La inteligencia es el verdadero protagonista en las novelas de enigma clásicas, sugiere Ricardo Piglia en una entrevista. En esas historias, el detective, alguien como Auguste Dupin en los cuentos de Allan Poe o Lönnrot en “La muerte y la brújula” de Borges, es ante todo un aficionado que no realiza su trabajo a cambio de un sueldo, sino por el simple placer que le produce poner a prueba sus capacidades analíticas. Los crímenes que se presentan tampoco están motivados por el interés económico, y esa gratuidad los hace tanto más enigmáticos y difíciles de resolver. La fantasía de una inteligencia casi sobrenatural, al servicio de la ley e inmune a la corrupción, cumple la función de proteger el dulce mundo burgués que retratan estas historias.
En cambio, continúa Piglia, en las novelas policiacas de la serie negra que se popularizaron en los años treinta en Estados Unidos, el protagonista es el dinero. Ahí nace la figura del detective privado que hace su trabajo a cambio de una paga y que para dilucidar un crimen se sirve más de la experiencia y los sentidos que de la deducción analítica.
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