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A Los Cinco

I

El viaje, para mí, fue una experiencia extraña. Aunque yo originé la expedición con cinco de mis amigos más queridos, la travesía en dos coches por Puebla hacia un poblacho equis en Veracruz, en zona montañosa, me exasperaba por razones ajenas a las peripecias del trayecto, sobre todo cuando comenzamos a extraviarnos en carreteras secundarias y fantasmagóricas a causa de la neblina, esa agua ni líquida ni sólida ni volátil.

Siempre me ha gustado viajar en auto con mis amigos, pero siempre, al mismo tiempo, he padecido los roces (grandes o nimios) entre ellos y conmigo. En esta singular excursión hacia un sitio que nadie conocía y donde nadie nos imaginaba siquiera, alguien sugirió que la tripulación en ambos vehículos variara; no sólo el conductor o la conductora sino el copiloto y aquél que, por tener turno en el asiento trasero, tenía asimismo derecho a dormitar. A pesar de esta sabia medida, empezamos a exhibir el desgaste conforme las medias horas se tornaban en horas, los jirones se volvían bancos de niebla tupida y los lugareños, cuando les pedíamos auxilio, nos miraban con hosca extrañeza.

Yo luchaba conmigo mismo para no extraviarme en cierto mal, malestar o maldición que a veces hacía presa, como hiena del tobillo de su víctima, de mi mente o sistema nervioso, tal vez sean lo mismo: lo que en el lenguaje corriente se llama paranoia, ese extremo del miedo irracional que se basa en vagos indicios que a veces resultan ser ciertos. Ahora bien, ser experto en tu mal no es, para nada, exención. Lo normal es que la familiaridad te lo agrave.

Esas seis personas no estábamos haciendo nada fuera de la ley. De otro modo, la naturaleza de mi temor no hubiera sido fantástica. He aquí los hechos: habíamos zarpado de Ciudad de México en busca de cierta boñiga, bosta o excremento del ganado local dotada de alto valor espiritual y un modesto valor mercantil. En pocas palabras, la caca humeante de esas vacas, al yacer en la tierra feraz veracruzana en ciertas condiciones de humedad, niebla y calor, produce ciertos hongos mágicos, ignotos en otras partes. A ellos, o a parientes cercanos, alude fray Bernardino de Sahagún en su célebre Historia general de las cosas de Nueva España en el párrafo dedicado a “ciertas yerbas que emborrachan”:

Hay unos honguillos en esta tierra que se llaman teonanácatl. /…/ Comidos son de mal sabor. Daña la garganta, y emborracha. Son medicinales contra las calenturas y la gota. Hanse de comer dos o tres nomás. Los que los comen ven visiones y sienten bascas del corazón, y ven visiones a las veces espantables y a las veces de risa. A los que comen muchos de ellos provocan a luxuria, y aunque sean pocos. Y a los mozos locos y traviesos dícenles que han comido nanácatl.

Mientras errábamos extraviados haciendo preguntas a cuál más de sospechosas e idiotas, o dando vueltas en U, mi cerebro exudaba espanto: que los pazguatos pero temibles policías locales nos tuvieran por presa fácil para robarnos o extorsionarnos o encarcelarnos y tal vez violar a las tres mujeres de la ingenua expedición capitalina.

Éramos tres varones y tres hembras en dos coches pequeños de bajo consumo de gasolina. Dos de esas mujeres regresaron hace muchos años a sus respectivos países en Europa, ese continente de países pequeños y monoteístas. Uno de los hombres volvió a su más bien grande país sudamericano. Los tres mexicanos nos dispersamos. Muy poco, casi nada, sé de ellos; y siempre por vía indirecta.

Fuimos cercanísimos. Amantes amistosos; marido y mujer en un caso; miembros de un triángulo en otro; par de amantes en ese momento; amigos con mismo domicilio… Teníamos treinta y tantos años. Nunca —en esa travesía o en experiencias posteriores— hubo una disputa que nos llevara a quitarnos la palabra. Y sin embargo.

