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El siguiente relato pertenece a Andamos perras, andamos diablas (Dharma Books, 2021), el libro más reciente de Cristina Rivera Garza. Se trata de una segunda edición de La guerra no importa (1991), Premio Bellas Artes de Literatura de ese año. El nuevo título alude a las dos protagonistas de esta colección de cuentos o novela fragmentada, a imagen de las vivencias de la autora y su hermana Liliana en los años ochenta. Los cuentos de esta nueva edición son, en palabras de Rivera Garza, “alegatos en contra del amor”.

Cuando más tiendes los brazos hacia el mundo, más se retira.
—Henry Miller

Lo primero que aquella mujer me dijo fue que esperaba a su hombre. No a su marido, no a su compañero o amigo, sino a su hombre. Se habían dado cita a las seis de la tarde y, después de dos horas de retraso, todavía albergaba esperanzas de que él llegara. En realidad no le pregunté nada; cometí la torpeza de pedirle un cerillo para encender mi cigarro y así, mientras hurgaba en un bolso blanco repleto de cosas, empezó a contarme su “maravillosa historia”, como ella la denominaba.

—Es la única de mis historias que está llena de milagros —dijo—, que es como la de todos. La historia siempre repetida del amor, ¿no te parece?

Tenían poco menos de un año de conocerse y, desde entonces, se habían dedicado a perfeccionar el viejo rito de tocar a otro, verlo, sentirlo, temblarlo. La banca del parque donde estábamos platicando era su punto de encuentro y, de aquí, usualmente se iban caminando al hotel más cercano sin hablar demasiado.

—De qué sirven las palabras en estos casos, ¿dime? —su lógica me hizo guardar silencio. Mientras tanto, me dediqué a fumar y a mirar las nubes y a oírla como quien oye pasar el tiempo. No tenía absolutamente nada qué hacer y la historia de la mujer del parque me hacía las horas dúctiles, blandas, como la lluvia que se presentía de lejos. Pensé que la mujer era o una idiota o una loca, en realidad no le di importancia. Cuando las primeras gotas empezaron a caer, tímidas y pegostiosas, ella decidió que la espera había sido suficiente. En el acto, de la misma forma distraída y fácil con la que empezó a hablarme, me invitó a tomar unas copas. Salimos corriendo.

—¿Sabes? Es una lástima que no me haya visto hoy —mencionó con palabras entrecortadas por los resuellos. Nunca había estado tan hermosa. Mira.

Se detuvo de improviso bajo la lluvia para señalarme el carmín de labios, los rizos sedosos de su cabello y, levantándose la falda de grandes flores color púrpura, me mostró las medias que cubrían sus piernas.

—Son nuevas. No tienen ningún rasguño, ¿te das cuenta? —detenidas como mármol a punto de volverse piel o viceversa, las piernas parecían huérfanas—. Me habría gustado tanto que él se diera cuenta de eso al acariciarme los muslos —mencionó con los ojos clavados en sus propias rodillas.

—Sí, es una verdadera lástima —le dije por toda respuesta y la jalé del brazo derecho para seguir corriendo.

El bar era en realidad un hueco en un resquicio de la ciudad, un lugar de techos bajos y susurros entrecortados. No me fijé en el nombre y casi ni pude observarlo porque la mujer del parque pidió dos whiskys tan pronto como nos sentamos.

—No te preocupes —me avisó—, traigo suficiente dinero. Además, ¿ves al mesero? Fue mi amante hace algún tiempo. Un hombre bueno —el silencio espantó las palabras por un momento y, después de unos minutos largos y delgados como orillas, continuó—. En realidad era muy seco, lleno de juicios perfectos sobre todos los acontecimientos del mundo; cualquiera se hubiera aburrido de él como lo hice yo. Nadie lo soportaría por más de dos meses, ni tú que te ves tan paciente y juiciosa —aseveró. Su comentario me hizo reír con gusto y con sorpresa a la vez y así, aún con la boca abierta, brindamos. La cereza danzando en el fondo del vaso se convirtió de repente en un enigma, la parte perdida de una caligrafía complicadísima.

