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El siguiente es un pasaje de la novela Fantasmas en el balcón (Random House, 2021), que narra las peripecias de los hijos de una casa de huéspedes de los años sesenta en la ciudad de México. Los tiempos que corren son anteriores al gran Terremoto: no el del 57 ni el del 85; ni siquiera una sacudida telúrica alguna, sino como dice el autor omnisciente del relato “el terremoto demorado y súbito que consiste en despertar un día con la iluminación primera de que la vida se ha ido y no volverá”.


La luz del sol les pegaba sin misericordia en la mollera y ellos sabían que olían mal y que sus zapatos olían mal y que no tenían a dónde ir ni dónde estar, sino en la cuneta de aquella carretera de dos carriles que era la segunda mejor que había en el país, entre Xalapa y Puebla, aunque ellos no iban para Puebla, sino al siguiente entronque hacia Apizaco, y estaban ahí sabiendo a dónde querían llegar pero sin saber realmente quiénes eran, pidiendo aventón otra vez en la salida del pueblo de Alchichica.

Nadie hacía caso de sus pulgares que imitaban a Kerouac, sin conocerlo, y de pronto vieron un punto blanco como un ovni en la carretera y pusieron sus dobles pulgares ante aquel bólido que venía bajo el límpido cielo de la planicie que lleva a Puebla desde Veracruz, por la espantosa carretera, que era la segunda mejor de la república, y conforme se acercó el bólido supieron que era un Pontiac, y entre más se acercó más entendieron que era un Pontiac Pontific, y lo siguiente que supieron es que el punto blanco y radiante se detuvo delante de ellos vuelto efectivamente un Pontiac Pontific. Corrieron hacia el coche que se echó en reversa cien metros para encontrarlos. Los esperaba al volante un moreno angelical de guapo, bien rasurado, bien cortado del pelo, envuelto en el manto de una tenue loción, que les dijo, sonriendo con una dentadura blanca de comercial de Forhan’s:

—¿A dónde van, muchachos?

Y ellos:

—A Apizaco.

Y él:

—No voy para allá, pero me desvío y los dejo cerca.

Y ellos:

—Gracias —mientras se subían.

Y una vez subidos:

—¿Quién es usted?

Y él les dijo:

—Soy Beto Ávila.

A lo que el enterado Morales ripostó:

—¿Bob Ávila?

—Bobby Ávila —respondió el chofer—. ¿Tú hablas inglés?

Y era de cuerpo entero Beto Ávila, el de las grandes ligas, el de los Indios de Cleveland, el veracruzano estrella de las grandes ligas que había sido campeón de bateo en alguna de las ligas o en las dos, sabrá Tucídides.

—Pues quiero decirle que esto no puede ser —dijo Morales—, porque nosotros no somos nadie y usted es Bobby Ávila y esto o no está sucediendo o está sucediendo en La dimensión desconocida.

—Gran programa —opinó Beto Ávila, que tenía una sonrisa como un cielo.

Y siguió:

—No, no, muchachos esto no es La dimensión desconocida, esto es la carretera de Xalapa a Puebla y les voy a dar un aventón a la desviación de Apizaco. Así es esto. Hoy por mí, mañana por ti.

Qué bien olía la loción de Beto Ávila, qué bien olía su Pontiac Pontific, qué fresco era el aire acondicionado del coche al que se habían subido el par de mendicantes que se asaban al sol minutos antes. Oh, qué placer celestial ser recogidos del arroyo en un Pontiac Pontific y qué ocasión única de fumar, como después de coger o comer, pensó Morales, en el momento preciso en que Bobby Ávila les preguntaba si querían fumar y les extendía una cajetilla roja de cigarrillos Pal Mall, cigarrillos de carita, como se decía entonces, antes del Terremoto, a los cigarrillos importados.

Morales sacó uno de la mitad del tope de la cajetilla abierta y olió aquel olor a cielo de los cigarrillos importados, el olor celestial del contrabando, prohibido en todas las partes del país salvo en las que cruzaba Bobby Ávila, todo él de certificación americana, como sus cigarrillos Pal Mall, todo él ajeno al contrabando, mexicano legitimado en su contrabando porque Bobby Beto Ávila había ganado un campeonato de bateo de la liga americana o de la otra o de las dos y era de los Indios de Cleveland de allá y de los Olmecas de acá, aunque, en realidad era un moreno mestizo bien logrado con algo de indio de allá y algo de indio de acá y algo de mulato de allá y algo de mulato de acá, una mezcla feliz de allá y de acá en el sabor jarocho inconfundible de su sonrisa y su bonhomía y la extranjeridad de contrabando de su loción envolvente, de sus cigarrillos Pal Mall rojos, de su blanquísimo Pontiac de lujo aparecido como un ángel importado en la carretera, nativa y cacariza, que corría entonces de Xalapa hacia Puebla, con un desvío hacia Tlaxcala.

Oh, mezcla gloriosa, aleación gloriosa: Bobby Beto Ávila.

 

Héctor Aguilar Camín

 

Un comentario en “La aparición de Beto Ávila

  1. Què sabroso pasaje Hèctor, lo agradezco como aficionado al beisbol y antiguo escritor de este deporte desde los tiempos de la ya desaparecida revista Hit. Tuve la oportunidad de conocer a Beto como cronista y despues cuando fui directivo del Aguila, del Tigres, Tomateros y otros clubes.

    Lo mismo que agradezco su novela Morir en el Golfo.
    Lo mismo que lo recordè a usted en los dìas de la recirente desapariciòn del actor Enrique Rocha, actor en la pelìcula del mismo nombre y quien segùn mi interpretaciòn lo personificaba a usted en la pelìcula, como columnista de Excèlsior.
    Me suscribì a la revista inmediatamente despues de la agresiòn de que fue objeto por este gobierno, en solidaridad. Pero es màs lo que he ganado con su lecturas cada mes.
    Lo saludo y le reitero mi seguimiernto a todas sus colaboraciones. Un gran abrazo.
    Juan Acevedo Magdaleno,
    Querètaro, Qro.

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