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Hermann Bellinghausen

Rafael Pérez Gay

Luis Miguel Aguilar

Toda la gente que va por primera vez a mi casa, ubicada en la calle de Patriotismo, me pregunta si puedo vivir con el ruido de los coches. Contesto siempre que mi problema no son los coches sino los aviones.

Mi casa está a dos cuadras del eje de Baja California. Esto no querría decir nada; a lo mucho confirmaría que estoy doblemente atrapado por los coches. Mi casa está a un paso del viaducto. Esto quiere decir que es parte de la ruta por la que bajan los aviones hacia el aeropuerto de la ciudad de México.

Mi casa es también pasto del viento: no sólo un invencible catalizador de polvo en todos los rincones y entrepaños dentro de la casa, sino un gran flete, el DHL de los desechos urbanos fuera de ella. Una bolsa de papas Sabritas tirada quince cuadras arriba de mi calle, en diez minutos hará su camino hasta mi banqueta y mi puerta, que para entonces serán ya un amontonadero de esqueletos de tecates, frutsies, bolsas de pan, hojas secas, tetra paks, mandarinas, anuncios de lugares donde se componen refrigeradores. Los barrenderos, si vienen, vienen a las ocho de la mañana; hacia la una de la tarde, el viento ya volvió a dejarnos su variado surtido. Cada vez que llego a mi casa combino mentalmente un verso del poeta González Martínez («íOh casa con dos puertas que es la mía!») y el lema de la Universidad Autónoma Metropolitana («Casa abierta al tiempo»), y queda esto:

íOh casa abierta al viento que es la mía!

Esta mezcla de viento y aviones me da a veces la sensación de que vivo en medio de un hangar, y no junto a un autódromo como lo indicarían los múltiples carriles de Patriotismo.

Vivir en un hangar tiene, que yo sepa, una sola ventaja, y esta ventaja es conyugal. En el clímax de un pleito como de drama nórdico, con las voces alzadas y los actores agitándose tremendamente en escena, de pronto pasa un avión y nos deja moviendo la boca sin que se oiga un solo sonido, como en El fantasma de la libertad de Buñuel. La sensación de absurdo es tan enorme que cuando nuestras voces por fin recobran su timbre, el avión no sólo evitó que oyéramos lo peor que nos estábamos diciendo, sino que pasó ya tanto tiempo desde el último reproche que no tiene caso reincidir en el furor. Quedamos como sedados, empapados de decibeles turbodinámicos. 

Los helicópteros son otro auxiliar aéreo en el détente conyugal pero, aunque constantes en mi zona, resultan menos asequibles o requieren la participación de uno de los actores. Una vez lo logré, en efecto. Un mediodía sabatino, en medio de un broncón en que se litigaba la asistencia, o no, a una fiesta esa misma noche, un helicóptero de la policía del DDF empezó a sobrevolar bajísimo por nuestra casa. Como sabrán los lectores, tengo una debilidad inefable por los chistes malos. De modo que no me aguanté, ni siquiera en la borrasca conyugal, y tuve que intercalar uno. Fui hacia la ventana del cuarto, abrí con una mano la cortina cerrada, levanté la vista hacia el helicóptero, y cuando ella pensaba que yo solamente había hecho un paréntesis teatral antes de volver a la refriega, dije de inmediato, siempre viendo hacia la ventana:

– Saigon. Shit!

Son las palabras que dice el actor Martin Sheen al despertarse en Apocalypse Now, ir hacia la ventana del cuarto, abrir la persiana y ver un helicóptero que le recuerda que aún sigue en Vietnam. La muy mensa de María empezó a luchar contra la risa que vino a suplir el enojo:

– Baboso.

Es entonces cuando el índice Dow Jones de divorcios baja enormemente, y se vuelve un hecho la idea de Stevenson: uno le puede perdonar a su mujer que se duerma mientras uno hace una profundísima disertación sobre Kant, pero no se le perdona que no celebre el más malo de nuestros chistes.

A María le encantan los aviones. Como son contadas las veces en que puede subirse a un avión, ha desarrollado cierta capacidad que está entre la nostalgia del aire y la vista del lince para distinguir a qué línea aérea pertenece un avión en pleno vuelo.