A través del humo de mi cigarro observé su rostro mientras se empinaba el primer Manhattan como si fuera agua. Me impresionó su nariz fina, larga, puntiaguda, como si estuviera acostumbrada a decir mentiras; una nariz aristocrática o extranjera, de ningún modo parecida a los promontorios chatos o rectos que inundan la ciudad. Me impresionaron las mejillas tersas salpicadas de pecas, los labios gruesos cubiertos de un carmín pálido, rosa como coral. Me impresionaron sus ojos risueños, habitados de tranquilidad, llenos de esa calma de los que tienen dinero y pueden beber hasta que el cuerpo aguante.

—Mauricio, por favor —le estaba pidiendo al mesero juicioso otra ronda de lo mismo como quien se dirige a un viejo amigo, o a un criado en permanente servicio. El no necesitó otra seña, se dio la vuelta y al cabo de un rato regresó con dos vasos de lo mismo. Cuando se llevó a los labios el primer sorbo, la mujer empezó a hablar con el tono de los que contestan cuestionarios, el orden ficticio, el sinuoso sarcasmo.

—Me llamo Ángeles —dijo entre risas—. Soy uno de ellos —continuó luego de un rato, cerrándome un ojo, burlándose de las dos—. A veces paso por aquí. Verás, este es el sitio favorito de él, y el mío también. Por lo regular nos sentamos al final de la barra, tú sabes, le gusta tocar mis piernas por debajo de la mesa y no se puede hacer eso aquí, enfrente de todos, ¿no es así? —Ángeles acompañaba sus palabras de gestos chiquitos, tímidos. Toda ella se resumía en sonrisas ruborizadas como si fuera una niña contándole sus primeras travesuras al cura de la familia.

A él, a su hombre, lo llegué a conocer casi completamente en el tercer Manhattan: su manera de caminar como sobre nubes, su distracción, las días festivos en los que se afeitaba una barba terca, sus rabietas, la curvatura exacta de sus manos al resbalar por la espalda de Ángeles, la marea de vellosidades que se mecía en su cuerpo como barcas pequeñitas en el más calmo de los mares. Su hombre.

Nada de eso me importaba. Siempre fui reacia a esos amores enfermizos que atacan a las mujeres, a esas epidemias de cercanías y violencias que se desatan en sus cuerpos como si hubieran sido inoculadas por un virus mortal, uno de esos gérmenes loquísimos que minan la cordura y la paz; ese pedazo de ácido ribonucleico que destruye una figura hermosa para convertirla en un montón de carne macilenta, expectante, sólo deseosa del deseo. Eso es peor que la heroína, aunque a nadie parece quitarle el sueño o despertarlo con pesadillas. A pesar de todo, la estaba escuchando sin señales de fastidio. El licor era realmente delicioso como para irme y, además, afuera seguía lloviendo. Ella era muy hermosa, además.

Ángeles me pidió que le encendiera un cigarrillo, pero fue Mauricio, el mesero que había sido su amante, quien se acercó solícito al percibir el gesto. De cualquier manera me lo agradeció.

—Es lo que yo llamo un hombre bueno —murmuró lentamente, las palabras arrastrándose una tras otra como caracoles sobre la lengua húmeda. Luego, de repente, empezó a llorar, no con aspavientos, no desesperada; simplemente dejó escapar una o dos lágrimas mientras repetía “ese es un hombre bueno, ese es un hombre bueno”, como si fuera su mantra. Cuando sus ojos se enrojecieron, yo, lejos de sentirme interesada, empecé a molestarme por estar ahí, escuchando tontería tras tontería de una historia un tanto larga, otro tanto amarga. Ángeles usaba el whisky para chantajearme; Ángeles manipulaba ese aire de tristeza antigua, muy guardada, para mantenerme a su lado; Ángeles ponía ese rictus extraño, esa mueca de ironía y de cinismo que acompaña a las criaturas que están muy lejos, y que por lo tanto son inalcanzables, para desestabilizarme y aumentar mi interés. Pero lo único que estaba consiguiendo en ese momento era aumentar mi rabia. No tenía idea de en qué me estaba metiendo y la falta de certeza me erizaba la piel. Ella, en cambio, parecía manejarse con facilidad en la incertidumbre; la provocaba, la recibía con las manos abiertas como una bendición sagrada.

—Vamos, Ángeles, no es para tanto, mujer —le dije sin pensar mientras le tomaba las manos y su piel suave, casi invisible, me dejaba un escozor extraño bajo las yemas de los dedos. Ella volvió a sonreír, volvió a llamar a Mauricio para pedirle otro vaso de lo mismo.

—Tienes razón, Xian —dijo, sin preocuparse si ése era o no mi nombre, bautizándome con todo su poderío—. No es para tanto pero a veces, tú sabes, uno se pone tan tonta. Ya llegará él otro día. Mira, voy a brindar por haberte conocido, nada ha pasado aquí.

Entonces sonrió con una burla muy oscura, con una burla tremenda. Brindamos muchas veces por nuestro encuentro en el parque y por la lluvia que nos había empujado hacia su bar favorito y por sus medias impecables y por el amor que todo lo crea y todo lo destruye, por el velo mágico con que nos cubre el rostro para soportar el mundo. Vacíos ya, los vasos entrechocaban como accidentes. Cristal partido.

—Ese hombre me ama, Xian, me ama tanto —nunca supe a quien se refería, pero Ángeles, sin duda alguna, se burlaba de sí misma. Inventaba un sarcasmo muy parecido a la tristeza que no era tristeza sino lástima. Volvió a llamar a Mauricio, pero esta vez le dio dinero suficiente para comprar una botella entera. Luego, otra vez en el acto, salimos con ella escondida bajo su chamarra.

Había poca gente en la calle y miles de lunas eléctricas emergiendo, amarillas, en cada charco. Podíamos a oír el sonido de nuestros pasos solos; se oían, de verdad, tan solos. Salpiqué varias veces las medias inmaculadas de Ángeles con agua sucia. Ya estábamos ebrias cuando decidimos abrazarnos para poder continuar de pie.

—¿Te acuerdas de aquella canción sobre un hotel para corazones rotos? —le contesté que sí con un movimiento de cabeza.

—Pues lo vas a conocer ahora. Vas a entrar al lugar donde los corazones se quedan solos y se quiebran y se esparcen como la arena. ¿Has visto su sangre? —se interrumpió, buscando otra imagen—. Es como cuando se quiebra una ventana, los cristales te desgarran los pies descalzos, pero estás muy contenta de no tener que abrirla para ir hacia fuera, ¿me entiendes?

La dejé hablar mientras nos aproximábamos a un edificio de cantera con ventanas largas y balcones de hierro. Cuando empujamos la puerta de madera y cruzamos el pasillo estrecho, apenas alumbrado por la luz turbia de un par de lámparas color marrón, comprendí que nos estábamos adentrando en otro siglo. Ángeles actuaba, sin embargo, como una libertina del nuestro. Pidió un cuarto con la voz firme y, sin discreción, sacó la botella y la colocó sobre el mostrador. El encargado nos miró con asombro, con zozobra y, aunque dudó al entregarnos la llave, no tuvo tiempo de reaccionar. Ángeles se la arrebató con un manotazo diestro. Ya en el cuarto de paredes salitrosas y muebles desvencijados, Ángeles estuvo mucho rato, casi la mitad de la botella de whisky, contándome detalles y más detalles acerca de él: su poderosa lógica, sus piernas ágiles, las más ágiles del mundo, se corregía ella misma, sus libros, sus ojos de oso ermitaño y asustadizo, lo blanquísimo de sus dientes. Al oírla uno podía concebir qué era eso de agarrarse a otro, de sostenerse en otro totalmente. Cada vez que Ángeles volvía con sus recuerdos sobre él, su hombre, yo me apuraba a tomar otro trago de licor porque no podía soportar a una mujer sufriendo de aquel modo. No supe si la náusea se debió a su repetitivo rondar de fantasmas o al exceso de alcohol, lo cierto fue que me incorporé de la cama y fui a vomitar al baño. Todo salió así, desde el poco alimento que traía en el estómago, hasta los muchos piquetes de dolor que me dejaban las palabras de Ángeles sobre la piel. Ya vacía, me dirigí al lavabo para enjuagarme la boca y me di las buenas noches frente al espejo. Vamos chica, tienes que salir de todo esto, esa mujer está loca, Xian, salte de aquí, tú sólo eres humana, Xian. Al acordarme de mi nuevo nombre me sonreí, decidí que me gustaba ser una desconocida que se habla a solas frente a un espejo en el que tantos otros desconocidos seguramente se habían hablado. Sin identidad, regresé hacia el lugar que ocupaba Ángeles. Temía por ella.

—No estás acostumbrada, ¿verdad? Vamos, Xian, no es para tanto, mujer —repetía mis palabras y no pude dejar de reconocer una nueva burla, ese sarcasmo con lo que se marca lo que nunca se acercará lo suficiente—. Ya sé que te aburro, pero ya todo pasó. Me voy a portar bien contigo, ¿me crees?

Me recosté a su lado pensando que Ángeles tenía la maldita costumbre de terminar cada una de sus frases con una pregunta para la que yo nunca encontraba la respuesta. ¿Le creía en realidad? Ella me abrazó y, recargada completamente en ella, me sentí protegida del aire seco que pudiera entrar por las ventanas rotas. Me sentí protegida de los muchos días y más años que llevaba dentro de mí misma. Me sentí protegida del frío, del calor. Me sentí.

—El amor es esto, Xian, inventar mentiras y creértelas a fondo —abrí los ojos y observé su nariz. Era eso. Por supuesto que era eso. La Pinoccia. No había duda.

Ángeles me despertó antes del amanecer. Se estaba desnudando en el más escandaloso de los silencios. Ya había colocado su falda de flores en el respaldo de la silla y se desenrollaba con delicadeza las medias de seda que había robado en un almacén. Esperé a que se quitara el corpiño, esperé a que se tejiera los rizos en una delgada trenza, esperé todo el tiempo porque necesitaba su regazo para poder dormir. Ya desnuda se tendió a mi lado. Su cuerpo blanco entre las sábanas blancas era la síntesis de algo hermoso, algo único, algo terriblemente bello porque está abandonado y al alcance de la mano y es intocable. Nadie puede tocar a una mujer loca que sufre y se burla y se desnuda. Dormimos abrazadas hasta que el sol llenó de bochorno el cuarto y nuestros cuerpos de sudor. Tuvimos que levantarnos. Seguramente ambas estábamos demacradas, pero en el rostro de ella había una suerte de violencia honda, contenida, que me llenó de espanto. Era el rostro del animal salvaje que está en cautiverio en un zoológico cuando ve a la madre que se aproxima con el niño en brazos para enseñarle la superioridad de su especie. “¿Ya viste que bonita está la pantera?” Los labios de Ángeles se contraían en un temblor finísimo muy parecido a la ira y a la burla juntas. Toda ella apareció en la mañana como un nudo débil, lleno de espasmos, a punto de abrirse.

No comimos nada. Nos fuimos directamente al parque donde nos habíamos conocido y, ahí, nos tiramos sobre el pasto. Observamos las palomas que se detenían sobre las estatuas. Vimos correr niños y madres detrás de los niños. Vimos el sol y nos hirió las pupilas. Ángeles se rasgó las medias al intentar acercarse hacia mí. Volví a dormir otro rato, otra vez recargada en ella. Ángeles, en cambio, no dormía, parecía no necesitar ya más el sueño; parecía que ella era el sueño con los ojos abiertos. Despierta, Ángeles parecía necesitar sólo alcohol y a su hombre para mantenerse viva. Seguramente era una idiota o una loca, o ambas cosas, y yo estaba con ella.

Yo había hablado poco, es cierto. También era cierto que no tenía nada qué decir. Tal vez fue esa la razón para susurrarle en el más imbécil de los tonos quedos todo es estúpido, Ángeles, tan estúpido que no vale la pena. Ángeles se incorporó, fue a tirar la botella vacía en un bote de basura y ya no se volvió a sentar junto a mí.

—Sí, Xian, pero yo lo voy a burlar todo. Yo me voy a reír de todo —me gritó desde lejos mientras sonreía y agitaba una mano en el aire.

Todavía recostada, ahora sobre un pedazo de tronco húmedo por la lluvia del día anterior, alcancé a ver su fantasma veloz. Esperaba que de un momento a otro saliera volando sostenida por un par de alas enormes y blancas: entonces supe que habíamos hablado de la muerte.

Después vi cómo saludaba a un individuo, cómo lo besaba, cómo se iban abrazados rumbo al bar. Eran las seis de la tarde y él era, sin lugar a dudas, su hombre.

 

• Cristina Rivera Garza, Andamos perras, andamos diablas. Dharma Books, México, 2021, 114 p.

 

Cristina Rivera Garza
Escritora. Sus libros más recientes son: Autobiografía del algodón y El invencible verano de Liliana.