Ilustraciones: Patricio Betteo

II

La transacción se llevó a cabo. La observé, si ésa es la palabra, en la penumbra del crepúsculo, desde mi asiento de copiloto, donde cavilaba sobre lo poco que nosotros seis (salvo la sueca) sabíamos del campo y sus tragedias y bondades, y lo extraños y sin duda ridículos que éramos para esas gentes que nos vendían esa carne de los dioses, esas setas exóticas, ese ingreso al éxtasis o al infierno, al más allá del cerebro.

No hubo maltrato ni burla ni sombra de amenaza. Los tres varones sombrerudos, por su parte, y la hembra y dos hombres sin sombrero, por la nuestra, estrecharon sus diestras afablemente. Como el mexicano de la terna negociadora recibió la bolsa y él manejaba mi coche, arrancamos en silencio, seguidos por el otro trío, y no dijimos gran cosa, aunque estábamos sin duda exaltados.

Y extenuados. A una treintena de kilómetros nos detuvimos para tomar un poco de ron con jugo de limón y atragantarnos una bolsa de papas fritas de bolsa y fumar seis cigarrillos y vigilar la carreterita y decir casi nada. Dividimos el exquisito botín en dos bolsas de plástico opaco. Cuatro votos argumentaron gula de lo desconocido y gran fatiga para que buscáramos un hotel donde cenar, descansar y consumir los primeros mordiscos de teonanácatl.

Dos nos opusimos. La zona no era en absoluto hotelera, por lo que (en el mejor de los casos) no habría buenos cuartos y alimentos y baños y privacidad, para no mencionar la posibilidad de que algún cuerpo policiaco ya estuviera alertado sobre nuestra errancia carretera y el alto en cierta pequeñísima comunidad.

Los paranoicos (o razonables) ganamos la votación sin apelar al derecho de veto. Una vez que salimos del estado de Veracruz y además llegamos a la autopista y luego a la razonable planicie del Altiplano, nos detuvimos en un changarro a devorar detenidamente una delicada y olorosa barbacoa envuelta en brillosas hojas de plátano que salpicamos con salsas borracha y verde y acompañamos de un poco de pulque o cerveza. Teníamos que estar felices y sobrios para llegar al rancho de la familia de uno de nosotros y ya entonces disfrutar de algún licor y de suculentos quesos, amén de jamón serrano de Perote.

Sabíamos que en nuestro paradero habría excelente queso fresco, agua tibia en la ducha y la piscina, tortillas de primera y esos cielos interminables del Altiplano sin los cuales México no sería un país sino muchos, un agregado delirante de costas y valles y cordilleras y lenguas y acentos y costumbres locales. El Altiplano es, en efecto, la mesa central que reúne un país de extremos. Volví a sentirme en paz, sin el temor agudo e incierto producido por la neblina y las siluetas fantasmales de aquellos campesinos de ojos penetrantes.

En mi descargo debo decir que tres años antes mi mujer, mi hija, ese mismo coche y yo habíamos sido hechizados por un brujo de Catemaco.

III

Cuando llegamos al rancho, todos estábamos más exhaustos que exaltados, lo cual —a esas horas próximas a la madrugada— era buena cosa. Yo no paraba de sentir y de pensar, de sentir y de pensar, pero no recuerdo lo que pensaba, ni siquiera lo que sentía. Comí algo de brie y quesillo y jamón, y saboreé un ron muy añejo como en sueños. Antes de lavarme los dientes y meterme en la cama y dormirme como un niño, le di un mordisco a una seta. No recuerdo más, hasta la delicia mañanera de unos huevos revueltos con jitomate, cebolla, perejil y trocitos de tocino escoltados por unas tortillas de maíz amarillentas que no eran de este mundo. ¿O era mi paladar el que ya no era de este mundo? Y la salsa de chile de árbol seco…

Luego me di un buen regaderazo. Agua vagamente salobre. El sol estaba muy guapo; muy útiles eran las nubes que lo velaban a ratos. Una gruesa manguera, como anaconda negra, llenaba la alberca. Si la felicidad era esta sensación de placer concatenada con sensaciones más misteriosas, la felicidad era cosa muy buena. Sentir las púas de tres días de barba era un gozo, la viveza y el asombro de la adolescencia, junto con cierta suspicacia de animal joven. ¡Qué bueno que no empezáramos el banquete allá en Veracruz!