La única vez que ella y yo hemos estado juntos en Cancún, con un primo de Chetumal y su esposa, durante un desayuno empezó el Air-Show de María.

– Ese es de KLM… Uno de Lufthansa… Ahí va uno de Eastern… Avianca. Qué raro que llegue Avianca a Cancún… Ese es pan comido: Mexicana.

En efecto alcé la vista y hasta yo pude distinguir que se trataba de un avión de Mexicana. Escribí «hasta yo» porque hablo de alguien que se subió por primera vez a un avión a los 25 años de edad y que siempre fue, por decirlo así, un peaton de ADO (Autobuses de Oriente). Cuando nos conocimos, María no lo podía creer. Le dije:

– ¿No ves que yo nací en Chetumal en el año 4 A.F.?

– ¿Año 4 Air Force? -preguntó ella.

– No -dije.

– ¿Año 4 Autobuses Foráneos? -preguntó ella.

– No -le dije-. Año 4 Antes de Freud.

– Pues te voy a contar.

Desde entonces he sabido que la idea mariana de paraíso pasa siempre por un avión: «¿No te gustaría subirte a un avión, acomodar la maleta de mano, ponerte el cinturón de seguridad, prepararte al despegue, sentir ñáñaras en la barriga, ver cómo toma pista, y de pronto ya estás en la gloria?».

Por eso es curioso que una de las peores cosas que le he hecho a María saliera de ahí: mejor dicho, de la conjunción de una pesadilla «en vivo» -de las que uno actúa- y del hecho de vivir en un hangar.

Dormíamos a las tres de la madrugada -después supe la hora- cuando el ruido de un avión se cernió sobre mí. Mi modo de incorporarlo al sueño y darle sentido consistió en que el avión vendría directamente contra nosotros, y entonces yo tenía que correr la cortina y despertar de urgencia a María para que viéramos que el avión se estrellaría exactamente en nuestra ventana. La pobre me hizo caso, se levantó adormilada y casi se rompe el dedo chiquito del pie izquierdo contra la pata suroeste de la cama. Sin atender a sus gritos de dolor, yo la seguí urgiendo a nuestro encuentro con el avión, en lugar de decirle, como haría un buen sonámbulo, que fuéramos al refugio antiaéreo o nos escondiéramos bajo la cama o nos pusiéramos pecho tierra. Ya que estábamos en la ventana, todo el sabor de la irrealidad recayó sobre mí: en efecto había un avión lejano, con sus foquitos blancos y rojos, y el ruido era el normal, es decir, el ensordecedor de siempre en nuestra zona. Me di cuenta de mi engaño pero ella, molestísima y sobándose el pie mientras volvía a su lado de la cama -el mío da a la ventana- me ratificó:

Qué pendejo eres. Son las tres de la mañana.

– Es que estaba soñando- le dije. Y ella, dándole de manazos a la almohada reacia, como si la almohada debiera recibir los golpes que estaban para mí:

– No me digas.

– Oh. ¿Pues no que te gustan mucho los aviones?

La respuesta fue un pequeño gruñido.

Al día siguiente guardé un prudentísimo silencio. A la hora de la comida, cuando surgen de su prisión los asuntos escabrosos, me dijo:

– Si me vuelves a despertar en la noche, te mando a la sala, carajín.

Con el «vuelves» se refería a que no era la primera vez en la temporada. Es que en esa época yo soñaba por ejemplo que nuestro hijo se había caído y la despertaba a gritos para que fuera a levantarlo. Además del despertón, el problema era que la mandaba a ninguna parte porque en esa época aún no teníamos hijos. O bien empezaba a sobarle el pecho y cuando ella pensaba que se trataba de otra cosa, yo le decía -me decía ella luego- que entre sus costillas se le habían metido varios pájaros como en una jaula y que debíamos abrir la reja para que salieran, pero que mientras tanto ella abriera la ventana -siempre la ventana- para que una vez salidos de sus costillas los pájaros no se quedaran volando en el cuarto sino que pudieran irse hacia la noche. Otra vez ella me despertó y me dijo que la estaba ahorcando. La tenía agarrada con un brazo por la nuca porque unos maleantes al borde de la cama la estaban jalando de los pies para llevársela. Y así.

