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Jerôme Monnet. Investigador del Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos.

México no es, no ha sido nunca y no será (probablemente) la ciudad más grande del mundo: esto es lo que nos enseñan los Resultados preliminares del XI Censo general de población y vivienda de marzo 1990, entregados en julio pasado por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática). La rapidez de la publicación, apenas unos cuatro meses después de levantado el censo, constituye un récord nacional y un muy buen desempeño a nivel internacional, del que se congratulan todos los que utilizan estadísticas. A pesar de eso, la presentación de las cifras ha provocado una tormenta de críticas y preguntas.

La sorpresa ha sido mayúscula: en lugar de los 85 millones de mexicanos previstos por el INEGI, oficina encargada del censo, y de los 90 o hasta 100 millones anticipados por ciertos demógrafos, la República Mexicana contaría en la actualidad con poco más de 81 millones de habitantes. La población de la capital arrojó otros resultados no menos inesperados. En 1980, el área conurbada de la Ciudad de México, integrada por las 16 delegaciones del Distrito Federal y los 20 municipios “conurbados” del vecino Estado de México, habría tenido 14 millones de habitantes. Para 1990, las proyecciones más serias anticipaban una población de 18 a 20 millones de habitantes, que hacían de la Ciudad de México, desde 1988, la ciudad más grande del mundo, por delante de Tokio y Nueva York (18-17 millones), de S?o Paulo y Shanghai (15-13 millones).

Resulta lógico pensar que cierto sensacionalismo quedó decepcionado ante el anuncio de que en 1990 la Ciudad de México sólo tenía 15 millones de habitantes. Por su parte, los investigadores se desconcertaron ante este fenómeno que negaba todas sus previsiones. Si se miran con detalle, los resultados son todavía más sorprendentes: las cuatro delegaciones centrales perdieron 700 mil habitantes, en tanto los suburbios de Nezahualcóyotl, Tlalnepantla y Naucalpan, cuya población había aumentado al doble entre 1970 y 1980, asistieron a una disminución neta durante la última década, al lado de periferias que se multiplicaron por tres o cuatro durante el mismo intervalo (Chalco y Chimalhuacán). Mientras se dispone de los porcentajes urbanos de crecimiento natural, el crecimiento del país (21.4% entre 1980 y 1990) puede servir de patrón para medir las enormes diferencias de evolución demográfica entre los 36 municipios y delegaciones de México. Dos municipios tuvieron un fuerte crecimiento de 260 a 290% en diez años; trece municipios y una delegación periféricos, un crecimiento de 40 a 110%; cinco delegaciones y dos municipios, una ligera alza de 18 a 35%; tres delegaciones y tres municipios, cierto estancamiento de entre -10 y +12%; finalmente las siete delegaciones centrales tuvieron una fuerte pérdida de 16 a 27% de su población (cf. mapa). En consecuencia hay que llegar a comprender cómo la misma ciudad pudo tener evoluciones tan contrastadas en el lapso de una década.

Ante estas cifras las reacciones periodísticas y científicas han sido muy violentas. Las más moderadas declararon que el censo resultaba dudoso; las más extremas, que se trataba de una manipulación del gobierno que maquillaba las estadísticas con fines políticos. Nadie podía permanecer indiferente, porque de todos modos había que explicarse las incoherencias y las rarezas que reveló la comparación de los censos de 1980 y 1990.

¿Sobre qué se fundan las dudas acerca de la validez de las cifras de 1990? En lo esencial yo distingo dos razones: por una parte, la credibilidad del gobierno está tan deteriorada que todo dato que proporciona resulta automáticamente sospechoso; por otra parte, los resultados no son los que esperaban. El primer motivo de duda tiene que ver con la confianza que una sociedad deposita en sus autoridades: que el censo de 1990 sea bueno no impedirá, entonces, que la gente no crea en su validez. Y esto prueba que la eficacia tecnocrática no es una garantía de eficacia política; es más bien esta última la que da su valor a aquélla. La segunda razón (la separación entre lo que se esperaba y lo que ha sido anunciado) ilustra por su parte la dificultad que hay en tomar en cuenta a una realidad nueva que no sólo contradice las proyecciones sino también, tal vez, ideas hechas.

