En mi niñez había un tipo especial de calendarios de pared que rememoro cada año en los meses de invierno. Los recuerdo tal como uno recuerda los abetos navideños y las abuelas, los libros ilustrados y los caramelos, o a todas aquellas personas y cosas que tenían luz, dulzura y calidez, y parecían sumergidas en una tumba de cristal, aún visibles pero ya muertas: reliquias de la santa infancia. Aquellos calendarios de pared consistían en un gran fajo de días nuevos, radiantes y negros y rojos, sobre los que se extendía —como si se tratara de un telón— una lámina colorida que mostraba ya fuera una rama llena de cerezas rojas o un manojo de violetas; en cualquier caso, mostraba siempre una promesa floreciente para el nuevo año todavía por abrir.
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