. No pude evitarlo, la interrumpí de vez en cuando por curiosidad o enojo:

En el viaje de bodas, cuando entraron al cuarto del hotel y antes de desempacar, Carlos obligó a Paulina a pedirle perdón de rodillas por haber besado a otros hombres antes que a él. Paulina, aterrorizada, se puso a llorar. Entonces, la golpeó por primera vez.

-Pero se veía educado -le dije.

-Frente a la gente, a la familia.

Después de que la golpeó, le pidió, «arrepentido», perdón.

-Perdóname, Pau, por favor. Perdóname, no sé qué me pasó. Luego la llevó a la cama.

Durante la luna de miel, que fue en San Francisco y duró ocho días, la golpeó seis veces por haber volteado a ver a un señor, porque no se había acabado el desayuno que le había costado diez dólares, porque no sabía hacer el amor, porque no se acordó dónde había guardado la llave del cuarto… Y las seis veces le pidió perdón, «totalmente arrepentido» de su brutalidad.

-Pero ¿por qué no le dijiste nada a tus papás, a alguien?

¿Por qué no pediste auxilio en la administración del hotel?

Cuando regresaron de San Francisco, Paulina intentó contárselo a su papá, pero le dio vergüenza, no se atrevió. El padre la había recibido «orgulloso» de ese matrimonio de tanto futuro, pues, sin duda, Carlos era un buen partido con esa carrera tan brillante y ese bienestar económico tan sólido. Se sentía confundida frente a su padre. Y tampoco quiso violentarlo, causarle dolor.

A veces, la encerraba en la casa y se llevaba la llave; a veces, la encerraba en la recámara o en el baño nada más porque sí. Invariablemente, cuando tenía ganas de estar con ella, la golpeaba con cualquier pretexto. Y como Paulina no podía hacer el amor por el terror que le tenía, la golpeaba otra vez o no le daba el gasto para la casa porque «no cumplía». Las visitas rápidas a mi casa las hacía cuando lograba escaparse. Era lo más lejos que llegaba y no se quedaba más tiempo porque tenía miedo de que Carlos regresara de pronto o le hablara por teléfono para «checarla».

-¿Por qué no me dijiste? Te hubiera ayudado.

-Por lo mismo que no le decía a nadie.

-¿Pero cómo aguantabas?

-Es algo que uno oculta por pena. Y además, me amenazaba.

Paulina sufrió toda clase de vejaciones que no viene al caso contar. Terminó su martirio durante su embarazo. Tiene una niña. Cuando le dijo el médico que estaba esperando, le dio un shock nervioso. El médico comenzó a interrogarla y a ella «se le salió», del pánico, que Carlos le pegaba y la sometía a todo tipo de humillaciones y que con los golpes podía abortar. Fue el doctor quien le ayudó, primero recomendándole a un psicoanalista y después a un abogado.

Un día, con el asesoramiento del abogado, se presentó golpeada en el Ministerio Público, y luego se refugió en la casa de sus papás. El cuadro familiar puede imaginarse. Del pesar a la cólera; de la ira al desconsuelo, de la aflicción a la incertidumbre de lo que vendría.

La historia de Paulina es también una canción sin palabras, pero agria, ácida: extrema, es verdad. La historia de Carlos queda para otro cuento.

Cuando estuve en Iowa con la beca del Programa Internacional de Escritores, había una campaña intensa para disminuir el índice de violaciones en la ciudad, que al parecer era altísimo. Letreros colgados por todas las paredes de la Universidad decían: «De cada 9 amigas que tienes, 6 han sido violadas. De cada 9 amigos que tienes, 6 son violadores». ¿Cuál será la proporción en México de parejas como la de Paulina y Carlos?