Alan Lightman. Astrofísico y director del programa de estudios literarios y humanistas del MIT. Es autor de varios libros, entre ellos, Ancient Light y Time for the Stars.

Este texto es parte de Einstein’s Dreams, que consiste en treinta tramas sobre el tiempo, presentadas como si fueran sueños de Einstein; tienen lugar en Berna, Suiza, entre el 14 de abril de 1905 y el 28 de junio del mismo año, periodo en que Einstein vivió en Berna y trabajó para la oficina suiza de patentes. El 29 de junio de 1905 Einstein concluyó su nueva teoría del tiempo.

16 DE ABRIL 1905

En este mundo, el tiempo es como una corriente de agua, desplazada alguna que otra vez por un pequeño escombro, por una brisa pasajera. De vez en cuando, alguna alteración cósmica desvía un riachuelo de tiempo de la corriente principal, para conectarlo corriente arriba. Cuando esto sucede, pájaros, suelo y personas capturadas en el riachuelo afluente de pronto son transportadas al pasado.

Las personas que han sido transportadas hacia atrás en el tiempo son fáciles de identificar. Visten ropas oscuras y borrosas, caminan de puntillas y tratan de no hacer ningún ruido, de no pisar ni una sola hoja de hierba. Porque temen que cualquier cambio que produzcan en el pasado tenga consecuencias drásticas en el futuro.

Por ejemplo, precisamente ahora, una de esas personas está agazapada en la oscuridad en Kramgasse 19. Un extraño lugar para un viajero del futuro, pero la mujer está ahí. Los transeúntes pasan, fijan la vista en ella y siguen su camino. Ella está acurrucada en un rincón, después cruza la calle a rastras y a toda prisa y se agazapa en otro lugar oscuro en el 22. Está aterrada de levantar polvo justo cuando Peter Klausen va camino al boticario en Spitalgasse esta tarde del 16 de abril de 1905. Klausen tiene algo de dandy y detesta que le ensucien la ropa. Cuando el polvo desaliña su vestimenta, se detiene y la cepilla con esmero, sin preocuparse de las citas que le esperan. Si Klausen se retrasa lo suficiente, puede que no compre el ungüento para su esposa, que hace semanas que se queja de dolores en la pierna. En este caso, la esposa de Klausen, de mal humor, tal vez decida no hacer el viaje al Lago Ginebra. Y si no va al Lago Ginebra el 2 de junio de 1905, no se encontrará con Catherine d’Epinay caminando por el muelle de la orilla este y no presentará a la señorita d’Epinay a su hijo Richard. A su vez, Richard y Catherine no se casarán el 17 de diciembre de 1908 y no darán a luz a Fredrich el 8 de julio de 1912. Fredrich Klausen no será padre de Hans Klausen el 22 de agosto de 1938, y sin Hans Klausen la Unión Europea de 1979 nunca tendrá lugar.

La mujer procedente del futuro, introducida sin previo aviso en este tiempo y este lugar y que ahora trata de ser invisible en un lugar oscuro de Kramgasse 22, conoce la historia de Klausen y otras mil historias a la espera de salir a la luz que dependen de nacimientos de niños, del movimiento de la gente en la calle, del canto de los pájaros en ciertos momentos, de la posición precisa de sillas, del viento. Ella se acurruca en las sombras y no devuelve las miradas de la gente. Se acurruca y espera que la corriente de tiempo la regrese a su propio tiempo.

Cuando un viajero procedente del futuro tiene que hablar, no pronuncia sino que gimotea. Susurra sonidos atormentados. Sufre angustia. Porque si altera mínimamente algo, puede destruir el futuro. A la vez, está obligado a presenciar sucesos sin formar parte de ellos, sin cambiarlos. Envidia a la gente que vive en su propio tiempo, que puede actuar a voluntad, sin pensar en el pasado e ignorando los efectos de sus actos. Pero él no puede actuar. El es un gas inerte, un fantasma, una sábana sin alma. Perdió su individualidad. Es un exilado del tiempo.

Esas personas desdichadas procedentes del futuro se encuentran en todos los pueblos y todas las ciudades, escondidas bajo los aleros de las casas, en los sótanos, debajo de los puentes, en terrenos baldíos. No se les pregunta sobre lo que va a suceder, sobre los futuros casamientos, nacimientos, finanzas, inventos, ganancias que se obtendrán. Se las deja solas y se las compadece.

