Las tramas de la historia mexicana parecen diseñadas en términos de blanco y negro. No hay tonalidades, se imponen los extremos, no hay modo de escapar de la fórmula rudos vs técnicos, héroes y villanos. Las tramas de la historia mexicana no conocen el equilibrio, van por todo o nada. Buscando la desacralización de los héroes y la desatanización de los villanos, Nexos ofrece quince retratos en carne y hueso de otros tantos personajes consagrados por la historia patria. De Cuauhtémoc a Calles, el lector encontrará aquí lo opuesto a los cuentos de ogros y de hadas. Por ejemplo: a Hidalgo preocupado por asuntos de dinero, a Morelos dejando hijos por todos lados, a Juárez eternizándose en el poder, a Villa sediento de sangre y a Carranza levantando los cimientos del México postrevolucionario. Estos quince retratos dejan constancia de un hecho ineludible: México tiene la tarea de cambiar el cuento por la historia con rigor profesional.


El culto a Cuauhtémoc se inició en el siglo XIX. Y aunque hoy su lugar en el panteón de héroes nacionales sea indisputable, no siempre ocupó un sitio tan distinguido. Para algunos su predecesor, Cuitláhuac, había sido tan valiente como el desafortunado rey azteca que sufrió martirio a manos de Cortés. Cuitláhuac fue el primer gobernante azteca que de manera decidida enfrentó a los españoles, hasta entonces indebidamente consecuentados por el débil Moctezuma. Su estratagema de acorralar a los conquistadores en Tenochtitlan para combatirlos dentro de la ciudad le ganó rápidamente una reputación militar. Cuitláhuac, sin embargo, no tenía el atractivo de ser mártir. Cayó, al poco tiempo de su hazaña, víctima de la viruela que los europeos trajeron al Nuevo Mundo. Cuauhtémoc, en cambio, había resistido heroicamente el sitio de Tenochtitlan y en más de una ocasión puso a Cortés en aprietos. Sin embargo, como el pueblo azteca en su conjunto, fue derrotado finalmente por los españoles. Por eso Cuauhtémoc sería la imagen en espejo de Cortés, el pérfido, audaz y victorioso capitán invasor, el “gran forajido” en palabras de Guillermo Prieto. En contraste, el rey azteca era valiente, noble y perdedor. La épica del héroe derrotado —a la que pertenecen Hidalgo, Villa y Zapata entre otros— tiene su inicio en Cuauhtémoc. Para un país cuyo fantasma histórico es la invasión y la conquista a manos de potencias extranjeras, Cuauhtémoc simboliza la lucha heroica del alma nacional amenazada por el invasor, usualmente superior en número, tecnología, astucia o decisión. Así, la derrota de Cuauhtémoc es canónica, pues ensalza la resistencia como virtud moral.

No es extraño en absoluto que haya sido el siglo XIX, ese siglo traumático, marcado por la derrota, ante los norteamericanos primero y los franceses después, el que entronizara a Cuauhtémoc. Los liberales mexicanos eran, paradójicamente, los triunfadores de un país derrotado. Hombres como Prieto encontraron en el rey azteca un ejemplo edificante para la imaginación nacional. En efecto, como afirma Josefina Vázquez, “el primer triunfo de los liberales con la revolución de Ayutla significó la consagración ‘oficial’ de los insurgentes y la apertura del camino hacia la glorificación del pasado indígena y la negación de la conquista”.1 El liberalismo “triunfante” avanzaría en ese proceso. Hidalgo, Morelos y Juárez eran ya parte del panteón. Ante la disyuntiva de elegir un héroe azteca, los liberales de la penúltima década del siglo XIX optaron entre Cuauhtémoc y Cuitláhuac por el más derrotado de ambos. Como se ha dicho, Cuitláhuac, en estricto sentido, no había sido vencido por el acero español, sino por un arma biológica involuntaria. Así, el monumento a Cuauhtémoc se erigió en 1887.

