El gobierno persiste en sus reuniones diarias abocadas a la seguridad, a las que llegan todos bien temprano, bien peinados y acicalados, como niños yendo a la primaria. Pero aunque se hayan ganado su estrellita en la frente por madrugadores, el gobierno sigue, también, sin encontrar una estrategia viable para controlar la explosión de violencia que asola al país. Su política “echaleganista” se ha granjeado alguna buena voluntad, porque el chipichipi constante de nuestras pequeñas y medianas atrocidades ha agotado no sólo a los medios, que no se dan abasto para darles cobertura o seguimiento, sino que ha atrofiado las glándulas de la indignación colectiva. La asistencia del gabinete y del presidente a las reuniones diarias no conlleva a la pacificación del país, pero sí contribuye a la pacificación de las conciencias.
Y así hemos llegado a lo que es, hoy por hoy, una semana normal. Una semana como la última del pasado enero. Veamos en qué consiste la normalidad, en materia de “seguridad”.
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