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En este ensayo, Javier García-Galiano rastreó las pistas que entretejen, como en una trama de espías, la vida de Leo Katz, padre de Friedrich, y el exilio durante la guerra en México. Un viaje literario que desemboca, de nuevo, en Villa y la Revolución.

El 3 de junio de 1911, el Kölnische Zeitung publicó una noticia fechada en Hamburgo el día anterior, en la cual se informaba que “conforme a un telegrama recibido por la línea naviera Hamburgo-América, el 31 de mayo el otrora presidente Díaz abordó en Veracruz el vapor Ypiranga. En su compañía se encuentran su señora, su hijo con su familia, así como algunos señores de su escolta, en total 22 personas. Las tropas le hicieron honores militares y el pueblo le tributó aclamaciones entusiastas. El Ypiranga abandonó Veracruz el 1.° de junio. Posiblemente el presidente Díaz se dirigirá al puerto del Havre”. En Muertes históricas, Martín Luis Guzmán recreó el “tránsito sereno” de ese “anciano que llevaba el bastón no para apoyarse, sino para aparecer más erguido”, el cual sobrellevó un exilio apacible, alimentando la nostalgia por Oaxaca, interesándose en la Gran Guerra como un acontecimiento militar, “y esto en sus fases de carácter técnico”, escribiendo cartas, viendo crecer a sus nietos, convencido de que “será un buen mexicano quienquiera que logre la prosperidad y la paz de México. Pero el peligro está en el yanqui, que nos acecha”.

Ilustración: Alberto Caudillo

Mucho tiempo después, en 1964, en Berlín Oriental —en una pequeña edición de 500 ejemplares porque su autor se había negado a incluir una cita del líder de Alemania Democrática Walter Ulbricht— se publicaba una tesis posdoctoral: Alemania, Díaz y la Revolución mexicana de Friedrich Katz, que sería el origen de un libro fascinante: La guerra secreta en México. Katz nació en Viena en 1927 y había tenido que abandonar Berlín en 1933, cuando Adolf Hitler llegó al poder, comenzando un exilio muy distinto al de Porfirio Díaz; huyendo en busca de refugio, viviendo amenazado, sabiéndose perseguido. Según recuerda Héctor Orestes Aguilar en Un disparo en la niebla, su padre, Leo Katz, había sido “un tenaz estudioso del Talmud y de la historia de la Edad Media europea, redactor de las versiones alemana y austriaca de Bandera roja (el periódico del Partido Comunista) y traficante de armas para la causa de la República Española; además de artículos políticos, había publicado, en alemán y yiddish, relatos satíricos”. John H. Coatsworth refiere que los Katz huyeron primero a París, y que fueron expulsados de Francia por las actividades antifascistas del padre. Tuvieron una breve estancia en Nueva York con visa de turista porque el gobierno estadunidense solía negar asilo a refugiados de los países fascistas de Europa. Finalmente, en 1940, se establecieron en México, cuyo gobierno, encabezado por el general Lázaro Cárdenas, era, de alguna manera, consecuencia de la revolución que había derrocado a Porfirio Díaz, y que más tarde sería estudiada con devoción por Friedrich Katz.

En El desfile del amor, Sergio Pitol ha rememorado el México de entonces, donde convivían las ambiguas simpatías de los mexicanos con el rey Carol de Rumania, que solía ir a bailar a los mejores cabarets de la ciudad, los refugiados españoles y los antiguos residentes, que apoyaban a Francisco Franco, los judíos centroeuropeos, que trataban de escapar del terror del Tercer Reich, y, al terminar la guerra, algunos nazis prófugos.

Leo Katz fue uno de los fundadores de la revista Das Freie Deutschland, en la cual colaboraban Heinrich y Thomas Mann, Lion Feuchtwanger, Bruno Frank, Anna Seghers, Egon Erwin Kisch, Bodo Uhse, Paul Mayer, Paul Westheim y Margarita Nelken, y a partir de 1944 se convirtió en el administrador de Tribuna israelita. Participó también en la creación de la editorial El Libro Libre, donde publicó su novela El cazador de muertos y terminó de escribir Pueblos en llamas, que fue descubierta en su legado por Konstantin Kaiser y publicada en Viena en 1992 por Verlag für Gesellschaftskritik. Escribió, además, importantes ensayos históricos.

