Gilberto Guevara Niebla fue líder del Consejo Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968. Entre sus libros se encuentran La democracia en la calle, La rosa de los cambios. La catástrofe silenciosa (coord.) y, en colaboración con Néstor García Canclini. La educación y la cultura ante el TLC.

ILUSTRACION DE CARMEN PARRA

25 años después de haber sido uno de los protagonistas principales del movimiento estudiantil, Gilberto Guevara Niebla recapitula los momentos y las circunstancias que culminaron en la noche de Tlatelolco, testimonio que es a un tiempo reconstrucción y memoria. Este texto es el resultado de varias horas de conversación que Luis Miguel Aguilar y Rafael Pérez Gay sostuvieron con él.

La mañana del 3 de octubre de 1968 me asomé por la pequeña claraboya de la celda en que me encontraba. Difícilmente vi un cuadro de césped recortado a la perfección, con la neblina flotando encima de él. Meses después supe que no había sido el único habitante de la Ciudad de México que ese día se sintió cercano a la neblina y extrañado de ver a la ciudad, precisamente ese día, como suspensa. Tampoco fui el único impactado por el silencio de esa mañana. El silencio del lugar en el que estaba. El silencio de México.

Quizás esa neblina y ese silencio fueron lo único agradable, o con más exactitud lo único neutral, de mi estancia en ese sitio. Eso y la novela de Somerset Maugham, La luna y seis peniques, que me prestó el general que dirigía la prisión del Campo Militar número 1, pocos días después, cuando buscaban “tratarme bien” luego de los golpes y la tortura. El general Limón me ofreció esa novela diciéndome: “Gilberto, tú eres un buen muchacho, con aficiones intelectuales. No sé cómo te metiste en esto. Aún puedes recapacitar. Te dejo este libro”. Leí la novela de Maugham ese mismo día. He leído y releído otras cosas de Maugham. No La luna y seis peniques.

Cuatro días antes, la noche del 1o. de octubre de 1968, hubo una reunión de los dirigentes principales del Consejo Nacional de Huelga, que llevaba cerca de tres meses de encabezar el movimiento estudiantil de 1968. Empezaron a ocurrir cosas raras. Al llegar a la reunión, uno de los líderes, Sócrates Amado Campos Lemus y otros compañeros del Politécnico mostraron de pronto y cínicamente pistolas de calibre muy alto. Hasta ese momento en el Consejo Nacional de Huelga nunca se había planteado la menor posibilidad de recurrir a las armas como una opción defensiva para el movimiento. Sócrates y otros cercanos a él propusieron la integración de “columnas”, gente armada, para proteger a los líderes del movimiento, particularmente a Raúl Alvarez Garín y a mí. Argumentaban que en los últimos mítines del movimiento habían llegado muchas gentes sospechosas y que había peligro de un atentado contra los líderes del CNH.

El temor efectivo a la detención comenzó desde el 27 de agosto, desde que los tanques del ejército entraron al Zócalo a barrer la guardia que habían montado los estudiantes. Pero el momento más grave al respecto se dio cuando el ejército ocupó Ciudad Universitaria. En ese momento la persecución de estudiantes entró al grado de la ferocidad, y como se supo que la operación del ejército en CU tenía como primer objetivo la captura de líderes, los miembros del CNH nos sentimos efectivamente amenazados.

Para evitar la aprehensión, los líderes buscábamos estar rodeados de gente. A donde fuera yo llevaba a diez o quince compañeros. Yo tenía una especie de guardia personal, si se quiere, en la que estaban algunos muchachos fuertes. Algunos eran deportistas; otros eran amigos míos que no se me despegaban. Yo pensaba, equivocadamente, que esto equivalía a exagerar el peligro de una detención. Lo cierto es que había momentos en que nos sentíamos como en una película. Una vez yo caminaba frente a la Unidad Juárez con una compañera y de repente pasó un automóvil. El automóvil comenzó a avanzar lenta y sospechosamente al ritmo de nuestros pasos. Volví la vista. Adentro del automóvil venía un estudiante de arquitectura al que yo conocía y lo saludé en voz alta. El me hizo unas señas extrañas desde el carro. Lo saludé otra vez y él me dijo en voz baja que me callara y que me subiera al carro. A la muchacha que venía conmigo le dije que me esperara y me subí al carro. Me sorprendió ver que aquel joven, un joven totalmente alejado de la violencia, traía una pistola enorme en el asiento del carro. La tenía escondida y desenvolvió el trapo para enseñármela. Estoy absolutamente seguro de que él nunca usó esa arma. Ni sabía usarla. Es el mismo caso de todos nosotros. No sabíamos usar armas. Personalmente, en mi niñez yo iba de cacería con mi padre. Usábamos un rifle 22. Pero nunca en mi vida había disparado una pistola.

Nuestra idea de las cosas estaba muy influida por la imaginación. Por las películas y las novelas policiacas. Usábamos claves para identificarnos. Todos sentían que su teléfono estaba intervenido, aunque no fueran líderes. En efecto, había detenidos; pero en mi caso, durante toda la época del movimiento, hasta el 2 de octubre, nunca sufrí un atentado serio ni me detuvieron. Las armas eran de otro mundo. Por eso aquella noche del 1o. de octubre de 1968 me sorprendió muchísimo que por primera vez en la existencia del CNH alguien hablara de la posibilidad de usar armas para defendernos.

Fue una reunión muy pesada por esa sugerencia de formar “columnas” y recurrir a las armas. Además, esa misma noche llegó Fernando Solana y nos dijo que el presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, había nombrado dos representantes y proponía una reunión a la mañana siguiente, la mañana del 2 de octubre, para negociar el conflicto.

Para entonces los líderes comenzábamos a cansarnos. No estábamos en nuestras casas, dormíamos en casas de amigos y todo era muy divertido por un lado, sobre todo por las muchachas que conocíamos; pero por otro lado era muy agotador. El ejército se había retirado de CU y nosotros, nuestro temor y nuestro cansancio, comenzábamos a alimentar la esperanza de que se recuperaría la normalidad y que incluso podría encontrarse una salida negociada al conflicto, por la cercanía de las olimpíadas.

