La herencia 2024.
Miserias del tapadismo a la intemperie

Hace casi un cuarto de siglo intenté descifrar el sistema sucesorio mexicano que funcionó entre 1964 y 1994, conocido a lo largo del tiempo con los motes de “tapadismo”, “dedazo” y el que yo mismo le puse: “la herencia”. Me basé en entrevistas con los cuatro expresidentes en vida en aquel momento —los vencedores— y en charlas con más de veinticinco protagonistas derrotados en las transferencias del poder de aquellos años —los vencidos—. No entré al detalle de la mecánica anterior (1940-1964), parecida a la que procuré dilucidar, pero no idéntica, porque apenas quedaban de ella testigos vivientes. Tampoco busqué una segunda versión sobre las sucesiones ulteriores. El expresidente Zedillo prefirió guardar para sus memorias, o para siempre, su relato de cómo fue “destapado” en 1994 y cómo “destapó” a Francisco Labastida en 1999. El hecho es que, a partir del año 2000, el sistema del “tapadismo”, “dedazo” o “herencia” dejó de existir como tal.

Resumo en un par de párrafos ese sistema, que rigió de 1940 a 1994. El presidente en funciones designaba a un sucesor, ya fuera por decisión o voluntad anticipada (escogiendo al que prefería), ya fuera por eliminación o descarte (escogiendo al que quedaba después de la batalla o al menos malo). El elegido era siempre el que el presidente escogía, pero lo seleccionaba entre los que podía, no únicamente entre los que quería. En los casos que investigué, Díaz Ordaz escogió a Luis Echeverría porque no le quedaba de otra(o); Echeverría a López Portillo porque fue el que siempre quiso y no se le cayó en el trayecto; JLP a Miguel de la Madrid, por descarte, porque era la mejor segunda opción, a falta de una primera en el gusto del presidente; De la Madrid a Carlos Salinas de Gortari también por decisión tomada desde un principio, y lo mismo Salinas a Colosio. Pero Colosio fue asesinado —el caso extremo de un candidato que se quedó en el camino— y Zedillo fue elegido entonces por eliminación, porque no quedaba otra opción viable en la emergencia. Zedillo designó a Labastida por descarte, en una primaria fabricada, debido a que la XIV Asamblea del PRI y los candados allí impuestos al presidente le impidieron inclinarse por quienes hubiera preferido, José Ángel Gurría (secretario de Hacienda) o Guillermo Ortiz (gobernador del Banco de México).

Una segunda tesis de aquel texto lejano en el tiempo y en mi memoria se refiere a las tensiones que el modelo siempre provocó. En realidad, las únicas sucesiones verdaderamente tersas fueron entre Adolfo Ruiz Cortines y López Mateos (1958), y entre éste y Díaz Ordaz (1964). Lázaro Cárdenas recurrió a un fraude electoral generalizado para imponer a Manuel Ávila Camacho contra Almazán en 1940; el poblano a su vez batalló con la disidencia de Ezequiel Padilla en 1946; y Miguel Alemán con la de su tocayo Enríquez Guzmán en 1952.

