Anduve huyendo casi dos años, escondida entre dos árboles, bajo las sábanas, dentro de mis cuatro paredes. Hasta que de tanto no salir a buscarlo, el covid entró a la casa y se instaló a sus anchas en mi persona.
Llegó del colegio con las palabras al aire de los niños. Yo, como si siguieran protegidos por la inercia de las vacaciones, me senté junto a ellos, en la mesa bajita donde ponen las fichas de sus legos, a mirarlos armar lo indescifrable. Durante más de tres horas llovieron sobre mí no sé cuántas decenas, miles o millones de bolitas con picos. En la tarde tuve frío, al día siguiente melancolía y, al siguiente, la llovizna de una gripa que para el anochecer amenazaba con volverse tormenta.
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