El ‘Cártel de Guadalajara’

El agente de la DEA Charles Lugo sólo podía distinguir los techos morados que se sacudían con el viento, golpeados por la corriente de aire del helicóptero. Era 6 de noviembre de 1984 y, conforme se acercaba el helicóptero, el desierto de Chihuahua daba paso a hileras de color verde profundo. Su informante sabía que los campos eran grandes, pero no esperaba más de 200 hectáreas de sinsemilla. A las afueras se erguía un complejo de cobertizos de madera que se utilizaban para secar la marihuana, y frente a ellos se encontraban cientos de campesinos mexicanos, todos vestidos con pantalones de mezclilla, playeras y sombreros de palma. Había llegado al Rancho Búfalo. En ese entonces, se trató del mayor decomiso de marihuana a nivel mundial. La revista Time llamó al acontecimiento “la redada del siglo”.

Cuando aterrizó el helicóptero, Lugo se bajó. A lo largo de los siguientes dos días, se reuniría con soldados mexicanos para inspeccionar la propiedad. Exploraron el Rancho Búfalo a las afueras del pueblo de Jiménez, así como otros sembradíos de marihuana descubiertos cerca de Julimes. La escala era asombrosa. En total, había trece granjas de marihuana, ocho campamentos distintos de trabajadores, y entre 2000 y 4000 toneladas de marihuana. Y este era sólo el comienzo. Había múltiples cobertizos de secado, toneladas de semillas de la variedad sinsemilla y un sistema de irrigación basado en una red de pozos. Había tractores, helicópteros y miles de trabajadores contratados para recortar, secar y empacar la marihuana. A estos últimos los habían transportado en camiones hasta allí con promesas de un buen sueldo y un trabajo fácil.

También había guardias bien armados que llevaban sus rifles semiautomáticos colgados al hombro y pistolas metidas en la pretina de los pantalones. Y no sólo los cargaban, sino que también los utilizaban para dispararles a los trabajadores que intentaban huir; para golpear a quienes intentaban tomarse un descanso; y sumergir a otros cuantos en barriles de agua helada para incentivar a los demás. Para completar el look, al menos tres de ellos portaban grandes placas del servicio secreto mexicano, la Dirección Federal de Seguridad (DFS).

Lo que Lugo atestiguó fue la primera demostración pública del dominio, la escala y el poder financiero de una nueva clase de operación de narcóticos. Pronto los agentes de la DEA le dieron un nombre: el Cártel de Guadalajara. Para finales de la década, el término se había vuelto de uso popular. Los estadunidenses habían inventado otro enemigo. De nuevo, la etiqueta era útil; era una manera sencilla de referirse a un enemigo definible. El término “cártel” de inmediato hacía pensar en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEC), el control de precios y la perversión del capitalismo viejo e imparcial dirigido por los anglosajones. Además, prometía la victoria; si destruías al cártel, demolías el narcotráfico.

De hecho, el Cártel de Guadalajara en realidad no era un cártel. Carecía de estructura formal, un conjunto de reglas o un procedimiento operativo prescrito. Ciertamente no buscaba controlar los precios.

En cambio, el Cártel de Guadalajara era un grupo volátil compuesto de antiguos traficantes, secuestradores y sicarios paramilitares de Sinaloa. Cuando el presidente López Portillo dejó el cargo en 1982, un nuevo cordón de protección federal intentó controlar esta alianza inestable. Los bárbaros y la policía judicial ya no estaban a cargo. Ahora era el turno de la DFS. Traficantes, sicarios y espías trabajaban en conjunto para satisfacer la creciente demanda de cocaína y marihuana sinsemilla en Estados Unidos.

Para lograrlo, el grupo se expandió, desarrolló e integró de forma más vertical. Las bandas de narcotraficantes se encontraban con los grandes negocios. La mano de obra ahora se contrataba internamente. Los traficantes ya no recorrían las laderas buscando unas cuantas toneladas de marihuana cultivada por los campesinos. Como descubrió Lugo en el desierto de Chihuahua, compraban campos, excavaban pozos, distribuían semillas y les pagaban a los campesinos para trabajar la tierra. Y ya no escondían su dinero en unas cuantas casas lujosas, autos último modelo y caballos purasangre. Ahora los bancos adoptaron un papel crucial para esconder y mover el dinero del narcotráfico.

Sin embargo, el cordón de protección de la DFS, al igual que el sistema barbárico que la precedió, pronto se vio envuelto en conflictos. No existía la pax mafiosa. Estos conflictos respecto a las ganancias de los cordones de protección ahora enfrentaban a los agentes de la DFS contra grupos rivales del ejército, la policía judicial, gobiernos estatales y administraciones locales.

Ilustración: Estelí Meza

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Publicado en: 2022 Septiembre, Expediente