A partir de 1968, cada sucesión se complicó, y los costos del dispositivo se elevaron. El movimiento estudiantil de 1968 no fue el producto de una manipulación sucesoria, pero hubo una intriga sucesoria propiciada por Echeverría en contra de Alfonso Corona del Rosal. La devaluación de 1976 no provino de la sucesión de 1975, pero la obsesión echeverrista de que su candidato no devaluara la moneda retrasó y magnificó la inevitable medida. Ni qué decir de la crisis de 1982, en parte producto de la disimulación de las cifras del gabinete económico de López Portillo, en vista de que dos de sus integrantes —De la Madrid y David Ibarra— eran punteros en la contienda sucesoria. A la inversa, la devaluación propiciada por De la Madrid, responsable o irremediablemente, en octubre de 1987, contribuyó de manera decisiva a la debacle electoral de Salinas de Gortari en julio de 1988. Y mejor no hablamos de la hecatombe financiera y patrimonial de millones de mexicanos de 1994-1995, cuando Salinas postergó una imprescindible devaluación para que no perjudicara las perspectivas de triunfo de Zedillo, quien si no hubiera sido por la desaparición de Diego Fernández de Cevallos de los medios, posiblemente habría sido derrotado. En otras palabras, con un par de excepciones, nunca se produjo una sucesión indolora. La época de oro no fue dorada: fue de bronce o de latón. Y la célebre admonición de Fidel Velázquez —“El que se mueve no sale en la foto”— en realidad no se cumplió nunca. Todos se movían, pero de cierta manera. Lambisconeaban al presidente; padecían humillaciones autoinfligidas o impuestas; asestaban golpes bajos y patadas bajo la mesa y la cintura; engañaban con las cifras; seducían a las amantes, esposas e hijos o yernos de los presidentes; sobornaban a reporteros, columnistas y directores de medios, pero en las tinieblas, nada a cielo abierto.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

A partir del año 2000, todo cambia, y mucho se ha escrito al respecto. Primero, la elección constitucional se vuelve competitiva ya no sólo en los hechos (lo fue en 1988 y 1994), sino en la legalidad electoral. Segundo, aunque creo saber que Francisco Labastida pensó hasta un par de días antes de los comicios que ganaría por unos cinco puntos porcentuales, muchos entendieron que desde el primer debate entre los candidatos, la suerte estaba echada a favor de Vicente Fox. El candidato del mandatario saliente ya no la tenía ganada desde el saque. Más bien, perdió. Tercero, porque si bien hasta finales de mayo del 2000 Zedillo colocó a todo el aparato de Estado y a los medios masivos de comunicación subordinados al gobierno al servicio de Labastida (que no me vengan con el cuento de que fue neutral), al final, efectivamente, el gobierno se retiró de la contienda. Cuarto, todo se dio a la luz del día. Fox tomó por asalto al PAN; hubo una especie de primaria abierta dentro del PRI; Cuauhtémoc Cárdenas, por aclamación auténtica, fungió como el único aspirante verosímil de la izquierda.

Los casos siguientes, aunque fueron por completo diferentes, confirmaron estas cuatro transformaciones. Desde Salinas en 1994, sólo Fox logró transferirle el poder a un sucesor de su propio partido, aunque su candidato, obviamente, era Creel, no Calderón. Zedillo no pudo, Calderón no pudo, Peña Nieto no pudo. Otra cosa muy distinta es que hayan querido hacerlo. Fox sí hizo todo lo posible para ayudar a Calderón; este último se hizo tonto con Josefina Vázquez Mota frente a Peña Nieto en 2012, una vez que aquélla aplastara a su preferido, Ernesto Cordero; y, por supuesto, como ya lo ha confirmado Francisco Labastida: Peña pactó con López Obrador para impedir el triunfo de Ricardo Anaya, a cambio de una impunidad que ha perdurado hasta casi entrado el quinto año del sexenio. Una primera gran diferencia, entonces, de la mecánica entre 1940 y 1994, por un lado, y de la de 2000 y 2018, por el otro, es que el presidente ya no escoge al sucesor, aunque influye enormemente en su elección: o por resignación, como Zedillo, o por activismo, como Fox, o por desidia, como Calderón, o por cinismo frívolo, como Peña Nieto.

Ninguna de las cuatro elecciones posteriores a la de Fox estuvieron cantadas; todas fueron competitivas. Calderón venció a López Obrador en un pañuelo, y en buena lid dentro de la legalidad electoral (apenitas), a pesar de las denuncias pejistas de fraude. Peña Nieto les ganó a López Obrador y a Vázquez Mota por pocos puntos, y aunque parecía imbatible, en condiciones diferentes (por ejemplo, si López Obrador hubiera podido negociar con el SNTE, como de alguna manera lo hizo Calderón), otro gallo hubiera cantado y la lideresa magisterial, Elba Esther Gordillo, no hubiera ido a la cárcel. En el 2018, todavía en febrero, López Obrador acarreaba una ventaja de menos de diez puntos sobre Anaya. Sin la campaña del gobierno en su contra; sin el lastre de la candidatura de Meade por el PRI; y sin los errores más evidentes del Frente, la moneda hubiera permanecido en el aire.

