Pocas veces como ahora la coyuntura favorece a las oposiciones, pero sólo si reconocen la situación de emergencia que ha creado el aluvión de iniciativas presidenciales; el objetivo de una de ellas es suprimir la representación de las minorías. Hacerlo, permitiría al lopezobradorismo fincar en el Poder Legislativo la supuesta unanimidad que presume, y hacer realidad el sueño del autócrata: una sociedad organizada en torno a las verdades del líder, uniforme, sin disensos ni diferencias políticas, que se deja instruir mansamente. Esta propuesta tiene implicaciones muy graves para nuestra apaleada democracia porque pone en juego el respeto a ideas e intereses que difieren de los que se atribuyen a las mayorías y que el líder dice encarnar. De votarse, la diferencia política podrá ser ignorada, será ilegítima, subversiva y, en el peor de los casos, traición a la patria. No hemos llegado a ese punto, pero ésa es la meta, está escrito en la pared. El presidente López Obrador lo ha dicho de mil maneras: “Quien no está conmigo, está contra mí”; y quien está contra él es enemigo del Estado.
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