A todo esto se sumaba el hecho de que al movimiento lo habían golpeado duramente. El movimiento había retrocedido. La gente hoy, por ejemplo, ve la manifestación silenciosa como algo triunfal. No fue así. La manifestación silenciosa fue un acto con un formidable sentido político, una manifestación muy heroica a su modo, pero absolutamente defensiva. Fue la expresión, no de la victoria gradual, inevitable o inminente, sino del miedo real que todos teníamos. Le escribimos cartas al presidente Díaz Ordaz, firmadas primero con pseudónimo y firmadas luego por uno de los líderes, Marcelino Perelló; cartas que significaban algo ligeramente próximo al retroceso, si no a la claudicación. Nos volcamos haciendo declaraciones a la prensa para asegurar que el movimiento estudiantil no haría ningún atentado durante las olimpíadas.

El movimiento se estaba desbalagando. El día que el ejército desocupó CU, el 30 de septiembre, hubo un mitin, una conferencia de prensa en la Facultad de Ciencias. El mitin estuvo muy concurrido pero CU estaba vacía. El día martes lo. de octubre hubo dos mítines, uno en la mañana y otro en la tarde, que organizamos uno de los representantes de la Facultad de Economía, Gustavo Gordillo, y yo para dar a conocer la solidaridad internacional con el movimiento. Fueron mítines muy poco asistidos. El movimiento se dislocaba. No era un movimiento para hacer la guerra, no era para enfrentarse con armas al gobierno; era un movimiento pacífico, legal, y en el momento en que la situación se cargó hacia la violencia, los estudiantes se desorganizaron y perdieron gradualmente su capacidad de respuesta. Desde la manifestación silenciosa, los estudiantes fueron cada vez menos a las escuelas. Desde el punto de vista político, el movimiento vivía una catástrofe.

La noche del 1o. de octubre llegó el signo alentador de que el gobierno estaba dispuesto a negociar. Esa noche, después de la reunión, me fui a dormir como a la una de la mañana y me levanté como a las seis de la mañana del 2 de octubre, porque a las siete de la mañana nos reuniríamos en San Angel, en la casa del entonces rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, con los representantes del presidente Díaz Ordaz, Andrés Caso Lombardo y Jorge Martínez de la Vega.

Fue una reunión muy tensa y muy desmoralizante para los miembros del CNH que habíamos ido a negociar. El trato que nos dieron los representantes del presidente no incluía el menor respeto por la investidura del Consejo Nacional de Huelga, al cual representábamos. Fue como una burla lo que hicieron de la Vega y Caso. Mientras ellos se asumían con mayúsculas como Representantes del Presidente de la República, de la Vega francamente nos insultaba y nos faltaba al respeto.

Cuando comenzamos a hablar nos trataron como a unos imbecilitos irresponsables que -así nos lo dijo literalmente de la Vega- estábamos poniendo en peligro a toda una generación de jóvenes mexicanos, y que en un momento determinado tendríamos que rendir cuentas al país entero por lo que estábamos haciendo. No nos bajaron de agitadores profesionales. Era también un doble juego: de la Vega más agresivo y Caso un poco más conciliador.

En un momento dado, Caso nos dijo: “Venimos en plan de amigos”. Muy molesto por la falta de respeto con que nos trataban, yo dije: “Nosotros no venimos a hacer amigos. Venimos a buscar la solución a un conflicto que está afectando al país”. Y de la Vega intervenía con mayor intolerancia. Hasta que en un momento yo les pregunté: “¿Cuál es la capacidad de decisión que tienen ustedes? Porque nosotros sí tenemos capacidad de decisión”. Entonces de la Vega y Caso nos confesaron que ellos no tenían ni la más mínima capacidad para decidir algo importante. Entonces la reunión no tenía mucho sentido.

Esa reunión debió durar unos cuarenta y cinco minutos. No se prolongó más porque muy pronto se puso en claro que no había capacidad de decisión por parte de ellos. Al fin yo dije: “Sería deseable que se hiciera una negociación pero tomando decisiones. Vamos a establecer un diálogo de hechos. Ustedes den pasos ostensibles, visibles hacia atrás, y nosotros daremos los mismos pasos hacia atrás, mientras nos volvemos a reunir”. Después de la Vega y Caso usaron lo que yo dije como una expresión de ellos. Pero fueron palabras mías. Después se hizo claro que esa comisión presidencial nunca fue un puente real para negociar, sino un simple medio de disuasión y de captación de informaciones que usó el gobierno contra el movimiento estudiantil. Fue muy útil para el gobierno y sirvió para dividir al movimiento. Con los años me entero por sus propias declaraciones de que Anselmo Muñoz, líder estudiantil que estuvo en esa reunión, en el instante en que salíamos de casa de Barros Sierra se le acercó a de la Vega y tuvieron un intercambio de palabras donde Anselmo Muñoz, prometió algo y pidió protección a cambio. Protección que luego, como contaré más adelante, le sería dada.

Esa mañana del 2 de octubre salimos de casa del rector y en un pequeño coche que nos prestaba Julio Labastida nos fuimos a Tlanepantla a desayunar unos tacos. De ahí cruzamos a Zacatenco a la reunión del CNH que estaba convocada en la ESIME a las diez de la mañana. La reunión sería ahí porque el Casco de Santo Tomás estaba ocupado por el ejército y la ESIME era lo más cercano a Tlatelolco, donde desembocaría la manifestación en la tarde. La ESIME, además, era la escuela que tenía más estudiantes.

Fue una asamblea semiasistida, con unos cuarenta o cincuenta miembros del CNH. Había un ambiente sombrío. No era el mismo ambiente de otras reuniones del CNH. Como si hubiéramos ido al infierno y el miedo nos hubiera cambiado las caras. En esa reunión ocurrieron también cosas extrañas. Fue inolvidable la intervención de Ayax Segura Garrido, quien dijo en una oportunidad: “Hay que darle una organización militar al movimiento. Hay que tomar las lecciones de la batalla de Argel, conseguir armas, distribuirlas y formar una organización triangular y guerrillera”. Después sabríamos que Ayax era un policía, agente de la Federal de Seguridad, pero en ese momento Raúl y yo simplemente nos miramos con mucha preocupación. Dijimos a la asamblea que la propuesta de Ayax era una estupidez, pero no nos atrevimos a decir que una propuesta así sólo podía venir de un policía y expulsar a Ayax.

