Líneas compuestas en conmemoración del bicentenario del nacimiento de Mozart, 1956, para ser pronunciadas por el cantante que desempeña el papel de Sarastro.


Relax, Maestro, deja en reposo la batuta:

Sólo podrán ceñir el entrecejo

Los anticuados más añejos

Si al tribunal del Príncipe haces un prólogo

A fin de que Sarastro diga este metálogo,

Una forma a nosotros es aceptable, si bien

Menospreciada por Aristóteles o Boileau.

Al público moderno no le parece incorrección

Ya que se espera alguna interrupción

Desde que el nuevo dios, el locutor a sueldo, se levantó

Con prosa semejante a la de Ossian

A distraer a los amantes, detener la orquesta,

Vocear un patrocinador o elogiar una marca.

No es que yo tenga un producto por mostrar,

Que usted pueda vestir, beber o usar en la cocina;

No es posible acaparar ni desechar

A una obra de arte:

Vengo a cantar mas no a vender a Mozart

Quien despertó a este mundo de infortunio y guerra

Hace hoy dos siglos en Salzburgo

Cuando los reyes eran muchos, las máquinas escasas

Y el ateísmo declarado algo novedoso.

(Hace falta un resentido neoyorquino sin sirvienta,

Para pensar que el Genio puro debía estar a la espera

De algún simple arzobispo de cabeza descubierta:

Pero Mozart nunca debió tender su cama.)

La historia de la Música y del Hombre

No girará al revés; ningún oído puede revivir

Lo que escucharon, cuando reinaba el archiduque

Francis,

Oídos que en su cofre contenían

Ya una Flauta, mas no un Anillo todavía;

Cada era tiene su propio modo de escuchar.

En el tiempo de nuestros padres -sabemos- Mozart

Fue alegre, rococó, dulce, nunca sublime:

Como un vienés a la italiana; eso ha cambiado

Desde que los críticos musicales

Aprendieron a sentirse “extrañados”;

Ahora lo clasifican entre los alemanes,

Un Geist, compositor de música a partir de su Angst,

Y goza, en festivales internacionales,

De idéntico prestigio

Que los apóstoles duodecafónicos;

Venerador de lo adorable y lo suntuoso

Aun los Divertimenti que él escribió

Para tocar mientras se descorchaban botellas,

Su Majestad masticaba, ruidoso

Y la Señora platicaba,

Se escuchan bajo un silencio pomposo,

La partitura en el regazo,

Como cuartetos del más sordo de los necios.

¿Y luego? Tampoco puede uno imaginarse

En salas de conciertos, de aquí a doscientos años

Cuando las olas del sonido mozartiano

Muevan el aire y los expertos se conmuevan

En vez de aventurarse a predecir

Qué tan alto afinará la orquesta,

Y cuántos tonos una línea habrá de construir,

El tiempo en que los pies disciplinados

Habrán de desplazarse por la Luna,

La forma de la suite para piano

En la era post-atómica

Moldeada por el contemporáneo Cage.

Un compositor de ópera puede enfadarse

Del último atentado en agravio de su texto.

Incluso el colegial Macaulay sabe hoy en día

Lo que Margaret Mead o Robert Graves dirían

Sobre esta pieza y el estatus de los sexos,

Escrita en esa época de bárbara oscuridad,

Entre Mamá-Modernidad y el matriarcado

De la Edad de Bronce. ¿Dónde quedaron

Los ancestros romanos y su credo?

“Ah”, suspira el señor Mitty, “¿dónde en verdad?”

Y mira de reojo a su rotunda esposa

Que en el ceño fruncido y la mandíbula tensa

Expresa su desprecio y total abominación

Del ideal romano de mujer y educación.

En mil novecientos cincuenta y seis

Hallamos a la Reina, un sacerdote

De altos honorarios y máxima efectividad

(Sabemos que él dirige el colegio en realidad);

Sarastro, tolerado por sus conocimientos,

Enseña Historia del Mito en la Antigüedad

Por Bryn Mawr, Vassar, Smith o Bennington;

Pamina bien sería reportera del Time,

A fin de que Tamino obtenga el doctorado

Y adquiera la sabiduría viril que ha deseado,

Mientras lava los platos y cambia los pañales;

La dulce Papagena, cuando le queda tiempo

Oye las óperas de Mozart en el viento

Aunque nos da tristeza sentir que Papageno

Prefiere la rocola al órgano de campanas,

¿Y cómo es -fue fácil en el pasado-

Que un democrático villano

Era asignado a su papel?

Monostatos debe lograr su malsana impresión

Sin acudir a raza, religión ni profesión.

Es firme una obra que perdura doscientos años

Y la ópera, lo sabe Dios, tendrá que resistir bastante:

De la grandeza abusan las pequeñas

Vanidades. ¿Qué no resistiría?

La Diva: florituras y notas culminantes

Que el pobre y viejo autor nunca escribió,

El conductor X, ese pelmazo sobrevalorado

Que altera el tiempo y mutila partituras.

El director Y, que con su ingenio y su finura

Lanza al abismo a sus cantantes desdichados

En tanto que los bailarines hacen mímica

Y el Diseñador Z todo el asunto ubica

En trasatlántico, donde las chicas usan shorts,

Los hombres gorras de navegación;

Pero el genio triunfa sobre cualquier percance,

Supera obstáculos de mucho mayor alcance,

Traducciones en ópera extranjera

(Sopranos inglesas condenadas a languidecer

Pues los tenores deben esconder su padecer).

Alivia al franco, estimula al griego:

El genio se sobrepone a todo -incluso al chic.

Nosotros, que nada sabemos -y da lo mismo

Del futuro, podemos vaticinar al menos

Entre vivir en cubos de nylon voladores,

El matrimonio en grupo o la comida en sondas,

Que dentro de dos siglos, multitudes

(Sus absurdos peinados, sus vestidos ridículos)

Se reunirán y pagarán dinero al uso,

Por más raro que éste sea, para escuchar salir

El retumbar de la voz de Sarastro,

Los más avezados aprobarán si es puro

Ese contralto de la Reina de la Noche en Fa

Y una criatura mísera del Bronx asombrará

En Park Avenue, al conocer todas las notas.

Qué propio, así, conmemorar el nacimiento

De alguien que no hizo daño a nuestra pobre Tierra,

Creador de obras maestras por docenas,

Gozaba con su prima del humor de tocador

Y tuvo un funeral lluvioso de indigente,

Alguien como no volveremos a ver.

Y qué propio, también, perdonar, deberíamos

Cual Mozart, en caso de vivir, sin duda haría.

Recordar gratamente la sombra de Salieri,

Acusado de un criinen, sus obras sin oírse;

Y al cantar a los muertos no debemos olvidar

Que aún tenemos a Stravinsky -bendito sea-.

¡Basta! Maestro: ¡haga tocar a sus adeptos!

Para que cada corazón, como en este final.

Logre el coronamiento del amor y la razón,

El triunfo de su justo predominio.

(Versión libre de Roberto Diego Ortega)