“A mí lo que me da miedo es que pase tanto tiempo que cuando encuentre a mi hijo ya no lo pueda reconocer. Por eso me urge encontrarlo antes de que ya no pueda identificar su ropa y sus huesos. Yo no quiero una prueba de ADN, yo necesito verlo con mis ojos”. Eso me explicó una integrante de Madres Buscadoras de Sonora que desde hace más de un año busca a su hijo desaparecido en Nogales. Parece tratarse de un sentimiento generalizado: mucho más que la experiencia traumática de reconocer a un ser querido en un conjunto de restos deteriorados y maltratados, lo que aterra es la idea de tener que conformarse con la vaga certeza que ofrece una prueba de ADN. Para el duelo es esencial tener la experiencia de una identificación carnal.
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