En esa reunión yo propuse la suspensión de la marcha de la tarde y que exclusivamente se realizara el mitin. A las razones para suspender la marcha se sumaban informaciones como la de otro líder, Florencio López Osuna, quien dijo en la asamblea que el ejército estaba apostado en varias calles y que había mucha tropa en el Casco de Santo Tomás. Se deliberó y se decidió no hacer la manifestación. Es curioso. En caso de que el gobierno pensara en un plan para golpear, un plan de masacre, ese plan tuvo que considerar la posibilidad de que en vez de mitin hubiera manifestación. En el mitin, a diferencia de la marcha, hay una multitud detenida. Sin embargo, a las doce del día de ese 2 de octubre el CNH aún no tomaba la decisión de suspender la marcha. Luego se decide hacer el mitin y se nombran oradores. En ese momento alguien obtiene ya una información importantísima de tipo militar, y la filtra: no habrá marcha sino mitin. A estas alturas, el movimiento estaba infiltrado de policías. En esa misma reunión no habría menos de cinco agentes de la Dirección Federal de Seguridad.

La asamblea terminó como a las dos de la tarde. Nos comimos una torta en la ESIME y nos fuimos a organizar el mitin. Llegamos a Tlatelolco cerca de las cuatro de la tarde. Anselmo Muñoz estaba instalando el equipo de sonido. El siempre se encargaba de eso. Tomamos la energía eléctrica de un departamento. Una novia de otro de los líderes, Félix Lucio Hernández Gamundi, vivía en el quinto piso del edificio Chihuahua, del complejo habitacional Nonoalco Tlatelolco, junto a la Plaza de las Tres Culturas, donde sería el mitin esa tarde. Como la tribuna estaría en el tercer piso, tiramos un cable hasta el quinto piso del mismo edificio.

Raúl Alvarez Garín y yo habíamos decidido que él no estaría en la tribuna esa tarde, y que yo sí estaría. En la tribuna yo empecé a hacer un poco las veces de organizador. En ocasiones anteriores la tribuna se llenaba de gente que se subía a ella para ver desde ahí y mitotear. Esta vez decidimos poner control. Colocamos una guardia de estudiantes, de los fortachones que jugaban fútbol americano, en las escaleras de los dos accesos al tercer piso donde estaba la tribuna. Pusimos también una cuerda para evitar la entrada franca. Yo me dediqué sobre todo a cuidar el acceso.

Se había decidido que los oradores incluirían una protesta tajante por la tortura a Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, líder de la Escuela de Chapingo que estaba detenido y que un par de días antes había escrito una carta denunciando la tortura de que había sido objeto. Luego se anunciaría la huelga de hambre que iban a empezar los presos políticos. Raúl Alvarez y yo pensamos que en la medida en que el gobierno utilizaba medios violentos para combatir a los estudiantes, los estudiantes debían utilizar métodos pacíficos, irreprochables, de lucha, como la huelga de hambre. Se pensaba también en una huelga de impuestos y en colectar millones de firmas. Procedimientos de esta índole eran difícilmente reprimibles y no ponían en riesgo a la gente. Era lo que debía buscarse en un momento en que el gobierno utilizaba cada vez más las armas. La huelga de hambre debía abrir una nueva etapa y convertirse en el motor del movimiento estudiantil.

El mitin empezó con mucho retraso, como a las cinco y media de la tarde de ese 2 de octubre. El maestro de ceremonias era Anselmo Muñoz. El primer orador fue Florencio López Osuna, que se extendió muchísimo hasta donde atendí. Yo en realidad le estaba dando la espalda al mitin porque en los accesos a la tribuna ocurrían, de nuevo, cosas muy extrañas.

Llegó hasta la tribuna un sujeto de baja estatura, con todo el aspecto de guerrerense, y como tal me dijo: “Gilberto, traigo una carta de Genaro Vázquez para que ser lea en el mitin”. Tomé la carta, la leí y rápidamente me di cuenta de que era falsa. Di entonces instrucciones para que no dejaran pasar a ese sujeto. En seguida llegó otro tipo, muy alto y muy rubio, que me gritaba: “Oye Gilberto, yo soy de la Facultad de Derecho. Déjenme subir a la tribuna”. Yo les dije a los muchachos de la guardia que no lo dejaran entrar y el tipo me hizo una señal de amenaza. Ni siquiera dejé entrar a Selma Beraud, de la Facultad de Filosofía. (Desde entonces ella dice que le salvé la vida.)

De cualquier modo las dos entradas se llenaron de gente atrás de la cuerda que habíamos puesto. Dejamos entrar únicamente a los periodistas. Después nos dimos cuenta de que muchísimos policías estaban disfrazados de periodistas. Sobre todo, de la parte de abajo del mitin comenzaron a llegarme numerosos recados. Subían muchos compañeros a decirme lo mismo: “Gilberto, el mitin está lleno de ‘pelones’. Está lleno de judiciales”. Yo había estado en todos los mítines anteriores y nunca había pasado eso.

Serían como las seis de la tarde cuando de la multitud salió un bramido gigantesco, un grito de terror que crecía. Yo volví la vista desde la tribuna y vi que el ejército avanzaba hacia la plaza del mitin desde el puente de Nonoalco, lo que es hoy el eje número uno. Sentí que todo se iba a acabar en ese instante. El ejército avanzaba en posición de ataque, a bayoneta calada, ordenadamente. Hasta ese momento, en la tribuna no habíamos oído un solo balazo. Yo tampoco vi las luces de bengala, pero efectivamente las hubo.

Volví la vista al micrófono. Cerca del micrófono estaba Sócrates Campos Lemus. En una reunión anterior del CNH se había decidido que Sócrates no volviera a agarrar el micrófono en los mítines, porque era muy provocador. En el mitin anterior en Tlatelolco él prácticamente le había mentado la madre al presidente Díaz Ordaz desde la tribuna. Se apoderaba siempre del micrófono y hablaba sin decisión previa del CNH. Esta vez se había parado junto al micrófono, sin tomarlo. Lo tomó hasta que vimos a los soldados. Dijo por el micrófono: “Calma, compañeros. Esto es una provocación. Calma, compañeros”. Yo pensaba entonces en el fin de todo, en la multitud inerme y en cómo saldríamos de ahí.