Respecto al uso de los recursos del Estado para influir en la elección sucesoria de los presidentes, es innegable que Fox y Peña Nieto colocaron al Estado al servicio de la candidatura de su predilección (no necesariamente la deseada al inicio), pero dentro de ciertos límites importantes. Los medios masivos le confirieron a López Obrador en 2005-2006 una cobertura nunca vista para un opositor. Los tiempos oficiales, los debates y la pluralidad de la prensa y de la radio compensaron las inclinaciones y el favoritismo de las televisoras en 2012 y en 2018. Parejas, parejas, lo que se dice verdaderamente parejas, las contiendas no lo fueron. Pero verdaderamente parejas, sí, y no hay comparación con la época del partido único.

Finalmente, al terminar el “tapadismo” clásico, las contiendas internas se volvieron transparentes y sorprendieron a muchos. Calderón le ganó a Creel en el PAN y pasmó a Fox; el Tucom no pudo con Madrazo; Vázquez Mota venció a Cordero, a pesar de Calderón o por culpa de Calderón; Peña Nieto barrió con todos: ni Manlio Fabio Beltrones, con toda su destreza, le pudo hacer frente. En el caso de la izquierda, la cosa se tornó muy sencilla a partir de 2006. Como hubiera dicho Gary Lineker, se trataba de escaramuzas donde varones adultos perseguían fantasmas y, al final, siempre ganaba López Obrador. Todos se movían, como antes, y en todos los partidos pero ahora a la luz del día. El espectáculo no forzosamente agradaba, pero resultaba visible. Era The Making of the President, a la mexicana.

Para el 2024, la dinámica parece cambiar de nuevo en un intento probablemente fútil de regresar al pasado. Me limito en este texto a examinar el proceso sucesorio del oficialismo, en parte porque eso fue lo que se me solicitó, en parte porque es el que se asemeja más a los rituales del pasado, y en parte porque habrá tiempo más adelante para adentrarnos en las peripecias sucesorias en el seno de la oposición. Tampoco indago, por ahora, en las peculiaridades de esta sucesión comparada con todas las demás desde 1934, cuando Calles le entrega la estafeta a Lázaro Cárdenas. Hasta el 2018, la presidencia —es decir: la institución— le brindaba fuerza al presidente —el titular—. De 2018 en adelante, ha sido al revés: López Obrador le entrega parte de su fuerza social a una institución sanamente debilitada por la democratización del país. De allí la mayoría en ambas cámaras —por primera vez desde 1997— y la mayoría virtual en la Corte, y las veinte gubernaturas (por primera vez desde el 2000). Al irse López Obrador, supuestamente a su rancho, se va con su fuerza casi intacta, casi imposible de trasladar. Veremos cómo gobierna en esas condiciones, ya sea su heredera(o), ya sea la oposición. Huelga decir que el ejercicio a continuación no buscar prever, adivinar o vaticinar quién será el candidato o la candidata del régimen. Sólo se trata de describir lo que está aconteciendo hoy. Mañana puede suceder otra cosa, imprevista e imprevisible, pero explicable a partir de estas reflexiones.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Buena parte de las élites mexicanas, empezando por el empresariado y la comentocracia, creen que quien ocupe la candidatura de Morena será de manera inevitable el próximo presidente. Así, parecía quedar borrado el principio de incertidumbre que rigió las elecciones entre 2006 y 2018 (no precisamente el de Heisenberg), por lo menos en la percepción de la sociedad. Pero como también se ha eliminado el elemento impersonal de la designación de ese candidato teóricamente ganador de arranque, el proceso revierte a su carácter unipersonal: a quien López Obrador escoja va a ser el bueno en el bando oficialista. Todo el poder del Estado, incluyendo desde luego el partido de Estado, los medios masivos de comunicación, la Iglesia, el Ejército, etcétera, se vuelcan ya a favor del (de la) que creen o desean que vaya a llevarse el premio mayor. Como en la época del PRI, pueden equivocarse (recordemos el caso de Moya Palencia en 1975-76), pero no por falta de convicción o de criterio analítico. Le apuestan a quien presumen que cuenta con la gracia del titular del “dedazo”.