Dos actitudes son posibles frente al censo de 1990: negar su validez y exonerarse de cualquier pregunta acerca de los cambios que pudo haber sufrido México en diez años, o bien, partir del postulado de que el censo es válido y tratar de explicar de otra manera eso que nos sorprende e incomoda. Esto último es posible si se consideran varios factores: la calidad del censo de 1980, la eventualidad de una “revolución demográfica”, los efectos acumulados de la crisis, los sismos y la desconcentración de la Ciudad de México, sin olvidar los “obstáculos epistemológicos” que pudieron distorsionar la percepción de los cambios.

Resulta evidente que hoy en día el INEGI no puede poner en duda los resultados del censo de 1980 porque se haría sospechoso de confesión interesada. Pero eso no impide que tal censo se preste a varias críticas. La más grave es haber tardado entre cuatro y nueve años en dar otros resultados que no fueran los preliminares, a causa de una centralización excesiva del tratamiento de la información, motivo por el que también en la actualidad no se pueden verificar los datos brutos. Porque parece que una serie de negligencias y de desgracias provocó la pérdida de una buena parte de los cuestionarios, de las actas y de las cintas magnéticas, lo que le quita a lo que queda todo valor cuantitativo; de tal forma, el terremoto de 1985 destruyó los datos económicos de 1980, de los que no había copia y antes aun de que fueran publicados.

Que no se pueda probar la validez de las cifras de 1980 abre la puerta a las dudas y a las insinuaciones de algunos que ven en las fantásticas tasas de crecimiento de la Ciudad de México entre 1970 y 1980, una sobrevaluación hecha por las autoridades locales con el fin de obtener presupuestos más elevados del gobierno federal. En apariencia esta práctica no ha muerto, ya que después de los recientes dramas provocados por la temporada de lluvias en varias zonas, los responsables han creído oportuno presentar cifras de, población dos veces superiores a las del censo. De tal forma, para ilustrar las virtudes mágicas de las cifras, Alvaro Obregón albergaría 500 mil habitantes espantosamente ricos, 500 mil extremadamente pobres y 200 mil personas de clase media (El Financiero, Ciudad de México, agosto 6, 1990, p. 63). No obstante, según el censo la delegación Alvaro Obregón no contaría sino con 643,500 habitantes (639,200 en 1980, 456,700 en 1970). Claro que hay que dudar; pero ¿cuál es la cifra más sospechosa?

Algunos elementos permiten pensar que el censo de 1990 puede ser de mejor calidad que el de la década anterior. Por ejemplo, la rapidez de publicación es un buen síntoma, en este terreno tanto como en el de las elecciones. En segundo lugar, este fue el primer censo organizado por el INEGI, lo que ofrece una posible garantía de independencia. En efecto, este organismo “desconcentrado”, que se creó en 1983, tiene una cierta autonomía jurídica y presupuestaria que no tenía la vieja Dirección de Estadística de la Secretaría de Programación. El INEGI se aplicó desde 1984 a la preparación del futuro censo que constituía su “prueba de fuego”, y con este fin realizó estadísticas previas que encontraron anomalías en el patrón de 1980. Los cuestionarios de las encuestas y las categorías utilizadas para el tratamiento fueron mejor concebidos; por ejemplo, la clasificación de las actividades y de los productos es más pertinente.

VARIACIONES DE POBLACION DE LA CIUDAD DE MEXICO, 1980-1990 (porcentajes decenales)

Fuentes: Anuario estadístico del Distrito Federal 1984, México, INEGI/DDF, 1984; Anuario estadístico del Estado de México 1986, Toluca, INEGI/Gobierno del Estado de México, 1986, Resultados Preliminares, XI censo general de población y vivienda 1990, México, INEGI, 1990; Atlas de la ciudad de México, México, El Colegio de México/DDF, 1987.

Cuando se publiquen los resultados definitivos y detallados, los especialistas podrán comparar estos datos con el resultado de sus propias investigaciones, para determinar la fiabilidad de unos y otros. Cada uno deberá cruzar varios indicadores sobre un largo periodo (por lo menos 1970, 1980 y 1990) con el objeto de establecer las convergencias y las coherencias que tal vez permitirán detectar los datos sospechosos (cf. Tabla). Pero también habrá que echar mano de los factores que explican los cambios reales en la Ciudad de México.