En ese momento la multitud formó un remolino gigantesco. Se me ocurrió ir abajo. Corrí a las escaleras, seguido de varios compañeros, y de repente vi que venían subiendo unos jóvenes armados, vestidos de civiles. Cuando los vimos subir, Florencio López Osuna pensó lo mismo que yo: “Son las `columnas’ “. Creyendo que eran estudiantes, David Vega les dijo: “íCálmense, compañeros! íSin violencia!”.

En ese instante los muchachos que iban conmigo me alzaron prácticamente en vilo y me subieron por la escalera en cosa de segundos. Ya se oían los disparos. En el quinto piso toqué en el departamento de la señora que nos había dado energía eléctrica para el equipo de sonido. “¿Quién es?”, preguntó alguien. “Guevara”, les dije. Entonces me abrieron, entré, me asomé por la ventana en plena balacera y volví la vista a la tribuna, porque ya en el quinto piso la tribuna me quedaba hacia la izquierda desde el departamento, y entonces vi algo impresionante: vi decenas de armas que habían aparecido en la tribuna como por arte de magia y que desde el edificio apuntaban en dirección del ejército o de la multitud. No vi una sola cara. Sólo alcanzaba a ver las armas y las manos que las manejaban.

Entonces, en un acto milagroso, los estudiantes que me acompañaban me jalaron en el instante en que entró una metralla y destruyó el techo y los cristales. Comenzaron a entrar balas de un calibre enorme. Nosotros estábamos tirados en el suelo, cubiertos por el yeso que se desprendía. Al rato las tuberías empezaron a romperse y el departamento se inundó. Eramos como treinta jóvenes los que estábamos ocultos en el departamento, entre ellos Eduardo Valle Espinoza “El Búho”, Pablo Gómez, Anselmo Muñoz, Félix Lucio Hernández Gamundi.

Empezaba a oscurecer y las balas seguían entrando. A veces rebotaban. En esos momentos uno sólo piensa en sobrevivir. Cuando la metralla se suspendía nos íbamos arrastrando hasta el final del departamento. El departamento era muy largo. En la entrada había un cubo de escalera. Al entrar se llegaba directamente a la sala y más allá estaban las recámaras. Tenía tres ventanales, el de la sala y dos de cada recámara, que daban a la plaza. El ventanal de la sala era de vidrio; los otros, de plástico amarillo.

Arrastrados llegamos a la parte de atrás y hacia el lado izquierdo del departamento, donde estaban la cocina, un baño y otra recámara. Pero hasta ahí llegaban las balas. Había ya una capa de balas en el suelo.

En un momento la balacera se detuvo y alguien aconsejó destruir nuestras credenciales. Yo no destruí la mía. Vi una pequeña hendidura en el yeso despedazado y la metí ahí. La señora me la recogió después. En el respiro, antes de que regresara la balacera, yo me repetía en la cabeza que las famosas “columnas” habían actuado. Fue mi obsesión durante toda esa noche y en los días siguientes. Creía ingenuamente que habían defendido el edificio Chihuahua.

Para mí, el tiempo transcurría muy lentamente. Parecía que las balaceras duraban horas cuando en realidad duraban minutos. El lapso de tiempo que había entre una balacera y otra también me parecía larguísimo, y no lo era. La balacera se detenía y comenzaba otra. Había provocadores que disparaban desde lejos y de pronto se daba la respuesta abrumadora del ejército. Al oírse el disparo lejano se soltaban todas las miles de armas que había esa noche en Tlatelolco.

Y de pronto empezaron a disparar con cañones desde los tanques. Espantoso. Mucha gente dice que eran tanquetas. Aparte de las tanquetas, sobre la plaza había tanques de oruga, que hacían un ruido absolutamente peculiar, de metal en movimiento.

En algún instante nos metimos en el baño El Búho, Anselmo Muñoz y yo, los que éramos más amigos. Sin decírselos, yo me inventé un nombre y una coartada para explicar mi presencia ahí cuando me detuvieran. Sabíamos ya que estábamos atrapados.

En el baño yo temblaba, muerto de frío y empapado. Anselmo Muñoz llevaba un suéter rojo con una franja amarilla: la ropa más llamativa que hubiera en Tlatelolco en ese momento. Anselmo Muñoz me dijo que yo tenía más frío que él y me ofreció el suéter, que me puse, en un gesto que entonces me pareció todo lo contrario a una señal para que me identificaran.

Los soldados se habían apoderado ya de las escaleras y de los pasillos, y subían golpeando gente. Oíamos los gritos de los estudiantes cuando los golpeaban y los gritos de los soldados: “íAgáchese, cabrón! íAgáchese, hijo de la chingada!”. Y luego otros gritos de los mismos soldados: “íBatallón Olimpia! íBatallón Olimpia!”.

A las once y media de la noche los soldados tocaron a la puerta del departamento. Gritaron: “íAbran, hijos de la chingada! íAbran! íSi no abren vamos a volar la puerta!”. Nosotros estábamos atrás, petrificados, y ni siquiera nos planteamos el hecho de abrir la puerta. Anselmo Muñoz, con una frialdad inesperada, fue hacia la puerta y la abrió. Entraron tres soldados con ametralladoras, gritando: “íA ver, cabrones, ¿traen armas?!”. Entonces Anselmo Muñoz les dijo a los soldados la cosa más extraña que hubiera oído en mi vida: “Voy a orinar”, y se abrió la bragueta y empezó a orinar ahí mismo, delante de los soldados y de todos. Entonces gritó un soldado: “íA ver: pónganse las manos atrás de la nuca y van saliendo de uno en uno!”. Y avanzamos agachados para que nuestra imagen no diera a las ventanas, porque desde fuera le disparaban a todo lo que se movía.

Fuimos saliendo y nos hicieron bajar al segundo piso. Entre el segundo y el tercer piso había un tipo sentado en la escalera, gordo, güero, muy corpulento, que interrogaba a todos los que pasaban por ahí y luego los distribuía “íTú por aquí! íTú por allá!”. Llegó mi turno. “¿Cómo te llamas?”, me preguntó el gordo. Entonces le dije el nombre inventado que ya no recuerdo. “¿De qué escuela eres?”, preguntó el gordo. “De la Facultad de Ciencias”, le dije. “Tú para allá”, me dijo y yo pensé que había pasado el primer filtro. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó el gordo entonces al muchacho que venía detrás de mí. “No tengo por qué decirle, no tengo por qué contestarle”, dijo de pronto el muchacho. Entonces aquel gordo de 1.90 se levantó, tomó la pistola muy grande que llevaba y de un cachazo le rompió toda la cara al muchacho. Era un estudiante más joven que varios de los que estábamos ahí. Luego lo enviaron a mi lado y ni siquiera había modo de consolarlo. La cara rota le sangraba mucho y él no se quejaba.