No sé si me doy a entender. Siento que me estoy tropezando con las palabras. A veces soy muy silencioso. La percepción de mi cuerpo al sol y al aire concentraba toda mi atención, como el oboe en un concierto para oboe donde todos los demás instrumentos son más lucidores. Oía a mis cinco amigos hablar, a ratos, mas no el contenido estricto de sus palabras, que confiaba estar guardando en una memoria simultánea pero aparte. Les miraba sobre todo los ojos y los pies, porque en mí los ojos y los pies eran —después del gusto— los instrumentos más sensibles en aquellos momentos iniciales.

¡Lo terrosa que es la tierra, lo transparente que es el aire (por lo menos en el Altiplano)! Y lo humanos que son los humanos. Observaba a mis amigos. Hasta cierto punto me colaba dentro de ellos. ¡Cómo los amaba y desde ya tanto tiempo!

Los hongos olían y sabían a miel de abeja, pero olían y sabían a carne subterránea. Olerlos, paladearlos, masticarlos, tragarlos. Olfatear la vianda, percibirla con los labios, indagarla con la punta de la lengua y las papilas, hincarle el diente delicado en sus capas y sus jugos.

Hay gente que se imagina lo que espera de los banquetes del sexo, la comida, el arte. Yo, no. Yo siempre me sorprendo con el goce. Desde chico desconfié de las promesas de alegría y placer que rara vez se cumplían. Siempre que me besan, respondo con gratitud y deleite.

Por otro lado, no quería que los hongos me subsumieran en la naturaleza. No deseaba que ellos me comieran a su vez. Me importaba conservar la movilidad de las piernas, la agudeza de la vista, el disfrute del tacto y del olfato y del oído, lo mismo que el poder irónico de la inteligencia. Mi mente gozaba tanto como la epidermis de la amistad sutil de esas setas cuya divinidad era el agua. Uso la palabra “divinidad” a falta de una mejor.

He leído y oído que ante todo no se debe uno meter en el agua, pero es una idea absurda y contra natura. La dicha de estar en el agua es casi absoluta para la piel, que entra en una condición de serenidad y solaz (quizá es éxtasis) que es profundamente sensual pero no sexual y que es muy apacible, pero sin nada del Nothingness que se le atribuye al nirvana.

Como ya dije, prefiero no enredarme con las palabras, aunque me gustan mucho.

En algún momento me aparté de mis amigos, embebidos en sus propias sensaciones, y recorrí la amplia pero modesta casa, dotada de cuartos parcos para los hijos o parientes o amigos, y me zampé en la cocina una pierna de pollo de cuatro mordidas. También devoré medio aguacate y bebí dos vasos de agua de jamaica y me dirigí al amplio baño y abrí la regadera y me desvestí y dejé que el agua me rociara y acariciara, mientras yo lloraba de no sé qué congoja antigua y del alborozo presente.

La tierra de los hongos por dentro de mí. El agua bendiciendo mi epidermis. Así pasé no sé cuánto tiempo, hasta que se abrió la puerta y entre el vapor acumulado oí exclamaciones:

—¡Está aquí!

—¡Está en la regadera!

—Lo encontramos!

Mis cinco amigos me miraban y yo los miraba a ellos.

—¿Estaban preocupados?

—Un poco.

—Una disculpota.

Enseguida se desvistieron y uno por uno fuimos compartiendo el agua lustral.

Luego nos vestimos y un par fuimos a cosechar (si así se dice) arúgula y rábano y otro a picar jícama y cebollín y otro a comprar cervezas y cigarros y refresco de cola. El carbón ya se hallaba en combustión bajo la parrilla. El fuego y el viento, los otros dos elementos, también estaban con nosotros.

IV

Después del asado de grandes t-bones y pimientos, en algún momento me eché a andar. Atravesé el huerto frutal y sin darme cuenta crucé el sutil límite con otra propiedad, un rancho en regla, con un maizal cuyo fin no estaba a la vista, a mi derecha, y un amplio sembradío de zanahorias, apio, coliflor. Más allá un vivero en que asomaban sus cabecitas no sé qué plantas.

Un hombre de unos setenta años se tocó el sombrero para saludarme. No le percibí el rostro, así que me acerqué para vérselo y conversar. No logré lo primero.