Cuauhtémoc también cumplió en la imaginación nacional una peculiar función terapéutica. Su momento de apogeo simbólico ocurrió durante los años treinta, en el cardenismo, cuando se desarrolló en México un indigenismo político estridente. (No es, por supuesto, una casualidad que el hijo del presidente Lázaro Cárdenas fuera bautizado con el nombre Cuauhtémoc.) Sin embargo, esta visión indigenista no era original; provenía de los liberales decimonónicos como Prieto. Los afanes conciliadores en el campo de la historia patria, como los de Justo Sierra, no habían logrado erradicarlo por completo. Uno pensaría que el culto a Cuauhtémoc implicaba una exaltación simbólica de los indígenas vivos, de carne y hueso, así como de sus culturas. No era así. Muchos intelectuales indigenistas todavía creían que los indígenas debían ser hispanizados y asimilados al grupo dominante, el mestizo. Otros creían que la hispanización había sido superficial y que el indio debía desarrollar su personalidad e integrarse desde su propia cultura. Sin embargo, como señala Vázquez, “en lo que todos estaban de acuerdo es que los indios se encontraban en la abyección y que había que rescatarlos. Las misiones culturales, en pláticas semanarias, tenían que despertar su sentimiento patriótico, mediante relatos biográficos de personajes históricos, en especial indígenas, que pudieran darle motivos de orgullo racial y confianza en el porvenir”. El héroe ideal para desempeñar esta función era Cuauhtémoc. A los indios, que habían “degenerado” con el paso del tiempo, había que mostrarles lo que “podían ser” a través de ejemplos edificantes del pasado. Los esplendores de sus antiguas culturas podían resurgir de las cenizas de la Conquista. Para que los indios se emanciparan económicamente había que insistir en el patriotismo de Cuauhtémoc, Cuitláhuac y Xiconténcatl.

La Secretaría de Educación pensaba que “cuando el indio vea y comprenda todo esto que ignora en lo absoluto, desaparecerán su preconcebida insignificancia y su característica autohumillación”.2 De esta forma se continuaba el patrón en el cual se ensalzaba a Cuauhtémoc, pero se despreciaba a sus descendientes vivos. En los años veinte se pensaba que no se debía enseñar a los indios la explotación de la Colonia, para no despertar su odio: “cuando ya hayamos redimido económicamente y políticamente al indio, éste podrá perdonar los mayores pecados de que nos acusa la historia”.3 Mientras tanto, y como afirmaba un autor del periodo, Cuauhtémoc podía ser considerado como “el último gran azteca que borraba las crueldades y errores de su raza y la dignificaba para siempre”. Dos sentimientos inspiraban esta visión: paternalismo y culpa. Ninguno dio muchos frutos.

Cuauhtémoc se convirtió en una pieza central de un nacionalismo oficial, revolucionario, xenófobo, indigenista, optimista y populista. Por su parte, los autores católicos, hispanizantes y conservadores no aceptaban el panteón de héroes consagrados por la Revolución. Para Vasconcelos, Cuauhtémoc era sólo un mito inventado por los historiadores extranjeros y protestantes. A tal grado se centró el conflicto ideológico en los héroes que el supuesto descubrimiento de los restos del último emperador azteca causó un enorme revuelo. En efecto, el 26 de septiembre de 1949 Eulalia Guzmán adujo haber hecho tal descubrimiento en Ichcateopan, Guerrero. Una comisión de expertos nombrada para examinar el hallazgo concluyó, después de haber examinado los restos y artefactos encontrados, que no se trataba de Cuauhtémoc. El fallo despertó tal encono que tuvo que nombrarse a otra comisión. Para que no quedara duda de que los integrantes eran todos fervientes patriotas, el primer acto de la nueva comisión fue rendir homenaje a la memoria de Cuauhtémoc ante el monumento del Paseo de la Reforma. Los integrantes debían, en un acto de malabarismo simbólico, reconciliar el mito y la verdad. En el homenaje declararon: “Consideramos que la personalidad histórica de Cuauhtémoc es uno de los temas que aquí no están a discusión. Estamos convencidos de que para un héroe de la magnitud de Cuauhtémoc, y para una veneración como la que el pueblo de México tiene hacia su figura, sólo la verdad será digno tributo”.4 Tal vez, pero muchos no quedaron satisfechos con el dictamen de la comisión que era idéntico al de la primera. Algunos periódicos pidieron que los integrantes fueran fusilados por la espalda como traidores. Por su parte, y aunque se trataba de un fraude monumental la comisión intentó apaciguar a sus críticos haciendo algunas pequeñas concesiones simbólicas. “No queremos”, declararon. “que pase inadvertido el hecho de que el hallazgo de Ichcateopan y el fervor patriótico de los habitantes de aquel lugar ha tenido la virtud de avivar la veneración del héroe; por tal razón. Ichcateopan merece que se levante dentro de sus límites un monumento al último Emperador Mexica”.5 Ese sería, sin lugar a dudas, un monumento al Mito.

 

José Antonio Aguilar Rivera


1 Josefina Vázquez, Nacionalismo y educación en México. El Colegio de México. México, 1975.

2 Secretaría de Educación, El libro y el pueblo IV (1925, p. 16), citado por Josefina Vázquez.

3 Ibid.

4 Reproducido en Josefina Vázquez, Nacionalismo y educación, 247.

5 Ibid., p. 248.