Su hijo Friedrich, que había hecho la primaria en París, estudió en el Liceo Franco-Mexicano. Después de graduarse, se inscribió en el Wagner College, en Staten Island, hizo un posgrado en el Instituto Nacional de Antropología e Historia y se doctoró en la Universidad de Viena y en la Universidad Humboldt de Berlín Oriental. Su errancia no sólo lo ha llevado a distintos países —actualmente es Morton D. Hull Distinguished Profesor de historia latinoamericana en la Universidad de Chicago—, sino que desde pequeño se ha acostumbrado a pensar en distintos idiomas: alemán, francés, español, inglés, lo cual quizás ha colaborado a lo que Coatsworth considera “su contribución más importante y permanente a la historia e historiografía de México”: la fuerza de su insistencia en que “la historia de México no puede ser entendida si se aísla del resto del mundo”.

También Pancho Villa tuvo una vida errante. Cambió de nombre y poco se sabe de sus hechos fugitivos. En las noticias del Kölnische Zeitung recopiladas por Jesús Monjarás-Ruiz en Los primeros días de la Revolución. Testimonios periodísticos alemanes, se llega a transcribir su nombre como “el general Viljoen” y a llamársele “cabecilla boer”. Hollywood quiso convertirlo en un pintoresco bandido justiciero, la imaginería popular hizo de él un mito, la literatura creó distintos personajes de ese mito, los historiadores no han desdeñado las anécdotas que componen a esos personajes y en Austria se convirtió en un símbolo. Friedrich Katz ha referido que el antiguo ministro austriaco Bruno Kreisky le confesó que Pancho Villa había desempeñado un importante papel en Austria, “¿Austria? ¿Pancho Villa?”, preguntó Katz extrañado. “‘Sí’, contestó Kreisky, ‘eso fue después del 12 de febrero de 1934, cuando el partido socialista se volvió ilegal, cuando fueron prohibidos todos los partidos democráticos y se introdujo la censura en Austria: ya no podía leerse a Marx, los textos revolucionarios estaban prohibidos, el partido socialdemócrata y todos los escritos de los socialistas estaban prohibidos. En ese momento, en 1935, fue exhibida en Viena una película, ¡Viva Villa! Quienes la vieron saben que presentaba muchos problemas en lo que a la veracidad del contenido se refiere y que Villa no era como ahí se le representaba. Sin embargo, era una película en que constantemente se hablaba de justicia, revolución y, asimismo, de democracia’. A Kreisky, que entonces dirigía las juventudes socialistas de Viena, le señalaron que era una película que podía resultar útil para una manifestación por la paz. Entonces, un gran número de jóvenes socialistas se reunieron en el cine Kreuz de Viena. Cuando comenzó la película y se veía a Villa luchar contra la tiranía y contra Porfirio Díaz, se escucharon voces, ‘¡Viva Schusnigg!’, ‘¡Viva la democracia!’ ‘¡Legalización del Partido Socialdemócrata Austríaco!’”.

Quizá durante su errancia por ciudades, países, idiomas, archivos y universidades, Friedrich Katz ha descubierto que la historia puede ser también un terruño (Heimat) y que, así como la historia de un país no puede ser entendida si se le aísla del mundo, los hechos que conforman la vida de un hombre son a veces el relato de la historia de un pueblo. Al escribir la biografía de Pancho Villa, Katz ha hecho la historia de una época en el estado de Chihuahua y la de la Revolución en el norte de México. Sin desdeñar las leyendas, las crónicas contradictorias, los juicios cotidianos, las anécdotas reales y ficticias, los documentos, las cartas y los diarios, ha representado a muchos de los Villas posibles para poder retratar al íntimo, contribuyendo, de alguna manera, a terminar con su errancia mitológica.

 

Javier García-Galiano