Yo estoy sentada frente a mi escritorio, quieta, segura de que no tengo la vehemencia de los artistas que merecen vivir de su trabajo. Ella, la otra, cruza entre las ramas de la araucaria y desaparece tras el liquidámbar. Yo miro los árboles de la calle, miro los dedos de mis manos: han empezado a torcerse. Siento la curva de mi espalda haciendo circo para mantenerse firme. Ella vive un amor desatado, pasa con él frente a mis ojos dando vueltas, abrazándolo como si estuvieran dentro de la Divina Comedia, diciendo que es mejor ese fuego que todo lo demás. No se consume, arde y va riéndose rumbo a Croacia.
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