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En las últimas semanas el país recibió un par de anuncios del gobierno dignos de administraciones del siglo pasado: la creación de una paraestatal y una política de control de precios. Esas historias ya las conocemos y sabemos los fracasos que significaron, pero vayamos al fondo.

Ilustración: Víctor Solís

Asia no sólo empieza a superar la crisis de covid sino que está sacando a su población de la pobreza, lo que hace que mucha gente en la región sustituya la leña por gas LP.  Adicionalmente, las refinerías —sobre todo en oriente— empiezan a migrar hacia la petroquímica. Esto hace que la demanda de gas LP aumente de forma considerable mientras que la oferta se sostiene, lo que ocasiona que suba el precio internacional del gas LP. Si consideramos que al menos el 75 % del gas LP en México es importado, significa que dependemos de los precios internacionales. Ojo aquí: si Pemex da el gas por debajo de los precios internacionales, estaría perdiendo (más) dinero.

¿Puede hacerse algo para minimizar el impacto en la población en general? Es probable que incentivar la competencia impulse una mayor eficiencia en las empresas, lo que disminuiría los costos de algunas partes de la cadena de suministro; sin embargo, el beneficio sería marginal.

¿Se puede hacer que el impacto de esta alza de precios impacte menos a los mexicanos que más necesitan el gas? Sí, con programas de subsidios focalizados, que de hecho están previstos en el marco legal mexicano.

Pero el verdadero problema es el alto costo del producto, para lo que este gobierno ideó dos cosas.

En primer lugar, crear una empresa del Estado que ofrezca el gas a precios bajos. Ello significa un costo logístico enorme, que se suma al costo del subsidio. O sea: si alguien ofrece un tanque por 200 pesos donde cuesta 500, o esos 300 pesos los pagó alguien o es dinero que el gobierno dejará de invertir en salud o en educación.

En segundo lugar, esta semana inició un proceso para regresar al control de precios. Este último mecanismo tiene un problema: llevar el gas hasta los hogares mexicanos tiene un costo, que se suma al costo del producto. Si el control establece precios por debajo del costo real de llevar el gas, las empresas tendrían todas las razones necesarias para no operar, evitar tener pérdidas y, salvo que el gobierno esté dispuesto a subsidiar la diferencia entre precios máximos y costo, se generaría un desabasto.

El desabasto generaría un efecto adicional: un mercado negro, con costos más altos que el mercado con precios regulados. Esto imposibilitaría que los hogares más pobres compren los tanques; por lo tanto, usarían combustibles más sucios, como la leña o el carbón, con los daños a la salud que implican.

Pero, en el fondo, lo que hay es un extravío de las verdaderas necesidades de la población —además de un desconocimiento sobre cómo funciona la economía.

Veamos, ¿para qué usan los hogares el gas LP? Para calentar agua y cocinar alimentos, principalmente. ¿Hay alguna forma de calentar agua y cocinar que pueda tener costos accesibles y estables para los hogares? Sí, empezando por calentar agua. Ya son millones los mexicanos que utilizan el sol para calentar agua, y hay soluciones viables por menos de 10 000 pesos; así, los hogares dejarían de usar gas LP o lo usarían sólo como complemento o en caso de emergencia, con lo que el gasto en gas disminuiría un 65 % o más.

Ahora, ¿preparar alimentos? Hace 20 años cocinar con electricidad era caro e ineficiente, pero tecnología como la inducción permite tener costos energéticos bajos y satisfacer las necesidades de los hogares.

La adopción de estas tecnologías, en conjunto con paneles solares, brindaría más independencia a los usuarios y contribuiría a la mitigación de emisiones y a la lucha contra el cambio climático. El problema es que todo esto requiere visión de futuro y estar dispuestos a cambiar y adoptar tecnología nueva, aunque ya madura. Pero este gobierno está buscando mantener un sistema que incluye modelos y tecnología de hace 40 años ligados al sueño petrolero del presidente.

De seguir con estas políticas, terminaremos sin empresas interesadas en abastecer el mercado, lo que significa desabasto, pérdida de inversiones y, lo que es peor, ningún beneficio para el consumidor —quien será aún más afectado.

Después de la segunda mitad del siglo pasado fueron necesarias tres décadas de aprendizaje para crear mercados que estaban en rumbo a ser exitosos. Al parecer, empoderar a gente sin conocimiento económico e histórico nos retrasará varias décadas.

El costo no sólo será económico: afectará la salud y el bienestar que este gobierno dice busca crear y frenará la transición energética. Y todo por olvidar que lo importante no es dar gas o combustibles a la gente, sino procurar que tenga acceso a la energía para satisfacer sus necesidades.

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

 

Un comentario en “Es la energía, no el gas

  1. ESTAS SÍ SON PROPUESTAS SENSATAS Y PROBADAS. YO USO PANELES SOLARES DESDE HACE 40 AÑOS CUANDO ERAN INEFICIENTES Y CAROS. HOY CALIENTO EL AGUA CON SOL Y CON ELECTRICIDAD GENERADA CON CELDAS. PURO SOL. ASÍ SE PUEDE PROTEGER A LOS CONSUMIDORES; UE PENA DA LA IGNORANCIA DE LOS QUE MANDAN