Pero reembobinar el reloj no es tan fácil. Lo que antes debían ser rounds de sombra entre contrincantes enmascarados, ahora se convierten de modo ineluctable en combates a plena luz. Siempre se conocieron los nombres de los contendientes (o por lo menos desde 1969-70). Al igual que ahora, el propio presidente, directamente o a través de una fuente inconfundible, los divulgaba. Ahora los difunde una y otra vez el presidente, y no deja de hablar de ellos, los pastorea, los regaña, los humilla, los apapacha, los alienta, en la mañanera o en las giras de fin de semana (el resto del tiempo, López Obrador igual no trabaja). También los desprecia en público, llamándolos corcholatas, tapones de botellas que él “destapará” y quedarán inservibles después de abrirse. Pero el escenario ha cambiado mucho para esas prácticas. A diferencia de lo que pasaba en la “herencia” clásica, hoy los descontones en la prensa, las filtraciones, las provocaciones, las encuestas cuchareadas y los escándalos sustituyen a las primarias, a los debates, al trabajo de campaña. Tiene razón el presidente, ya no hay “tapados”, pero sí hay “dedazo”: el suyo.

López Obrador decide quién compite por el oficialismo y quién no. De modo que no existe la posibilidad de que un Calderón le arrebate la candidatura del PAN a un Creel, a pesar de Fox, o de que una Vázquez Mota se la quite a un Cordero. Ricardo Monreal quiere ser candidato de Morena, pero López Obrador decidió que no. Por lo tanto, no lo será; de la misma manera que Miguel de la Madrid resolvió que Porfirio Muñoz Ledo no figurara entre los aspirantes en 1987. Monreal puede hacer lo que Muñoz Ledo: romper con su partido y recorrer otra ruta. Pero no puede rebelarse dentro del partido y triunfar. Los suspirantes son designados por el presidente. Si no les parece, tienen que partir.

Las estrategias de los rivales se determinan en función de estos nuevos (viejos) criterios. Marcelo Ebrard asume las consecuencias de saberse lejano al corazón del líder. Busca la opción del descarte. Al igual que Echeverría o De la Madrid, sólo puede llegar si se cae otro: Corona del Rosal para el primero; Díaz Serrano o Ibarra para el segundo. El único sendero para el canciller reside en la caída de Claudia Sheinbaum y, en su caso, de Adán Augusto López. Pero para remplazarlos, debe sobrevivir. De allí el ejército de sapos que ha debido tragar, las recurrentes humillaciones que ha debido padecer, la cantidad de osos que ha cometido. Apuesta asimismo a construir apoyos a su candidatura en caso de la caída de la jefa de Gobierno: con empresarios, con Estados Unidos, con los medios de comunicación, con otros partidos. Trata de hacer creer —y no es tan difícil, entre élites tan incrédulas— que puede ser el candidato de todos: del PAN, de Movimiento Ciudadano, del Verde, además de Morena. Una especie de Meade reloaded: recuerdo cuando un nutrido grupo de ingenuos se imaginó en 2017 que éste podía ser el candidato del PRI porque lo designaría Peña Nieto, y del PAN porque había pertenecido al gabinete de Calderón. Terminó siendo el abanderado de medio PRI, de Calderón y de Margarita Zavala, y de nadie más.

