La casona (por usar una palabra criolla, mas que por otra cosa donde vivió Alejo Carpentier se abría a la noche como tantos espacios habaneros, aunque más discretamente. Sin música, ni mujeres hablando desenfadadamente en la puerta; las ventanas no colgaban tendederos repletos; un jardín bien cuidado; fuera de eso, idéntica a cualquier otra casa de Vedado, bajo una penumbra por momentos profunda. Los arbotantes encendidos brotaban ahí muy de vez en cuando. Andrea Esteban de Carpentier, vestida de blanco y con una afable sonrisa distante, de anfitriona, recibía en la terraza a los invitados. Un largo y bien cuidado pasillo conducía al lugar del fresco, entre vitrinas, floreros llenos, un grabado de Cuevas, otro de Gironella, una serie de Joan Miró. En el comedor, botellas de ron y tres platones de fruta preparada por toda cena. En la oscuridad me pareció ver un Portacarrero y un Amelia Peláez. En la esquina ajardinada donde mejor se está en esa casa conversa-Armando Hart, ministro de Cultura, los escritores Lisandro Otero y Miguel Barnet y otras personas; más tarde llegaría Antón Arrufat.
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