22 DE MAYO, 1905

Amanecer. Una bruma salmonada flota en toda la ciudad, transportada por el murmullo del río. El sol espera tras Nydegg Bridge, lanza sus largas púas rojizas por Kramgasse hasta el reloj gigante que mide el tiempo, ilumina el lado de abajo de los balcones. Los sonidos de la mañana vagan a la deriva por las calles como aromas de pan. Un niño despierta y llora, clamando por su madre. Un toldo de lona rechina quedo cuando el sombrerero llega a su tienda en Marktgasse. Un motor plañe en el río. Dos mujeres hablan suavemente bajo una arcada.

A medida que la ciudad se funde en la bruma y la noche, se contempla un extraño panorama. Aquí, un viejo puente a medio terminar. Allá, una casa que ha sido arrancada de sus cimientos. Acullá, una calle se desvía hacia el este sin ninguna razón manifiesta. Allí, un banco colocado en medio del mercado de verduras. Los vitrales de la parte baja de St. Vincent muestran temas religiosos, los de la parte de arriba cambian abruptamente a un paisaje de los Alpes en primavera. Un hombre camina con brío hacia el Bundeshaus, de pronto se detiene, grita, da la vuelta y corre en dirección opuesta.

Es un mundo de planes cambiados, de oportunidades repentinas, de visiones inesperadas. En este mundo, el tiempo no transcurre parejo sino a intervalos y, en consecuencia, las personas tienen vislumbres intermitentes del futuro.

Cuando una madre tiene una visión repentina de dónde vivirá su hijo, traslada su casa para estar cerca de él. Cuando un constructor ve el lugar del comercio en el futuro, desvía el camino que construye en esa dirección. Cuando una niña se vislumbra por un instante como una florista, decide que no va a ir a la universidad. Cuando un muchacho vislumbra a la mujer que desposará, se queda a la espera de ella. Cuando un abogado se avista con la indumentaria de un juez en Zurich, abandona su trabajo en Berna. Porque ¿qué sentido tiene continuar el presente cuando se ha visto el futuro?

Para los que tuvieron su visión, este es un mundo de éxito garantizado. Pocos proyectos se inician que no promuevan una carrera. Pocos viajes se emprenden que no conduzcan a la ciudad del destino. Pocos amigos se conocen que no seguirán siéndolo en el futuro. Pocas pasiones se desperdician.

Para los que no tuvieron la visión de ellos mismos, este es un mundo de suspenso inactivo. ¿Cómo se puede inscribir uno en la universidad sin saber su propia ocupación en el futuro? ¿Cómo se puede abrir una botica en Marktgasse cuando a una tienda así le iría mucho mejor en Spitalgasse? ¿Cómo se puede hacer el amor a un hombre cuando puede que no sea fiel? Esas personas duermen la mayor parte del día y esperan su visión.

Así pues, en este mundo de breves escenas del futuro, se corren pocos riesgos. Los que han visto el futuro no necesitan correr riesgos, y los que todavía no han visto el futuro esperan su visión sin correr riesgos.

Algunos de los que presenciaron el futuro hacen todo lo posible por refutarlo. Un hombre se va a cuidar el jardín del museo en Neuchatel después de haberse visto como abogado en Lucerna. Un joven se embarca en un viaje de navegación a vela con su padre después de tener la visión de que éste morirá pronto de un mal al corazón. Una muchacha se permite enamorarse de un hombre aun cuando ha visto que se casará con otro. Esas personas están en sus balcones al anochecer y gritan que se puede cambiar el futuro, que son posibles miles de futuros. Con el tiempo, el jardinero de Neuchatel se cansa de su bajo salario y se transforma en un abogado en Lucerna. El padre muere de su enfermedad cardiaca y su hijo se odia por no haberlo obligado a quedarse en cama. La muchacha es abandonada por su amante y se casa con un hombre que la dejará tener a solas su dolor. ¿A quién le va mejor en este mundo de tiempo intermitente? ¿A los que han visto el futuro y viven sólo una vida? ¿O a los que no han visto el futuro y esperan vivir la vida? ¿O a los que niegan el futuro y viven dos vidas?

Traducción de Isabel Vericat

Harper’s

 

Un comentario en “Los sueños de Einstein

  1. Uno de mis libros favoritos aunque pareciera que no es famoso o muy conocido. Fascinantes los mundos construidos a partir de diversas percepciones o vivencias del tiempo. Me recuerda Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino.