El 18 de marzo tuvieron lugar las primeras elecciones libres y democráticas en la RDA. Las primeras y las últimas. Antes de que acabe el año, los alemanes se habrán puesto de acuerdo para constituir un solo espacio económico, monetario e incluso estatal. El tiempo interalemán trastorna los calendarios diplomáticos, en Washington y Moscú, en Londres y París, y también en las sedes de la CEE y de la OTAN en Bruselas. Ya no existe la RDA. Diariamente, entre dos y tres mil alemanes del Este se pasan al Oeste. Van desagregándose los tejidos económico y social, ambos frágiles, el primero por los cuarenta y cinco años de errores y de negligencias, el segundo porque nunca estuvo integrada la sociedad, a excepción de algunas Comunidades. En otras palabras, cualquiera que sea la amplitud de la quiebra económica, ya no existe la RDA porque nunca existió: no fue nunca un estado libre e independiente. Al contrario, hubo siempre, aunque a veces de manera parcial o decreciente, una interpenetración de ambas sociedades o, mejor dicho, un intercambio tan desigual que la sociedad menos integrada, menos estructurada, menos democrática y menos rica dependió de la más liberal.
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