EL LIBERAL, 4 de febrero de 1918. El señor La Casa es germanófilo. Lo es sin percibir por ello un solo céntimo. Cuestión de educación y de simpatías. Él ama la fuerza y la autoridad. Y cree —no sin cierta lógica— que la fuerza está, sobre todo, en los puños. No sabe alemán. Es más: si le obligaran a aprenderlo, se indignaría contra todo lo teutón. No conoce Alemania. Pero le parece que Alemania es un palo muy fuerte dispuesto a meter en cintura a la Humanidad entera. Y piensa que el gesto natural ante el palo es el de la admiración incondicional. Repito que todo esto lo cree de buena fe y sin emolumentos de ninguna especie.
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