Unos seis meses después del incidente con el avión que se estrellaría en nuestra ventana, habíamos comido tarde y nos fuimos a tirar un rato sobre la cama. Ella empezó a revisar unos exámenes y yo me puse a leer un libro tan divertido que me ocurrió el Efecto Heine de la lectura. Dice Heine: «Leyendo un libro aburridísimo me quedé dormido. Acto continuo soñé que proseguía mi lectura y el aburrimiento me despenó. Eso se repitió tres o cuatro veces». Estaba en una de ésas cuando María me llamó a gritos:

– íSe está estrellando un avión! íSe van a matar! íSe estaba quemando!

Me levanté como un bombero desprevenido y salió volando el libro que tenía abierto sobre el pecho. Todavía embotado me asomé a la ventana que ella veía impactada. No vi nada y entonces la increpé:

– No sabía que fueras tan rencorosa, carajo. Una sopa de mi propio aterrizaje. Desquitarse así. Yo no lo hice adrede la otra vez.

– Te lo juro. Lo vi aquí, en mi nariz.

– Sí. ¿Me imagino que era un Lufthansa, no? Un American Airlines. Viste hasta las estrellitas de la bandera gringa, o lo que sea.

– ¿No me crees? Casi le vi la cara al piloto. Era un avión rarísimo. De los tetramotores. Como de la segunda guerra mundial. Se estaba incendiando.

– Sí -le dije-. Era la aerolínea que te faltaba distinguir. Air-Ghost. Un avión fantasma.

– Pues no me creas. Ese avión ya se estrelló. Es más: cayó en Chapultepec. Vamos a Chapultepec y lo vemos.

¿Por qué me pasa esto a mí?, pensé mientras me lavaba la cara antes de ir al trabajo. Al volver del lavabo le dije:

– ¿Cómo crees que se va a estrellar un avión? Viste mal. Te pasó lo que a mí. Te confundiste con un avión que sí pasó pero lo metiste en tu sueño.

– Pues yo no dormí ninguna siesta. Sólo te oí roncar.

– Pues no. No estaba tan dormido. Estaba tomando apuntes mentales del libro interesantísimo que estaba leyendo.

María emitió su pequeño gruñido comenta-necios.

Tomé un taxi para volver al trabajo y el taxista venía escuchando Radio Red. El reportero decía que estaba en el lugar de los hechos y poco a poco me enteré de la noticia: era el avión carguero, de los años cincuenta, que se había estrellado en la entrada de la carretera a Toluca con un cargamento de jinetes y caballos. El avión había esquivado el Hotel de México (hoy World Trade Center), y la simbólica torre de Mexicana de Aviación, y al perder vuelo el piloto decidió aterrizar en la carretera de Toluca.

Al llegar al trabajo hablé por teléfono a mi casa y nadie contestó. Localicé a Maria en casa de su mamá y le dije:

– íSalve, Contralora! íDulce Vecina de la Trama Aérea! íHuésped Eterna del Hangar Florido!

– Ah, eres tú, nefastiti. ¿Vas a seguir de necio y carbonarolo?

Le dije que ella tenía razón, que siempre la tendría, que cómo no le creí, que cuánta ceguera habita en el corazón de los hombres, que sólo ella lo había visto claramente, que ella estaba en el centro de la Historia y le informé sobre lo que había oído en la radio. Ella me dijo:

– No, carajiri. Yo no quiero tener razón. Yo quiero que me creas cuando veo lo que veo.

Ya te creo hasta lo que no veas -le dije, y le dije también unas cursilerías que el lector no puede oír porque en ese momento pasó un avión.

Por eso las instrucciones para llegar a mi casa dicen más o menos así: vivo a dos cuadras del eje de Baja California, a un paso del viaducto, a cuatro horas de que el viento acumule toda la basura disponible en mi banqueta, a un helicóptero de Saigon, a dos avionazos del Hotel de México, y a un sueño de una Maga del Aire.