Se presentía, se fomentaba, se deseaba, pero evidentemente no se le esperaba tan pronto. Entre 1960 y 1980 la República Mexicana tenía una tasa de crecimiento que rozaba el 4% anual. Entre 1980 y 1990 no habría sido sino de un poco más de 2% por año: tratándose de una revolución, resulta en verdad una revolución. Pero ésta no lo sería tanto si se sospecha que el censo de 1980 está sobrevaluado, porque entonces habría que revaluar a la alza el crecimiento de la última década. En cualquier caso, ya sea que el cambio haya sido más suave y negociado desde antes de 1980 o realmente brutal en los últimos años, ¿es inconcebible que México haya entrado en su revolución demográfica?

La urbanización continua de la población con sus modificaciones de los modelos de comportamiento, pero también la emigración de las fuerzas vivas hacia el “norte”, los efectos de la crisis y del terremoto pudieron intervenir con mayor fuerza que la prevista. Digámoslo claramente: en todo el mundo las explicaciones de los fenómenos demográficos no intervienen sino a posteriori; la previsión de las evoluciones en este terreno aún es muy arriesgada. Pero no porque uno esté sorprendido por un acontecimiento se debe negar a priori que haya tenido lugar.

Los datos todavía no son publicados pero desde ahora se puede adelantar la hipótesis de que la crisis que comenzó en 1982 redujo fuertemente la atracción de la Ciudad de México. Si el éxodo rural parece persistir (lo que no sería sorprendente, en vista de la difícil situación del campo mexicano) se dirigiría de ahora en adelante a las ciudades medias, según los resultados preliminares. Estas ciudades, tradicionalmente estaciones de paso y origen de la migración hacia las grandes zonas metropolitanas (México, Guadalajara, Monterrey, Puebla) tal vez han captado el flujo en su propio provecho. Quedaría por explicar por qué las grandes ciudades han dejado de ser atractivas: ¿la válvula del sector terciario informal habrá sido incapaz de absorber a los nuevos inmigrantes?

Estudios posteriores tal vez nos den la respuesta, de la misma manera que nos dirán en qué momento la Ciudad de México dejó de importar población para comenzar a exportarla si se confía en los resultados preliminares, con +6.4% entre 1980 y 1990, el área conurbada de la Ciudad de México está muy por debajo del crecimiento natural del país (y también de su propio crecimiento natural, que debe ser inferior a la media nacional). Los 21 municipios y delegaciones de la capital que tienen un crecimiento superior lo deben sin duda, esencialmente, a la transferencia de las poblaciones provenientes de las 15 circunscripciones que exportan a sus habitantes. Queda por saber quién se ha ido, por qué y hacia dónde: sólo una respuesta satisfactoria a estas preguntas hará posible no dudar de las cifras que se nos proporcionan.

Mientras tanto se puede suponer que los sismos de 1985 llegaron a reforzar la tímida política de descentralización que los problemas de gestión de la ciudad y la crisis habían provocado. Parecía que todos estos efectos conjugados habían sido muy modestos: pocas administraciones y empresas habían seguido el ejemplo dado por el INEGI, cuya sede se trasladó a una ciudad de provincia y sus actividades se repartieron en diez direcciones regionales, luego del terremoto que destruyó algunas de sus oficinas y de sus censos. Tal vez la catástrofe tuvo un efecto más importante del previsto, tanto para volver más masivas las redistribuciones internas de población en la ciudad, como para detener las migraciones a la Ciudad de México, e incluso para favorecer la aparición de un movimiento inverso.

Sí, todo el centro de la Ciudad de México se va quedando sin gente. Pero esto no asombra a los que conocen la evolución de la ciudad: desde 1950 la delegación Cuauhtémoc, que incluye el centro histórico, nunca ha dejado de perder población. Desde 1970 las cuatro delegaciones centrales habrían perdido una tercera parte de sus habitantes. Tan sólo la aceleración y la extensión de este éxodo resultan notables en la última década de aquí en adelante la evolución afecta a las 7 delegaciones más antiguamente urbanizadas, que en diez años pierden entre 16 y 27% de su población.