Ebrard puede apostar también a un derrumbe de Sheinbaum diferente a los que se producían antes, a saber: que no levante en las encuestas y que su triunfo en la elección constitucional parezca cada vez más remoto. He allí un desafío arriesgado, porque nada hace suponer que Ebrard sea mejor candidato, como tal, que ella. Más aún, si Sheinbaum se ve tiesa y poco carismática, Ebrard es un robot de Corea del Norte. Otros han ganado con atributos semejantes, pero no se antoja fácil.

Como ya no es posible esconder lo que ocurre, las humillaciones colectivas e individuales se trasminan a la opinión pública. Cada vergüenza de política exterior que provoca López Obrador, Ebrard la asume. Cada vez que lo sientan lejos del jefe, Ebrard apechuga. Cada nuevo encargo —después de las pipas, las vacunas, las negociaciones con las empresas eléctricas extranjeras, etcétera— que AMLO le endilga, lo asimila (unos con éxito; otros no). Para ganar por descarte, tiene plena conciencia de las condiciones de su sobrevivencia: ser “the last man standing”. Cuando ya no permanezca nadie, estaría él, con un bemol y un asterisco. El bemol: puede llegar tan lacerado, humillado, maltratado y herido que la candidatura que obtenga ya no valga gran cosa. Antes todo se padecía en silencio y sin reflectores; ahora las penas propias y ajenas se viven a la luz del sol. El asterisco: hay aspirantes que nunca estuvieron en el ánimo del “destapador”, por más que ellos pensaran lo contrario, y que se les transmitiera otra impresión. Camacho nunca fue un pretendiente verosímil, ni siquiera por descarte. La prueba: cuando se “cae” trágicamente Colosio, Salinas nunca piensa en Camacho. Prefirió hasta a Zedillo, probablemente para su desgracia.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Pero no se sufren sólo los estragos de los caprichos de López Obrador. Ebrard y Sheinbaum también pueden y deben seguir el guion de antes en cuanto a la destrucción del adversario. Con las reglas nuevas —de 2000 a 2018— no era necesario destruir al contrincante; bastaba con ganarle. Pero en una competencia por definición irreal y desleal, con las viejas reglas renovadas, es preciso aniquilar al rival si se puede. Hay que golpearlo en la prensa, entre las élites y sobre todo a ojos del mandamás, para que “se caiga” o deje de figurar como una alternativa. Ebrard se convirtió desde hace años en especialista en estos menesteres, gracias a la escuela de Manuel Camacho, su mentor eterno. Recuérdese la manifestación orquestada por él e inspirada por Camacho frente a las oficinas de Colosio en la avenida Observatorio, hace ya casi 35 años.

Claudia Sheinbaum sólo puede ganar por decisión inicial de López Obrador: la hija que siempre quiso y que nunca tuvo, y que ha sido la elegida desde el principio. Es como López Portillo, Salinas o Colosio: la preferida. Su tarea consiste en no caerse, en defenderse de los golpes —bajos, altos e intermedios— de Ebrard y evitar cualquier tropiezo que obligue a López Obrador a descartarla. Sin embargo, los tropiezos no residen únicamente en sus propios errores o los golpes asestados por los rivales; incluyen los de la fatalidad. La tragedia de la Línea 12 en mayo de 2021 constituyó un ejemplo al respecto.

