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Adolfo Gilly. Ensayista. Pronto aparecerá su libro La utopía cardenista.

Si una diferencia entre tantas otras puede asegurarse con aquel lejano año y con las cuentas que dejó pendientes, es que lo que entonces fue una carga ingenua y poderosa de esperanza, ahora arriesga ser una carga no menos fuerte de rencor y de rabia. Adolfo Gilly

Cuando un régimen político se sobrevive largamente a sí mismo, termina por tomar formas grotescas, llámense Luis XVI, Leonid Brezhnev o Anastasio Somoza. Esta sensación de irrealidad me envolvió cuando, con mi credencial de elector en la mano, percibí materialmente, como tantos otros, lo que todos vivimos: los ciudadanos del estado de México fueron llamados a votar por el señor cuya firma en la credencial, como presidente del Instituto Federal Electoral, atestigua la validez del documento y da fe de la imparcialidad del IFE. “Voten por mí”, parece decir cada credencial, además de todas las bardas, postes, televisiones, radioemisoras, periódicos, plásticos, piedras y demás espacios libres del estado. Una, digo solo una, elección limpia y transparente no hemos tenido en estos cinco años en todos los lugares donde el PRI-Estado las ha preparado y controlado.

El muestrario de lo grotesco, nunca escaso en el sexenio, ha ido creciendo con el paso de los años y los meses y con las transformaciones democráticas que, desde abajo, en desorden, por su propia voluntad e iniciativa y acicateada por los cambios en la economía y en el mundo que nos rodea, vive la sociedad mexicana. Desde el súbito descubrimiento en pocos días de que docenas y docenas de altos y medios jefes policiacos estaban metidos hasta el cuello en los narcóticos y otros tráficos (¿y entonces en qué manos estaba nuestra seguridad los cinco años anteriores del sexenio?) hasta la “restauración” del quinismo sin la Quina con Carlos Romero Deschamps para terminar de desintegrar al ya desarticulado sindicato petrolero, ese muestrario finisecular muestra los tonos inconfundibles de los ocasos.

Así enfila el régimen mexicano de partido de Estado hacia 1994, cuando se han derrumbado sus semejantes en el Este europeo y han entrado en agonía, cada uno en sus formas específicas, sus similares de Italia y Japón, todos envueltos en el halo de la corrupción y de las mafias de las finanzas.

Impulsados por 12 crisis mundial y por la intervención directa del Estado, los cambios económicos han acelerado la obsolescencia y la rigidez de las articulaciones políticas del régimen, incapaz de seguir el paso a la flexibilización y desmasificación de las relaciones sociales y al afirmarse contradictorio de la individualidad de cada mexicana y cada mexicano. Tampoco las formas partidarias han podido adecuarse a estos procesos y todas ellas sin excepción -tanto el PRI y sus criaturas como el PAN y el PRD- retrasan sobre los cambios de la sociedad. Es más que explicable que ésta considere a esas formaciones con evidente desapego.

Los profundos cambios de la década de los años ochenta en la economía y en las relaciones sociales en el mundo y en el país han desestructurado en México los fundamentos históricos de la corporativización de la política, sin sustituirlos por nada diferente porque esta sustitución no es una función de la economía sino de la política. Pero la maquinaria, como un desierto parque de diversiones, gira en el vacío con todas las luces encendidas y una desafinada música melancólica.

No parece razonable creer que Solidaridad y la ingeniería electoral pueden remediar ese deterioro en una elección nacional. Nadie en su buen juicio niega la función cumplida por Solidaridad para evitar explosiones y paliar los estragos sociales de la política económica. Pero si Solidaridad posterga la reacción (sobre todo a falta de alternativas creíbles), difícilmente puede cambiar o alterar la maduración del juicio que espera la ocasión propicia para manifestarse. Solidaridad no pasa de ser la forma seminstitucional y decaída del viejo clientelismo corporativo.