Nos metieron a un cuarto en el que había un clóset con las puertas rotas. Ahí estaba sentado un oficial militar, platicando con Sócrates. Sócrates estaba esposado pero platicaba, sentado cómodamente. “Ah qué Sócrates cabrón”, le decía el militar.

Habíamos como veinte detenidos en el departamento vacío. Nos ponían contra la pared, con las manos atrás, y nos esculcaban para robarnos todo lo que tuviéramos de valor. Luego de robarnos, nos sacaban. Cuando yo bajé, no por el lado de la plaza, sino por el otro lado del edificio Chihuahua, había una multitud de soldados que gritaban histéricos, nerviosos, todos muy excitados, seguramente bajo el efecto de narcóticos. Lo primero que vi fue al policía rubio que unas horas atrás se había fingido estudiante de derecho para subir a la tribuna Al verme, gritó: “íAy hijo de la chingada! Ahí está ese cabrón de Guevara!”. Entonces fue a buscarme. Había una doble hilera de soldados, por la que atravesábamos, y él me alcanzó hasta ahí para golpearme y patearme. Pero lo peor es que cuando salí y di el primer paso hacia afuera alguien dijo, señalando el suéter llamativo que me había dado Anselmo Muñoz: “íEse del suéter rojo con la franja amarilla es el presidente de debates!”. Entonces todos los soldados se lanzaron a patearme y golpearme por todas partes. Me tiraban, me levantaban y volvían a darme. Hasta que logré unirme con los otros estudiantes. En un momento vi también, entre los soldados, al sujeto de baja estatura que horas antes dijo traer un mensaje de Genaro Vázquez. También estaban ahí, ya desembozados, todos los que se habían fingido periodistas.

Cuando llegamos al final de ese túnel, en la calle de Manuel González había ya varias filas de camiones del ejército, de los que tienen una cubierta de manta con bancas a los lados. Entonces nos tomaban de los pelos y de los pelos nos subían a los camiones. Terrible. Los soldados nos gritaban: “íHijos de la chingada! íAnden, cabrones agitadores!”, y nos golpeaban con las culatas. En el camión nos echaron en varias capas. Cuando arrancó, íbamos tirados unos encima de otros. Formábamos por lo menos cuatro capas de cuerpos, una cosa tremenda sobre todo para los que iban abajo, mientras los soldados iban sentados en las bancas laterales del camión. De pronto se oía un quejido de alguno de nosotros y un soldado gritaba: “íNo levanten la cabeza, hijos de la chingada!”. A quien levantaba la cabeza, lo golpeaban. A mí me golpearon en una ocasión. Sentí el mayor vacío de mi vida.

No sabíamos a dónde nos llevaban. Luego lo supe. Me pareció eterno el viaje al Campo Militar número 1. Cuando llegamos ahí sería ya como la una de la noche. Sobre una superficie plana de cemento nos formaron en un cuadrado a unos cien estudiantes. Por lo visto ya nos habían seleccionado porque ahí estaban varios de los líderes. Me hundió todavía más ver a Luis González de Alba sin camisa, golpeado. Lo mismo que a los otros compañeros. El más golpeado de todos era Florencio López Osuna, que estaba en calzoncillos.

A mí me tocó estar en el vértice de ese cuadrado. Mi posición era pésima de cualquier modo. De pronto llegó un soldado muy bajo de estatura y muy feo de aspecto, y me señaló, gritando: “íEste es del partido central comunista!”. Entonces vino un oficial acompañado de otros dos o tres soldados y me separaron de los otros compañeros. Volvieron a golpearme y me metieron en una hilera de celdas. Después supe que nos estaban encerrando en los dormitorios conyugales del Campo Militar número 1. Eran cuartos pequeños de dos metros de ancho, tres de fondo y dos de alto. Adentro sólo había una cama con tambor metálico, con un colchón muy delgado. Los soldados que me llevaban quitaron ese colchón y me aventaron ahí. Fue una noche muy fría. Yo traía las ropas mojadas y traté de acomodarme inútilmente. Esa noche no dormí.

Mi esperanza de esa noche y de varios días siguientes era que Raúl Alvarez estuviera libre. Raúl era la única persona con autoridad y arrastre para mantener unido al Consejo Nacional de Huelga. Mientras Raúl estuviera libre yo sabía que el movimiento podía levantarse otra vez. Habría una negociación y saldríamos libres. Pero la libertad no era exactamente lo que más me preocupaba en ese momento; en ese momento el problema era el de la vida misma. Pensaba que me iban a matar. Después de lo que había ocurrido en la plaza de Tlatelolco, todo era posible.

Vinieron a buscarme a las ocho de la mañana del 3 de octubre, mientras yo veía la neblina a través de la claraboya, un oficial y unos soldados. Me esposaron con las manos en la espalda y así me llevaron ante un oficial militar de alto rango, sentado en un escritorio en una pequeña habitación, con otros soldados de pie. Era un hombre rubio, muy alto; pero la más alta jerarquía era la de un señor moreno sentado también ahí.

Me pusieron de espaldas a la puerta y el militar moreno me dijo: “No vayas a voltear hacia la puerta”. Era de mañana, la luz entraba con fuerza y entre el baño de luz alcancé a ver una sombra que se paró en el umbral. El oficial volteó a ver a la sombra, la sombra se retiró y entonces supe que me habían delatado, identificándome. El oficial me dijo: “A ver, ¿cómo te llamas tú?”. Dije el nombre inventado que al parecer nunca más recordaré y no acababa de decirlo cuando ya habían comenzado a golpearme. “Mira, cabrón”, me dijo el oficial, “tú eres fulano de tal y déjate de chingaderas”. Más golpes. obviamente, yo dije: “Sí, soy fulano de tal”. Y más golpes de cualquier modo.

