Cuando nací, mis padres pensaron que quizá yo podría llegar a ser escritor. Sería bueno, entonces, que no todo el mundo notase que era judío. Por eso me dieron dos nombres más —poco comunes— aparte del propio. No quiero revelarlos. Es suficiente con que los padres hayan logrado ver tan lejos hace cuarenta años; lo que consideraban lejano, ya está aquí. Sólo que sus precauciones —con las que hubieran querido hacer frente al destino— las anuló aquel mismo a quien pretendían proteger. En lugar de hacer públicos en sus escritos estos dos nombres propios, él los guardó para sí, los vigiló como sólo vigilaban los judíos el nombre secreto que le dieron a cada uno de sus hijos, y ellos llegaban a saber su nombre hasta el día en que se convertían en varones. Sin embargo, acaso porque esto puede ocurrir más de una vez en la vida, acaso porque no todo nombre secreto permanece siempre igual a sí mismo, su transformación —la del nombre— puede revelarse cada vez que uno se convierte en varón. Por eso, no es un nombre que contiene en sí y convoca todas las fuerzas de la vida, y nos protege de lo innombrable. Tampoco este nombre enriquece a quien lo lleva, mucho le quita, sobre todo la capacidad de ser el que antes era En la habitación que tuve la última vez en Berlín, antes de que apareciera iluminado y protegido con el antiguo nombre, el nuevo ángel me dejó su imagen más clara.

Cuenta la Kábala que Dios crea a cada instante una multitud de ángeles, cuyo efímero destino es cantar alabanzas frente a su trono antes de disolverse en la nada. Mi ángel fue interrumpido mientras cumplía con su tarea, en sus rasgos nada había semejante a los del hombre. Por lo demás, me permitó distraerlo de su obra, aprovechó la circunstancia de que nací bajo el signo de Saturno —el planeta con el movimiento de traslación más lento, la estrella de la indecisión y del retraso— y envió su forma femenina a la masculina por la vía más larga y misteriosa, aunque ambas habían convivido juntas. Acaso el ángel no supo que con eso aumentó mi fuerza pues nada es capaz de vencer a mi paciencia. Su aleteo se asemeja al del ángel, pocos impulsos son suficientes para dejarla inmóvil ante aquellos que están decididos a esperarla.

Sin embargo, el ángel se parece a todo lo que he perdido: hombres y cosas; el ángel habita en las cosas que ya no tengo, las hace transparentes, y detrás de cada una se me aparece él, para quien estaban pensadas. Por eso nadie es más generoso que yo.

Ella aprende del ángel el modo como incorpora a su pareja en la mirada y cómo, al mismo tiempo, rechazarla con impulsos y de modo inevitable. El emprende entonces la huida hacia un futuro del que ha sido expulsado, y nada nuevo espera de ella, como no sea su mirada que va quedando a sus espaldas. Y así, apenas te vi por primera vez, te llevé hacia el pasado de donde yo venía.

Traducción de José María Pérez Gay