Disponemos de varias suposiciones para explicar esto: una eventual sobrevaluación de 1980 acentúa la evolución ulterior; ahí es donde los sismos golpearon más fuerte con el mayor número de decesos y de desalojos; ahí la población tiene mayor edad, más estudios y está globalmente más acomodada que en otras partes, lo que no puede sino acelerar la revolución demográfica. Y para terminar, la crisis ha colaborado en la evolución funcional del centro que se hace en detrimento del hábitat, progresivamente empujado hacia la periferia por las políticas urbanísticas, la especulación inmobiliaria, el aumento de las molestias y de la contaminación, etc. Esta evolución es común a la Ciudad de México y a otras grandes metrópolis como París, Londres o Nueva York, en las cuales el despoblamiento en beneficio de las actividades terciarias, en un principio limitado a los barrios más céntricos, se extiende enseguida más ampliamente. 

Para comprender las reacciones ante la publicación de los resultados preliminares del censo de 1990, hay que tomar en cuenta las anteojeras psicológicas que pudieron contribuir a la sorpresa general. En efecto, bien enraizada en la manera de pensar estaba la costumbre de considerar a México como la ciudad más grande del mundo, o a la República Mexicana como un país del Tercer Mundo. Se podía obtener provecho de estas situaciones: la política exterior del gobierno hace de México un “líder” del Sur; nosotros mismos, los investigadores, geógrafos, sociólogos y urbanistas podíamos enorgullecernos de estudiar “el” fenómeno urbano del siglo XX y de vez en cuando ceder a la tentación de exponer ideas hechas en lugar de seguir cuidadosamente las evoluciones que las cuestionan.

De aquí en adelante el crecimiento demográfico del país (2.1% anual) se aproximaría al de Argentina (1.6%), Corea del Sur (1.4%) o incluso al de Portugal (1%), en lugar de acercarse al de Nicaragua (3.6%) o Kenya (4.0%). Esto obliga más que nunca a revisar el concepto unitario de “Tercer Mundo”. Y habría que admitir que estudiarnos una ciudad cuyo tamaño no es único, a pesar de ser imponente: es posible que S?o Paulo y Shanghai ya estén más pobladas que México, y resulta probable que pronto se disputen el título de la más grande metrópoli mundial. Habrá que determinar en qué medida el cliché de “la ciudad más grande del mundo” no fue una especie de fantasma que deformó la percepción de la Ciudad de México durante los últimos diez años y que impidió dar su justo valor a los elementos que indicaban que el crecimiento de la capital ya no era el que había sido.

¿Lo anterior permite pensar que quedan menos cosas por hacer en la Ciudad de México? Los problemas, la contaminación, el tránsito, ¿serán menos difíciles porque de un solo golpe somos menos numerosos de lo que creíamos ser? Evidentemente no. Y si en verdad todas estas cifras no fueran sino una gigantesca mentira destinada a preparar otra, electoral, no veo de ninguna manera qué problemas reales se ahorrarían las autoridades al declararlos simplemente inexistentes. En el peor de los casos la manipulación del censo retrasaría la percepción de una realidad dramática que por su parte se encargaría de hacer pagar esta negligencia. En el mejor de los casos, hoy nos encontramos con los mismos problemas que ayer (¿por qué habrían disminuido?). Al tener los medios para medirlos, también tenemos los medios (limitados, no soñemos) para resolverlos mejor.

No se trata aquí de “defender” el censo de 1990: él sólo se defenderá y todos los análisis e investigaciones por venir se encargarán de invalidarlo o de confirmarlo. Los resultados preliminares nos han dejado a todos incrédulos: para explicárselos, parece que al lado de una legítima desconfianza ante las cifras y de una posible ceguera frente a las evoluciones, deben tomar su lugar poderosos factores de cambio demográficos que tal vez conduzcan a la sociedad mexicana al umbral de un nuevo periodo de su historia.

Variaciones de la población del área conurbada de la Ciudad de México (porcentajes)

Fuentes: Anuario estadístico del Distrito Federal, 1984, México, INEGI/DDF, 1984; Anuario estadístico del Estado de México, 1986, Toluca, INEGI/Gobierno del Estado de México, 1986; Resultados preliminares, XI censo general de población y vivienda, 1990, México, INEGI, 1990.