Me llevaban a la celda, me sacaban de la celda y volvían a interrogarme. Junto con los golpes, lo más recurrente que hacían los militares era preguntarme: “A ver, ¿dónde compraron las armas?”. Y la pregunta, que era absurda, a mi me parecía lógica porque yo seguía pensando en las “columnas”, pensaba que los mismos compañeros nos habían trampeado con las “columnas”. Ante la presión, comencé a sentir la increíble culpabilidad de la víctima. Pero frente a los interrogatorios, me tracé mentalmente una estrategia. Me dije, me prometí que ante la ilegalidad yo defendería siempre una posición legal. “Nosotros no usamos armas”, contestaba yo cada vez, y cada vez volvían a golpearme. “A ver”, decían entonces los oficiales, “¿y la dinamita?”. Resulta que yo no sabía: había kilos de dinamita comprada. Sócrates Amado Campos Lemus compró metralletas y compró dinamita. ¿De dónde y a quién? No lo sé. La descubrieron porque después del 2 de octubre un muchacho fue a esconderse donde estaba la dinamita. Pero entonces yo contesto con la verdad: “No sé nada de ninguna dinamita”, y vuelven a golpearme. “A ver, ¿a quién mandaron a Estados Unidos?”. Y otra vez. “¿Quién disparó?”. Y otra vez.

Un día después de que el general Limón me dio la novela de Maugham, me sacaron de la celda para volverme a interrogar. Entonces comenzaron a hacerme preguntas más concretas. Me decían algunos nombres y me preguntaban si yo conocía a esas personas. Yo respondía a todo con la verdad. Volvían a golpearme. Eran continuas las amenazas de muerte. “O nos dices dónde están las armas o te va a cargar la chingada. De aquí no vas a salir vivo”. En una de esas me enseñaron un sitio del campo y me dijeron: “Mira, ahí te vamos a fusilar”. De repente el oficial más alto le dice al oficial rubio: “íChínguenselo de una vez. Ora sí te cargó la chingada, cabrón. A ver, tráiganselo”. Y los soldados me fueron a dar un paseo por el Campo Militar. Fue la primera vez que me sacaron de mi celda a la parte exterior del campo; no había sentido aún el tamaño ni la importancia de la prisión. Había ahí unos delincuentes siniestros, que purgaban delitos militares. Después del amago de fusilamiento me regresaron a la celda.

En el tercer día, durante un momento en que me interrogaban por las armas y la dinamita, el oficial rubio le quitó el rifle a uno de los soldados. Yo estaba de pie, con las manos esposadas a la espalda. El militar empezó a pasearse con el rifle de un lado a otro, frente a mí, mientras el otro oficial me interrogaba. En una de esas el rubio se interpuso entre el oficial y yo, dándome la espalda. “¿Dónde están las armas, hijo de la chingada?”, me preguntó de nuevo el oficial. En eso el rubio impulsó el rifle hacia atrás con todas sus fuerzas y me reventó la culata contra el pecho. En todo ese tiempo no habían dejado de golpearme, pero ningún dolor comparable al de ese culatazo. El culatazo me desvaneció, me desmayé no sé por cuánto tiempo. Luego me regresaron a mi celda, y así hasta el siguiente interrogatorio.

Un día se aparece el general Limón, el director del penal, y se pone a hablar con Sócrates en voz alta, para que todos lo escucháramos. Decía “Sócrates, quiero felicitarlo. Es usted un hombre valiente, un buen mexicano, porque usted ha sabido ponerse a la altura”. Sócrates le contestaba cosas del tipo: “Mi general, sólo he cumplido con mi deber porque nosotros no hemos querido disolver México sino que nos preocupan el país y los más altos intereses de la patria”. Antes de irse, Sócrates y el general alargaron bastante ese show de respectivos patriotismos.

Uno de esos días llegó también el ministerio público. A la gente se le olvida lo que vivíamos en 1968: la legalidad era una burla absoluta y estábamos bajo una dictadura de facto. El ejército era usado como policía y las prisiones militares eran usadas como reclusorios para civiles. El agente del ministerio público ya tenía armada mi declaración. Era un hombrecillo pequeño, con lentes, dócil, típico burócrata. Mi declaración sólo confirmaba algunas cosas que me habían preguntado los interrogadores. Me decía el agente del ministerio público: “A ver, usted conoce a fulano”. Ya estaban los nombres. Así me hicieron un acta en la cual yo aparecía dando nombres de mucha gente. Lo mismo les pasó a los otros líderes. Luego, simplemente, me hicieron firmar el acta. En ella yo no decía nada que no se apegara a la legalidad. Poco después la hicieron pasar como un acta delatoria, por los nombres que venían en ella.

Al terminar mi “declaración” me llevaron a un lugar, me cortaron el pelo, me quitaron la camisa rota que traía, me pusieron una camisa no nueva sino entera y de repente me sacaron a un escenario donde estaba un banquillo, un cordón y soldados alrededor, atrás del cordón, periodistas, flashes y faramalla. Respiré con algo de tranquilidad: “Al menos ya no van a matarme”, pensé, puesto que me exponían a la prensa.

Entre los periodistas había otra vez varios policías y soldados disfrazados de chicos de la prensa. Me empezaron a gritar. “íAsesino, asesino!”. Casi se saltaban el cordón para golpearme. “Yo no soy asesino”, dije. “Ninguno de nosotros es un asesino. El movimiento estudiantil es un movimiento absolutamente legal”. Los “periodistas” volvían a gritarme. Por fortuna ahí estaba Claude Kiejmann, la corresponsal en México de France Press, que era amiga mía. Me hizo con los ojos una señal de apoyo y yo volví a decirme: “Al menos ya no me mataron”. Claro que a ella no la dejaban ni hablar. Los “periodistas” me preguntaban casi como lo que eran, como policías o soldados: “¿Quién disparó en Tlatelolco?”. Yo decía “Disparó el ejército, yo vi disparar al ejército”. “Pero del otro lado, ¿quién disparó?”, preguntaban. “No sé”, decía yo; “la CIA, el MURO, no sé”. Yo pensaba que habían disparado las “columnas”.

En esa “rueda de prensa” hice una defensa abierta del movimiento. Incluso dije una frase que habíamos manejado durante todo ese tiempo: “Las únicas armas del movimiento estudiantil con las que hemos luchado, han sido nuestras ideas”. Esta frase salió reproducida en Le Figaro y otros diarios de la prensa europea. En México no salió nada. Meses después pedí los recortes de la prensa nacional y eran una cosa terrible. Casi me desmayo al ver que habían publicado textualmente mi “declaración” ante el ministerio público. Parecía la declaración de un delator. En cambio Le Monde publicó: “El líder más importante que se ha presentado a declarar hasta ahora después de Sócrates Campos, Gilberto Guevara le echó abajo el teatro al gobierno porque no confirmó ninguno de los cargos de violencia que el gobierno le está haciendo al movimiento”. El día anterior habían presentado a Ayax Segura Garrido, quien confirmó todo lo que Sócrates había dicho y aseguró también que los estudiantes habían disparado.

