Cualquier acción humana tiene vínculos con la moral y la ética. Algunos son evidentes, otros no. Bueno y malo son términos diáfanos, afines a la ética y a la moral. Todo movimiento puede y debe ser calificado. No contar con consensos universales es parte de nuestra condición. La ética se esfuerza, desde la academia, en proveer argumentos para valorar nuestras acciones; lo mismo sucede con los principios morales, casi siempre basados en argumentos religiosos. Bueno y malo son unas de las palabras más repetidas. Inmersos como estamos, y con visos de nunca terminar, en un mundo donde las noticias falsas y las teorías de la conspiración se diseminan como pandemia, es prudente recapitular acerca de la fuerza, in crescendo, del universo de la conspiración.
Las teorías de la conspiración son una pandemiaincontrolable: enferman y matan. Su probable remedio, el conocimiento, no tiene la fuerza de las vacunas contra el herpes zóster o el SARS-CoV-2. Ciencia versus conspiración es un asunto que forma parte de nuestra cotidianeidad. Con frecuencia los científicos pierden la batalla: las noticias falsas se contagian con facilidad a diferencia de la ciencia.

Bien lo explica Naomi Oreskes, profesora de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard: “¿Por qué se repite que es necesario caminar 10 000 pasos al día?, ¿es indispensable beber ocho vasos de agua al día? No hay bases científicas que sustenten dicha información. The New York Times publicó un artículo donde se afirmaba que la idea de los pasos provenía del mercado interesado en promover la venta de podómetros y no de la ciencia. Se ha sugerido que 7000 pasos son suficientes…, lo mismo sucede con los vasos de agua, quizás seis sean suficientes”.
En muchos casos las teorías de la conspiración superan tanto a la ciencia como al conocimiento. Políticos, empresarios, creacionistas, fanáticos religiosos y pobres “crónicos” —i. e.: poblaciones aplastadas sin cesar— conforman el tejido de los teóricos de la conspiración.
En los ochenta del siglo pasado, la KGB elaboró una campaña de desinformación acerca del sida donde afirmaban que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos creó el VIH como parte de un programa encaminado a contar con armas biológicas. La idea fue respaldada por dos científicos de la otrora Alemania del Este en un artículo donde refutaban el posible origen africano del virus. Asimismo, en algunos países africanos, científicos y políticos consideraron que la idea del origen del virus era racista. Lo mismo sucedió en 2016 con la epidemia del virus del Zika: los medios de comunicación informaron que era un arma biológica.
En 2020, un artículo en el periódico arriba citado informó que uno de cada tres estadunidenses creía que el gobierno chino diseñó el coronavirus como un arma y otro porcentaje no despreciable sostenía que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades exageró la amenaza de covid-19 para socavar al presidente Trump. El mismo año, Shauna Bowes, investigadora de la Universidad Emory, acotó: “Con todos los cambios que están ocurriendo en la política, con la polarización y la falta de respeto, las teorías conspiratorias están teniendo más presencia que nunca en la forma de pensar y en el comportamiento de la gente”. De hecho, la falta de credibilidad sigue vigente: aproximadamente el 25 % de los ciudadanos estadunidenses sigue sin inmunizarse.
Las teorías conspiratorias se difunden más cuando hay situaciones críticas como la pandemia actual. El brete es muy complejo. Deshacer el nudo de creacionistas, fanáticos religiosos y pobres muy pobres es necesario. Científicos, políticos y educadores deben encontrar un lenguaje común para mitigar el peso de la pandemia de la desinformación y de la mala información. Años atrás, Theodor Adorno (1908-1969), filósofo judeoalemán, sugirió que dichas teorías, así como la paranoia, son elementos centrales en los movimientos políticos. Adorno tiene razón.
Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.