A unos pasos de la catedral de Palermo está el museo de historia local Beati Paoli. Hay también una plaza y una calle dedicadas a los Beati Paoli, y las guías turísticas sugieren visitar la gruta en que se reunían.
El reconocimiento municipal es un poco extraño, porque era una organización secreta que juzgaba, sentenciaba y castigaba al margen de la ley. Según la tradición, era una secta justiciera que se dedicaba a proteger a los débiles y castigar a los poderosos. En sus cartas sobre Sicilia, de 1835, Gabriele Quattromani decía que los Beati Paoli, profundamente religiosos, se reunían en un subterráneo oculto bajo la iglesia de San Giovanni alla Guilla, y decía que su propósito era “castigar a los culpables que las leyes o el favor dejaban impunes”. El folclorista Salvatore Salomone Marino, a fines del diecinueve, los situaba en una cueva bajo una casa en la calle Beati Paoli, y decía que para pasar inadvertidos vestían el hábito de la orden de san Francisco de Paula.
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