Por los peritajes ya revelados y por la actitud de la jefa de Gobierno ante ellos, sabemos que sí tuvo responsabilidad en el “accidente”. Es evidente, asimismo, que el reportaje de The New York Times sobre las causas recibió información de su oficina: no se necesita ser Freud para entender que si su primera reacción consistió en decir: “Yo no fui la que filtró todo” es porque sí filtró mucho. Más aún, es difícil negar que López Obrador adelantó la sucesión de manera inesperada y heterodoxa para protegerla. Ebrard hubiera hecho su agosto con los informes que finalmente surgieron sobre la falta de mantenimiento. Pero ante todo, la tragedia sirvió para exhibir los riesgos de la posición que ocupa Sheinbaum. El único regente o jefe de Gobierno en haber llegado a la Presidencia ha sido, justamente, López Obrador, y sólo doce años después de dejar el cargo. Ni Casas Alemán ni Uruchurtu ni Corona del Rosal ni Hank González ni Ramón Aguirre ni Manuel Camacho ni Cuauhtémoc Cárdenas lo lograron. Todos lo intentaron. Es un puesto de alto peligro. Otro accidente del metro o un terremoto mal atendido o una inundación no resuelta o escándalos de corrupción o sexuales (ver el caso del secretario de Desarrollo Urbano y Vivienda, acusado de ser un depredador sexual, apenas en junio), y la niña de los ojos presidenciales se cae irremediablemente. Para defenderla, debió balconearla y generar la sospecha de que cualquier desgracia representaría en realidad el ataque de un contrario, probablemente Ebrard. No arriesgaría mucho quien lo creyera. Por todo ello, no me sorprendería si pronto López Obrador decide sacar a Sheinbaum del Ayuntamiento y la coloca en un sitio menos vulnerable y donde, a pesar de las leyes que prohíben precampañas, pueda desenvolverse sin tanto peligro.

Pero en el nuevo (viejo) tablero, Sheinbaum porta otro lastre. Los candidatos a recibir la herencia fueron seleccionados siempre por su lealtad, y en menor medida por la continuidad del proyecto y la competencia personal. A la titular de la Jefatura de Gobierno difícilmente se le permite presumir pericia en el cargo (sus índices de popularidad y sus resultados electorales son mediocres). Su compromiso con un proyecto en realidad inexistente (¿qué es la Cuarta Transformación?) equivale en el fondo a su grado de lealtad. No se puede estar convencida de algo que no existe. Por lo tanto, si Ebrard traga sapos, Sheinbaum exuda zalamas (de salam aleichum, en árabe y hebreo). Se ve obligada a refrendar cotidianamente su fidelidad a la persona del jefe supremo, mimetizándose al máximo, tanto en su comportamiento (huipiles, etcétera) como en sus declaraciones (sobre mil y un temas, muchos ajenos a su función) como en sus actos (haciendo campaña en Aguascalientes, por ejemplo). Y debe callar al máximo cualquier creencia que desentone: feminismo, sensatez, amor a su alma mater, a los estudios en el extranjero, a la moderación o prudencia frente a las proclamas histéricas de su jefe (¡al carajo todo!).

Comportarse así a plena luz trae riesgos. De por sí, Sheinbaum es vista —con razón, creo yo— como el ala izquierda de Morena, como el rostro más radical de AMLO, como la versión extremista de la Cuarta Transformación. Sostener su lealtad a ese perfil contra viento y marea le puede garantizar la candidatura, pero arriesgar la victoria en la elección constitucional. Ya perdió a las clases medias del Valle de México; a Morena también la desertaron las de Guadalajara, Monterrey, León y Mérida, y el fanatismo sectario que deberá esgrimir de aquí al 2024 puede hundirla. Pero ni modo: es el precio de la fama.

Sólo por no dejar, conviene sugerir que la opción de Adán Augusto es muy parecida a la de Ebrard. Sus posibilidades dependen por completo del fracaso de Sheinbaum, y aunque su lealtad con AMLO se encuentra por encima de toda sospecha, debe refrendarla de vez en cuando. Su perfil electoral es aún más frágil que el de la jefa de Gobierno y sus supuestas habilidades negociadoras o de “oficio político” no sirven de mucho en las colonias de clase media de las grandes urbes. Además de la lealtad a toda prueba, alberga una ventaja sobre Ebrard como candidato de descarte. A pesar de la negra bitácora del canciller en materia de juego sucio, desde Gobernación es más fácil contribuir a o precipitar la caída de la jefa de Gobierno que desde Relaciones Exteriores. No obstante, existe el riesgo de volverse desleal al pegarle a la candidata del jefe. Probablemente la estrategia del titular de Bucareli resida más bien en portarse bien y esperar que la naturaleza, la cancillería o el destino tumben a Sheinbaum. Es una apuesta de escasas perspectivas, pero también de bajo costo: la estrategia Volaris. El del descarte, en esta perspectiva, sería él, y no Ebrard, como no lo fue Camacho.

Más allá de todas estas vicisitudes del nuevo “dedazo”, la gran novedad de esta mecánica yace en su alta dosis de futilidad. Los dos o tres o cuatro contendientes atraviesan un extenso pantano de trampas, vergüenzas, cicatrices y moretones para llegar a una ribera… que no asegura nada. Cualquiera de ellos deberá luego ganar una elección y para ello se verá obligada(o) no sólo a vencer a la oposición, sino a desviar o a contrarrestar los golpes de sus excompañeros ardidos y derrotados. En efecto, ésta es una constante del sistema sucesorio tradicional, del cual el 2024 forma parte, con sus actualizaciones. Los que pierden, se resienten. Rara vez rompen: sólo Padilla, Enríquez Guzmán y Cárdenas. Pero los que no se escinden, conspiran, hacen pucheros y complotan: García Paniagua en 1982, Bartlett en 1988, Camacho en 1994, Madrazo en 2000. Sus travesuras pueden resultar demoledoras, como lo atestigua la candidatura de Cárdenas en 1988, tolerada por Bartlett, o la “campaña contra la campaña”, de triste fama de Manuel Camacho en 1994.

Personas cercanas a Ebrard aseguran que no apoyará a Claudia Sheinbaum si ella es la elegida. Monreal da a entender que si el método de selección se plasma en encuestas, no respaldará a quien gane. Ilusos tontos útiles en muchas latitudes políticas esperan de y exhortan a Ebrard y a Monreal a romper y figurar como candidatos de Movimiento Ciudadano, de la Alianza o del Partido Verde. Es altamente improbable que se compruebe cualquiera de dichas hipótesis, pero es muy posible que incurran en la sacrosanta práctica de los brazos caídos: “Háganle como puedan con su candidatita”.

Si ésta sale inerme de la jauría, andrajosa pero aniquilada, todavía tendrá que franquear el obstáculo que representará su rival en la elección constitucional. Y al igual que en todos los países con regímenes presidenciales y algún dispositivo —oficial, formal, legal o de facto, mágico o cavernícola— para escoger candidatos, deberán cargar con el peso de todo lo que sus rivales iniciales susurraron o gritaron a propósito de ellos. Como con los tres dictámenes de la Fiscalía de Ciudad de México o con el fallo de la empresa noruega, Ebrard insinuará o lo cantará a los cuatro vientos: “La culpa de la tragedia de la Línea 12 es de Sheinbaum”. Lo retomará el candidato de la Alianza o de MC o de ambos.

El mecanismo hereditario a la romana funcionó en México sin grandes calamidades entre 1946 y 1964. En la sucesión de Díaz Ordaz a Echeverría, se atravesó el movimiento estudiantil de 1968 y a su vez éste fue alimentado por el proceso sucesorio. De allí en adelante, el mecanismo dejó de asegurar transferencias del poder indoloras y tersas. Las crisis financieras del fin de sexenio de 1976, 1982, 1987 y 1994 lo ilustran con claridad. A partir del 2000, y hasta el 2018, México procuró construir un mecanismo alternativo, más transparente, democrático, competitivo y vacunado contra desplomes económicos. Al parecer, no lo logramos. El de 2024, por lo menos en lo que al nuevo partido de Estado se refiere, no reviste ninguna de esas características. Al contrario: si se ve acompañado por una elección de Estado, implicará una involución de tres décadas o más. ¿Por qué una elección de Estado? Es claro: no vale la pena pasar por todas las tribulaciones que he tratado de describir para luego perder. El dedazo es demasiado importante para dejárselo a los votantes.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente

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Publicado en: 2022 Julio, Ensayo