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Nunca está de más volver a los autores que a uno lo alimentaron de nociones que le hicieron un poco más comprensible la existencia (o bueno, eso creo). Albert O. Hirschman sin duda es uno de ellos. Economista del desarrollo publicó una serie de libros y ensayos más allá de esa disciplina que arrojan luz sobre muy diversos aspectos de la vida social. Refractario a las teorías presuntamente omnicomprensivas le gustaba afirmar que él trabajaba con teorías de nivel medio, aparentemente menos ambiciosas, pero por ello mismo más flexibles y capaces de entablar una conversación fructífera con otras fórmulas para acercarse a la realidad.

Uno de esos textos fue Salida, voz y lealtad (traducción de Eduardo I. Suárez, FCE, 1977). Constataba que “bajo cualquier sistema… los individuos, las empresas y los organismos en general están sujetos a fallas en su comportamiento eficiente, racional, legal, virtuoso o, en otro sentido, funcional”. Parece un enunciado elemental. El sentido común nos informa de eso a (casi) todos. Pero su intención era acercarse a los mecanismos que pueden alertar sobre fallas reparables para evitar el “deterioro de empresas, organizaciones y Estados”.

Ilustración: Alberto Caudillo

Encontraba y estudiaba dos: la salida y la voz. Se trata de dos tipos de alarmas que sirven para detectar problemas, deficiencias, inercias destructivas. La salida, como su nombre lo indica, era el abandono. Y podía ser de la organización donde se militaba, el cliente que deja de comprar un producto, el votante de X que da la espalda a su opción anterior. La voz es la expresión de insatisfacción con lo que hace una empresa, un sindicato, un gobierno. Y quienes cancelaban ambas opciones impedían que el actor, la organización, el partido o los gobiernos contaran con esos mecanismos que eventualmente les permitían corregir el rumbo.

Había que aceptar que la posibilidad de deterioro estaba siempre presente. Y que al carecer de mecanismos para enfrentarlo tendería inercialmente a profundizarse. La defección, la salida, era un foco rojo que informaba de que algo iba mal. La voz, por su parte, es la fórmula para plantear la crítica e “intentar cambiar el estado de las cosas”; la expresión de las carencias, complicaciones, faltas, que pueden quizá redefinir el rumbo.

Cuando ambos mecanismos se clausuran, las probabilidades de rectificación decrecen significativamente. Dado que las fórmulas de alarma no existen, las inercias deteriorantes pueden continuar con su paulatino y persistente desgaste.

En democracia, ambas fórmulas funcionan o deben funcionar. Uno puede modificar sus preferencias políticas, votar hoy por A y mañana por B y pasado mañana por ninguno, leer un periódico o pasarse a otro, abandonar la asociación que antaño uno valoró (todas ellas salidas); o expresar sus críticas de manera individual o colectiva, a través de organizaciones sociales, partidos, revistas o manifiestos, marchas, huelgas (es decir: ejercer la voz). Ello, en teoría, beneficia incluso a aquellos individuos o instituciones a los que se dirigen las críticas, porque pueden encontrar razones o evidencias de que algo está fallando.

Por el contrario, los autoritarismos, las dictaduras o, peor aún, los totalitarismos suelen taponar ambos recursos. Convencidos de que no existe más razón que la suya, toda expresión distinta es anatemizada. Los regímenes unipartidistas por definición ostentan el monopolio de la “representación” y no hay otra opción, y en algunos casos ciertos países han impedido incluso la migración de sus propios ciudadanos (las salidas son inexistentes). También han obstaculizado o clausurado las voces disidentes. Se cierran periódicos, se ilegalizan a los partidos disidentes, se prohíben huelgas, manifestaciones y se llega a considerar como adversaria o subversiva a cualquier asociación fuera de la órbita oficial. ¿Es posible que la cancelación de esos mecanismos de alerta sea parte de la explicación del desplome de los regímenes soviéticos?

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

 

Un comentario en “Voz y salida