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CUADERNO NEXOS

«O’i nomás qué once»

Extraña la inconformidad de la directora del Canal 11, cuando afirma que la inmediata instalación de «otro canal cultural», en la cartelera televisiva de México, le quitará no sólo fondos sino personalidad y naturaleza al discreto y bien aceptado canal del Politécnico, tradicionalmente mirado, si no como el patito feo, sí por lo menos como un reducto inocuo de la des-información a que esta condenado el pueblo mexicano, desde los propios orígenes de la televisión de nuestro país.

Lo creo así, ya que hace casi medio siglo que Salvador Novo acompaño al Presidente de México en su primera visita a New York, llevando Novo la comisión de entregar a su regreso un estudio en torno de la televisión en el mundo. En New York, se encontró deliberadamente con Manuel Barbachano a quien a su vez le dio el encargo de prepararle unos apuntes acerca de la TV norteamericana, ya que el propio Novo se encargaría de presentar otro, complementario e integral, del modelo europeo o televisión cultural. Sobra señalar que el gobierno optó por el modelo americano, trazando con ello las características conductistas del país que ahora somos.

Los intelectuales de entonces – institucionalizados o no- que se atrevieron a apuntar los riesgos a que la preferencia dio lugar, quedaron automáticamente marginados de la televisión que tan fragorosamente se iniciaba. Satanizados, también les pusieron tache. Poco tiempo después, la UNAM recibió la proposición de abrir un canal, precisamente al norte de lo que empezaba a ser la macrópolis, como un recurso más de su extensiva difusión universitaria. Razones hubo para que tan atractiva oferta no fuera tomada en cuenta, al punto de que el gobierno – que en esos años contaba con un Secretario de Comunicaciones egresado del Poli- resolvió concesionar a esta institución el canal declinado por la UNAM. Con esto se evitaba, entre otros problemas, el de tener un enclave universitario en terrenos que tradicionalmente le correspondían al Politécnico. Ciudad Universitaria había quedado instalada de por vida al sur de la ciudad, y el Politécnico al norte. Entre una y otro se traza un arco voltánico que llegaría a proponerse como polvorín ante cualquier contingencia estudiantil. A la fecha, la UNAM conserva sus razones para no instalar un canal televisivo de activa difusión cultural sin que las gestiones de tanta gente valiosa – entre ellas la sobresaliente de Max Aub- llegaran a conocer el éxito.

El canal operando desde el campus del Poli inició su carrera entelerida y sobrada de situaciones precarias. Fue quizás a la llegada de un universitario – Pablo Marentes- cuando la presencia del Canal 11 se proyecta con cauteloso vigor juvenil; su imagen refleja entonces la inquietud francamente adolescente de animar la descuidada vida cultural de esa parte de la ciudad, el norte, utilizando formas de difusión y señales que la UNAM había comprobado eficaces en la primera mitad de la década sexta. Marentes se va del Canal 11 para iniciar su ascenso hacia la dirección del Canal 13, a la sazón expuesto como alternativa enérgica a los empeños comerciales de la TV original, misma que los «cultos» impugnaban públicamente, aunque su dependencia bajo – del- agua era de todos admitida y comprensiblemente tolerada. La dirección del Canal 13, sí, y de ahí al paraíso terrenal del virreinato o al exilio.

Una nueva etapa del Canal 11 lo hace crecer – se ve y se escucha no sólo en la mayoría de las delegaciones del DF, sino también en algunos estados de la República- y lo presentó en los ochentas como una opción esforzada, de madura reflexión ante el público letrado. Y con esto no quiero decir que el público de un canal cultural deba estar necesariamente formado por la parte «intelectual» de la población. No, público letrado en tanto el teleauditorio vea, escuche y entienda lo que esta viendo y escuchando desde su hogar. Que supere su condición ancilar funcionalista y tristemente enajenante.

En tales circunstancias, el Canal 11 – íO’i nomás qué once!- llegó a figurar con sobriedad como el más empeñoso y respetable durante la década de los ochenta. Alcanzó entonces la aceptación de lo pujante y esforzado, no la altanería del dispendio ni lo ofensivo y lacerante del despilfarro cultural. Varios factores intervinieron para ello: una programación compensatoria que alternaba lo refinado en el arte y las ciencias con lo genuino, popular distante de lo chabacano y lo canalla. Su línea de fortalecimiento nacionalista se proponía mediante series que, producidas en su mayoría por la UTEC, le mostraban a la gente el posible valor de sus mejores hombres y mujeres: Los nuestros – así se llamó esta serie- es un claro ejemplo de esto. Otras series de teatro televisado con las puestas en escena de la Compañía Nacional de Teatro; los programas Aproximaciones con los cuales se trató de recuperar a Juan José Arreola. Y muchos otros programas más que, al cabo de las comisiones burocráticas, se interrumpen para emprender el renovado descubrimiento -del-mediterráneo- TV.

Convertido así en la alternativa de expresión del intelectual rechazado por el imperio, el Canal 11 comenzó a esbozar lo que llegaría a ser un canal del Estado mexicano: servicio educacional de finalidades culturizantes, que acogería gustoso a los notables del arte y de la ciencia, siempre que estos pertenecieran, si no al grupo ideológico, por lo menos al grupo político al que el director perteneciera. El péndulo de la oportunidad a la inclusión programática adquiriría extrasístoles y arritmias generalizadas de acuerdo a las simpatías o diferencias con la jerarquía. A cada cambio de director (y esto es endémico) surgen las preguntas: ¿Es tu amigo? ¿Te conoce? ¿Cómo te llevas con él? Y el director en turno acude al infalible cliché: Tenemos que hablar.

Ahora un nuevo ciclo se inicia en el Canal 11, desde la espiral sin fin de las comunicaciones masiosares. La directora es muy activa. Su arma primera es la programación que comienza más temprano; su escudo está presto para oponerse a la condenación de un presupuesto cada vez más insuficiente, en una voz pública creada para la comunicación religadora de valores humanos. Su realidad, la que caracteriza a las instituciones públicas en nuestro mexicano domicilio: «lo anterior estuvo mal hecho y poco derecho. Vayamos al borrón y cuenta nueva». En tales condiciones, lo novedoso corre el riesgo de contaminarse de arrogancia; la afirmación redentora, de compadecerse de sí propia y las luces de la difusión cultural de mostrarse reiterativamente como mortecinos destellos de la opacidad tradicional. Por estas razones, no se puede clamar tan enfáticamente que íNo nazca el 22! Ni modo. Los pocos directores de canales televisivos que en el mundo han sido estarían dispuestos a contener las ganas locas de trescientos intelectuales (resic) que firmaron – firmamos- por la creación de un nuevo canal? Esas ganas locas aguantadas durante cuatro décadas. Es por eso que, ante la expectativa de un nuevo canal – como de un renovado funcionario en turno- resurge la diuturna enfermedad de la esperanza de que ahora sí le atinen y nos toque. En esto de contribuir a generar un país más vigoroso, menos deprimido; consciente de su vida colectiva.

Héctur Azar. Director del CADAC. Entre sus últimos libros está Palabras habladas.