Lo mismo puede decirse de la ingeniería electoral en comparación con el viejo y buen fraude descarado. Esa ingeniería tiene sus límites: no es sensato creer que, por refinada que esté, puede funcionar indefinidamente todo el tiempo y en todo el espacio nacional. Si esas manipulaciones bastaran para contener la reacción de un pueblo cuando siente llegado el momento y abiertas otras posibilidades, todavía estarían en pie el muro de Berlín y los regímenes de Europa del Este con sus resultados electorales contundentes e inobjetables. La ingeniería electoral sirve para mucho y puede falsear muchos resultados. No puede contener la movilización de una nación si ésta se presenta en la ocasión de una elección que a sus ojos aparece como decisiva.

Solidaridad e ingeniería electoral son formas refinadas y decadentes de viejas artes que ya han sido sobrepasadas en las conciencias, aunque no todavía en la realidad cotidiana, por la maduración de la sociedad mexicana. Si esta maduración alcanza en 1994 a tomar expresión política organizada -y esto depende, ante todo, de la capacidad misma de los políticos- ambas formas y otros artilugios se verán desbordados y sus jefes y operadores divididos y paralizados.

La índole social del neoliberalismo económico -elitista, excluyente, fragmentadora, desestructurante- signa desde un principio su fracaso universal en renovar la política al paso con que la crisis ha cambiado economía y sociedades. Esta postergada renovación de la política afecta en México tanto a Salinas y al PRI como al PAN y al PRD, entrampados todos, bajo formas diversas, en prácticas y costumbres que la sociedad considera con distancia y desconfianza. La ley que convierte a los partidos en “instituciones de interés público” y regula sus registros y financiamientos no perdona a nadie cuando se aplica dentro de un régimen de partido de Estado. La pureza, que no es virtud de este mundo, lo es mucho menos de los regímenes en vías de extinción.

Pero ya no estamos en julio de 1988 y mucho hemos vivido y hemos visto en estos cinco años. Si una diferencia entre tantas otras puede asegurarse con aquel lejano año y con las cuentas que dejó pendientes, es que lo que entonces fue una carga ingenua y poderosa de esperanza, ahora arriesga ser una carga no menos fuerte de rencor y de rabia, de esas que en México se esconden largamente bajo la impasible máscara de la deferencia (¿pero qué son Solidaridad y el paternalismo de la voz y del lenguaje televisivo de Carlos Salinas de Gortari sino la organización masificada de la deferencia?).

Los países cambian en las formas que conocen. No es en México la construcción paciente de partidos con arraigo en la sociedad, aunque no sea ésta tarea descuidable ni despreciable. Es, si la gente juzga la ocasión propicia, el desafío vasconcelista. Contra ese tipo de desafíos el régimen se defendió furiosamente en 1929 y en 1952, como lo atestiguaron los muertos vasconcelistas y henriquistas. Contra un desafío similar, no de un candidato sino de la juventud y de la sociedad urbana, respondió hace un cuarto de siglo con la matanza de Tlatelolco y sus tres a cuatro centenas de muertos.

De esta herida del 2 de octubre que, como la de Chinameca, parte en dos la historia mexicana, el régimen no ha podido recuperarse. No ha cambiado su índole ni sus métodos: las dos centenas y algo más de muertos del PRD en estos cinco años lo atestiguan. Pero el sistema no soporta ya una plaza de Tienanmen como pudieron hacerlo los chinos, porque su Tienanmen ya lo tuvo en 1968.

Sería preferible en 1994 -más aún: sería indispensable- una elección limpia, pacífica, civilizada como en tantos países del mundo donde todos aceptan los resultados la noche misma de los comicios. Por desgracia, no van en ese sentido las señales que manda el gobierno. Sin embargo elecciones, limpias o sucias, todo indica que las habrá el 21 de agosto de 1994. La ingeniería electoral con todos sus subterfugios no podría tapar los resultados reales si éstos llegaran a encarnar, el día de los comicios y después, en un pueblo movilizado y organizado como no lo estaba seis años antes. Uno de los nocivos efectos de Solidaridad, el fraude y la ingeniería electoral es que exacerban el paternalismo de quienes los practican. Los conducen, no a ignorar, pero sí a subestimar y menospreciar las señales y los indicios que, incesantes, emite con cautela y con decoro la nación de los defraudados, los humillados y los olvidados.