El mismo día de mi “rueda de prensa”, para neutralizar o rebatir mi declaración, sacaron ante la prensa a un muchacho, un estudiante de derecho al que en la cárcel apodamos malévolamente El Licenciado Metralleta. Luego de que lo capturaron, llevaron a su madre al Campo Militar y empezaron a torturarla a golpearla, delante de él. Así lo obligaron a confesar que él había disparado una metralleta. “¿De qué calibre era la metralleta?”, le preguntó un periodista inteligente que lo quería defender. “Era como de 28 milímetros”, dijo el muchacho, haciéndose evidente que no tenía la menor idea de lo que era una metralleta.

La ley indica que no deben transcurrir más de 72 horas de la detención a la consignación. En nuestro caso fue una cosa absurda, porque estuvimos nueve días en el Campo Militar.

El 11 de octubre nos dieron el acta de formal prisión y ese mismo día nos trasladaron a Lecumberri, con un gran despliegue de carros, ametralladoras y alta seguridad, como si fuéramos prisioneros de guerra.

Aclaración. Por un error editorial, el recuadro “1968 para quien nada sabe”, incluido en el artículo “68: La fiesta y la tragedia” de Luis Gónzalez de Alba (Nexos 189) está incompleto en su parte final.

Debió decir: “13. La tarde del 2 de octubre un mitin fue masacrado por el ejército y muchos de los dirigentes fueron detenidos”.

En Lecumberri nos aislaron en celdas distintas. No sabíamos nada, no habíamos visto periódicos, estábamos incomunicados. De pronto me asomo por una mirilla, veo pasar a Raúl Alvarez Garín y me doy cuenta de que también está detenido en la celda de junto. Yo quería hablar con él sobre todo de las “columnas”. Me colé de trampa a esa celda, los celadores me descubrieron y me sacaron a empujones después de amenazarme. Ahí me dieron mi primer ablandamiento para que entrara a la cárcel de Lecumberri como un cordero. Quien me amenazó era un expolicía judicial que estaba en la cárcel porque había matado a una persona de un golpe de karate en el cuello.

En Lecumberri dormí dieciocho días seguidos. Luego pedí que me llevaran a la enfermería porque me dolía muchísimo el pecho por el culatazo del oficial. Me dijeron que no tenía nada y les dije que me sacaran una radiografía, porque al respirar me dolía mucho. Me dijeron que yo no tenía nada y al final acabaron por confesarme que lo que no tenían ellos eran rayos X.

Poco después empezaron los juicios, los supuestos juicios. En realidad sólo fueron ratificaciones de cárcel. En mi declaración no había un solo agravante que justificara mi detención. Yo nunca acepté haber cometido el menor acto ilegal. Me acusaban de unos veinte delitos, cosas absurdas: homicidio, atentado a las vías públicas, robo, asociación delictuosa, uso de armas. En fin. Eran entre diez delitos comunes y diez delitos federales.

La ley dice que un juicio debe desarrollarse en un año de tiempo. Al año de estar en Lecumberri no habíamos ido a una sola audiencia con el juez. No hubo juicios; hubo actas y la acusación absurda del juez. La acusación se remontaba al 26 de julio, al inicio del movimiento, e incluía todo lo que había pasado hasta Tlatelolco. El juez nos acusaba por la muerte de dos soldados en Tlatelolco -al parecer murieron ocho en total-, y en los “juicios” también se nos adjudicaba la muerte de 38 personas en la Plaza de las Tres Culturas.

En Lecumberri comenzamos a recibir información de afuera. Por primera vez me formé una idea real de lo que había pasado. No había habido estudiantes con armas: eran los soldados y los efectivos del Batallón Olimpia, disfrazados de civiles. El primero que disparó fue un hombre muy alto, con una chamarra o una gabardina gris, al parecer miembro de la Dirección Federal de Seguridad; un tipo al que apodaban Junior y se apellidaba Yáñez.

El único estudiante armado fue Florencio López Osuna, que llevaba una pistola .25 ó .38, y no se pudo deshacer de ella. Ni siquiera la usó. Se entregó a los soldados, diciéndoles: “Yo vengo armado”, y con la misma pistola que entregó los soldados lo golpearon hasta medio matarlo. Ahora me cuenta Luis González de Alba que él también llevaba pistola y que logró deshacerse de ella antes de que lo aprehendieran. Pero la verdad es que la mayoría de los que estábamos ahí no íbamos armados, ni creo que haya habido un solo estudiante, por lo menos del nivel del CNH, que haya disparado contra el ejército.

En Lecumberri comenzamos a articularnos. Nos informamos en qué estado se encontraba el movimiento estudiantil y tratábamos de influirlo hacia afuera. La persecución había arreciado. Ese mismo mes de octubre habían matado al estudiante José Luis Sánchez cuando hacía una pinta. La policía apretaba en la calle, a las brigadas se les tendían cercos, en las escuelas se discutía si debía o no levantarse la huelga.

El movimiento empezó a dividirse. Los meses de octubre, noviembre y diciembre los sufrimos con la desesperación de ver cómo se desmoronaba el movimiento. Había intrigas, pleitos, descomposición. Los dos actos que intentó el CNH, uno en octubre y otro en noviembre, fueron catastróficos. La gente dejó de ir a los actos, a las asambleas, a las escuelas. Después del 2 de octubre, los miembros del CNH, de lo que quedaba del CNH, del modo más humillante propusieron al gobierno declarar una “tregua” durante las olimpíadas. Se preparaba, como llegó, un rendimiento vergonzoso e incondicional. Los meses que siguieron resultaron de mero tránsito. La posición de levantar la huelga triunfó finalmente el primero de diciembre en una votación. El día 4 de diciembre desapareció el CNH. Nuestros compañeros más cercanos comenzaron a quedarse solos. Arrinconados, durante 1969 y 1970 formaban el caldo de cultivo para el radicalismo y la guerrilla que siguieron después.

El mismo mes de octubre salió de la cárcel un grupo de presos. Nos sorprendió mucho ver entre ellos a Anselmo Muñoz, y nos sorprendió menos ver salir entre ellos a Ayax Segura, que ya estábamos convencidos de que era un policía. A los pocos meses Ayax Segura trabajaba abiertamente con la Dirección Federal de Seguridad.

En ese entonces yo tenía una especie de novia, hija de europeos, que me visitaba en la cárcel. Sufrí un golpe no tan demoledor visto desde ahora, pero un golpe al fin: como a los tres meses de estar en la cárcel, ella decidió no visitarme más. Había dos factores. Uno, su familia. Y dos, ella tenía una relación más formal con alguien que le ofrecía lo que yo no. Ahora bien, desde el movimiento estuvimos rodeados de muchachas. Ellas asociaban lo que uno proyectaba como orador en las asambleas, con cierta aura erótica. Cuando nos metieron a la cárcel algunas siguieron visitándonos en busca de alguna relación amorosa. Ahí me enamoré de una mujer bellísima, y tuve que cortar ese enamoramiento por mi situación de preso. De cualquier modo, la soledad es siempre algo más profundo, algo que no se supera con compañía.

En la cárcel organizamos cursos, lecturas, obras de teatro, incluso hicimos una pastorela que representamos ante las personas que iban a visitarnos. Formamos un coro dirigido por Luis González de Alba y Raúl Alvarez Garín. Cantábamos cosas como Greensleaves y aquella canción francesa, muy hermosa que dice: el placer de amor no dura sino un momento, y el dolor de amor dura toda la vida. En la cárcel, mediante un tocadiscos portátil, continué una afición que tenía desde tiempo atrás por la música clásica. El Búho y yo hicimos también un dueto: cantábamos muy mal las rancheras pero nos divertíamos muchísimo cantándolas.

Estuve en la cárcel de Lecumberri dos años y siete meses, del 11 de octubre de 1968 al 4 de mayo de 1971. México estaba ya bajo el gobierno de Luis Echeverría, y se hablaba de “apertura democrática”. Por el mes de marzo de 1971, la mamá de Raúl Alvarez Garín y otra señora fueron invitadas a conversar a la secretaría de Gobernación. Ahí el entonces secretario Mario Moya Palencia les dijo que había una oportunidad de que saliéramos. La condición, nos dijo la mamá de Raúl poco después de su entrevista, era que nos fuéramos al extranjero. De inmediato contestamos que no; a la semana contestamos que sí. Perú había ofrecido asilarnos.

El día de nuestra salida de Lecumberri se había corrido la voz entre los estudiantes y muchos de ellos estaban reunidos a las puertas de la cárcel. Nos sacaron por la puerta de atrás a Luis González de Alba, El Búho, Raúl Alvarez, Cabeza de Vaca, varios más. Nos subieron a un coche y nos llevaron al aeropuerto. Fue muy emocionante: el aeropuerto también estaba lleno de jóvenes esperándonos. Sin importarles que los policías estaban armados y los amagaban, se subían al coche en que íbamos para detenerlo. Por fin los policías nos bajaron del coche advirtiéndonos que debíamos ir directamente al avión.

Era la primera vez que yo viajaba en avión, y no fue un buen principio. En Perú la policía nos identificó y nos negó el asilo: nos confinaron en una casa del barrio rico de Miraflores en Lima. Al principio nos dejaban salir a la calle. En cuatro días nos detuvieron nuevamente, nos metieron en una celda y a la mañana siguiente nos largaron a Chile. En Chile estaba ya otro de los líderes, Roberto Escudero, que fue nuestro guía las primeras semanas en ese país.

Regresé a México y pasé aquí los siguientes cinco años. Me casé. Hice trabajo académico y me dediqué otra vez a la biología. Pero sobre todo retomé una de mis viejas obsesiones: la certeza de que la educación era el centro de todo. Conseguí una beca para ir a París a estudiar al respecto en La Sorbona.

En París quise escribir un libro sobre el 68 y puse a mi alrededor todo el material disponible. Pegué un tablero en una de las paredes del departamento: un eje de fechas, día por la del movimiento, cruzado por columnas que consignaban los hechos y los sucesos. No sirvió. No tenía el suficiente estado de ánimo para hacerlo. Y no podía hacerlo, precisamente, por falta de distancia a pesar del paso del tiempo: mi vida toda seguía alienada por la experiencia del 68. Después de esa experiencia mi vida no transcurría sin volver eventualmente a la angustia, el nerviosismo, la confusión respeto a mi propia persona. Perdí contacto con el mundo real y me ensimismé. Tenía un sentimiento de responsabilidad y culpa mezclado con un tinte megalomaniaco. Lo digo autocríticamente: yo llegué a sentirme responsable de los destinos del país; quería desesperadamente reparar al 68 y de paso a todo lo otro que estuviera, o hubiera estado mal, en México. Y era más desalentador porque ante tanta responsabilidad había tan pocas vías -políticas, sobre todo- para cumplirla. Durante muchos años vi al mundo como a través de un cristal opaco, un velo en los ojos, provisto por mi experiencia en el 68.

Con todo y velo, era imposible no disfrutar París. Dejé a un lado El Libro del 68 y escribí poemas, cuentos, deambulé, gocé muchísimo los cursos en La Sorbona. Pude, cómo decirlo, separarme un tiempo de mí mismo: de mi experiencia en el 68.

Una mañana en París se me recrudeció el dolor en el pecho que desde aquel culatazo un día de octubre, con intermitencias y gradaciones, me acompañaba regularmente. Fui a ver a un médico que me atendió con gran seriedad y me hizo varios estudios y análisis. Me dijo al fin que no iba a morirme de eso pero que mi esternón era un desastre: lo tenía desviado y el cartílago se había unido exóticamente a las costillas. De ahí el dolor. No había, sin embargo, nada qué hacer. De algún modo mi esternón se había adaptado a las circunstancias lo mejor posible. Me dijo entonces, no sé si por un golpe de intuición o a la luz de los análisis: “Esto a usted se lo hicieron”. Me lo habían hecho, en efecto. Pero yo estaba en París y no era el lugar adecuado para revivirlo, aunque la molestia en el pecho hiciera todo lo posible por recordármelo.