Cada país sale del régimen de partido de Estado (o similares) con los métodos que su historia y su experiencia le permiten. Pero en todo los casos, hay dos rasgos comunes detectables: el hartazgo de la sociedad con un régimen junto a la presencia de una alternativa visible, creíble y razonable. El primero puede haber llegado a maduración en este México de los años noventa. El segundo debe madurar todavía, bajo las formas inéditas que estos años piden. Sería ilusorio decir que ya lo está: mejor detectar los desmentidos que la sociedad manda todos los días, antes que acunarse en que nada pasó desde 1988.

Un inteligente funcionario de la embajada de Estados Unidos me dijo en un desayuno, allá por 1991, que a su juicio la elección de 1988 había sido “una primaria en el interior del PRI”. La definición era precisa. Si en cambio en 1994 se presentan maduros aquellos dos rasgos complementarios, hartazgo y alternativa, la elección será algo totalmente diferente y a la vez único: un referéndum nacional sobre el destino del país y su régimen político.

En 1988 Cuauhtémoc Cárdenas era el candidato de la Corriente Democrática, apenas desgajada del PRI, apoyado por partidos casi desconocidos y muy tardíamente por la izquierda. Esa era la imagen que configuró la “primaria”. Cinco años han pasado y su figura en todas las conciencias está claramente delimitada del régimen, incluso por la hostilidad implacable que éste le ha manifestado. Aparece, de lejos, como el posible candidato opositor con más estatura, credibilidad y visibilidad ante el país.

En 1994, si Cárdenas se presenta como el abanderado de un amplio arco de fuerzas democráticas que ofrezcan una alternativa creíble e inteligente, puede volver a suscitar y a convocar, en condiciones totalmente distintas a las de 1988, un movimiento de la sociedad y de la opinión que decida votar por la apertura democrática de la política, por la recuperación del deterioro social y productivo, por la honestidad y la transparencia en los asuntos públicos y por la modernidad de la soberanía dentro de las necesarias integraciones regionales en un mundo de economía globalizada. 

Sí o no, por la continuidad del régimen o por su reemplazo, son preguntas típicas de un referéndum. No faltarán almas sencillas que digan que esto significa plantear el todo o nada. Ni modo, es propio de esas almas proyectar sobre otros sus visiones sencillas del mundo y de la inteligencia: todo lo que no sea presionar al PRI para que cambie se les aparece como un prolegómeno del apocalipsis.

En el estado actual de las cosas mexicanas, incluso quienes voten por el sistema lo harán esperando que cambie, como el sistema promete. Quienes voten en contra, lo harán para alcanzar un cambio, pero un cambio en la paz y en la estabilidad que saque al país de la decadencia de este sistema y de las conmociones de sus crisis. Serán, verosímilmente, un sí condicionado y un no condicionado, es decir, la apertura de una transición política.

Si un no, es decir, un voto mayoritario por la oposición, abre esa transición, es obvio que se tratará de una ruptura. Pero una ruptura democrática, al contrario de una revolucionaria, requiere por fuerza negociar o pactar con la otra parte la transición después de que ésta fue abierta en los hechos por la ruptura. Los tan mentados partidarios del todo o nada son quienes niegan esta necesidad.

Por el contrario, quienes se ilusionan en cambiar al régimen gradualmente son los que igualan ruptura democrática con caos y régimen con estabilidad. No se dan cuenta de que la decadencia del régimen político (caso Posadas y ansiedad indisimulada por el TLC, entre otros síntomas igualmente clamorosos) puede invertir esos términos y hacer que su sobrevivencia más allá de los límites admitidos por el mundo de hoy sea una promesa segura de final sorpresivo, sin alternativa y en desorden. Tampoco los regímenes, como los seres humanos así sean tan longevos como don Porfirio, pueden violentar por siempre y sin castigo la naturaleza perecedera de las cosas. La ingeniería electoral y el fraude tienen los mismos límites que las indefinidas reelecciones o que el lifting para esconder el paso de los años: todo se cae después, y de repente.

La elección de 1994, en tales condiciones, dirá un sí o un no a la prolongación del régimen del PRI. Esto se llama un referéndum.