—Ésta es propiedad privada, caballero.

—Vengo del rancho El Atardecer. Por lo visto, me extravié.

—No se preocupe. Yo le indico cómo volver.

—Más bien quiero salir a la carretera.

—Yo le indicaré.

Ni por el acento ni por la ropa distinguí si se trataba del propietario que cuidaba su hortaliza o de un empleado de confianza.

—Una disculpa.

—No se fije. La salida está a sesenta metros a su izquierda, hasta la barda blanca, y luego otros cien a la derecha.

—Muy amable. ¿Quizá pueda auxiliarme con otra cosita?

—Usted dirá.

—Estoy buscando agua que corra. Un arroyo.

—Ah, caray. Aquí el agua que corre sólo la encuentra en los canales de riego, en las mangueras y en las tuberías. En esta época, en las noches se sueltan aguacerazos, eso sí.

—Muy amable de su parte. Buenas tardes.

—Buenas las tenga usted.

Me toqué el sombrero flamante que hacía un par de años me había comprado en Saltillo antes de darme una vuelta de turista memo por el desierto y recoger (o más bien comprar) fósiles de millones de años atrás. Cuando llegué a una verja roja igual a tantas verjas rojas medio despintadas en los campos del mundo, simplemente descolgué el candado, salí y volví a colgarlo.

Me eché a andar a un paso que indicara que me dirigía sin prisa a un lugar concreto. Seguí la carretera de dos carriles de asfalto caliente; una pick-up, un colectivo casi vacío, un par de coches de ricos pasaron con prisa en sentido contrario, impregnándome de aire caliente y metálico.

La gente no me interesaba en esos momentos. Tampoco se me antojaba internarme en la vegetación y tal vez conversar con alguno de sus individuos; no le veía la utilidad. Me interesaban mis sensaciones —en los pies, la piel, los oídos— y la búsqueda de agua. A lo lejos a ratos me parecía ver un canal, o más bien una línea recta de metro y medio de ancho en medio de cultivos.

Mientras aireaba mis pulmones tabacosos y esmogados y sentía los accidentes del terreno con las plantas de los pies, el tiempo pasaba a mi lado. De reojo fisgaba a la gente local que me espiaba desde sus ventanas o me estudiaba desde sus bicicletas detenidas para conversar. No había nada que ver que no fuera como el kilómetro anterior o el anterior. Todo era plano, sin un solo pinche cerro. El tufillo de boñiga de vaca o equino era, a su manera, refrescante. Arranqué con todo y raíces una mata pequeña de epazote silvestre.

Sentí pasos rápidos detrás de mí, me volví alarmado. Era un niño de unos once años que corría a todo lo que le daban las fuertes piernas y el miedo o la urgencia. Lo miré hasta que dejó de estar a la vista, con sus pantalones grises, que le quedaban un tanto cortos, y una playera del Cruz Azul.

Me puse a mascar un poco de hongo, caminé otros cincuenta metros y decidí volver al rancho. Admití que estaba aburrido y cansado y me moría de sed y de ganas de mear. Cambié de lado del camino y a poco más de medio kilómetro descubrí el modesto oasis de una pequeña miscelánea que carecía de letrero de Pepsi-Cola o Cerveza Superior pero que contaba, a seis metros, con un árbol añoso y chaparrón a cuyo amparo alivié la vejiga. Recobré la dulce embriaguez honguera. Me recargué en el tronco. Saludé a un perro pelón que de seguro no estaba acostumbrado a la cordialidad humana, porque salió corriendo. Cavilé sobre la aburrición y la tristeza de la vida pueblerina. Me apresté para hablar con mis semejantes.

Pasé del sol a la penumbra fresca, alumbrada por un foco pelón de sesenta vatios fatigados. Tres varoncitos —uno de ellos un niño— me miraban sin expresión, así como una adolescente con jeta de profundo profundo tedio o asco por todo, forasteros incluidos. Me cayó bien de inmediato, pero me guardé de sonreírle.

—Buenas tardes —logré articular.

—Buenas —dijo el individuo de unos ocho años.

No había refrigerador, sino una hielera de cerveza Victoria de donde extraje, luego de casi un minuto, dos jugos dizque naturales y un refresco carbonatado para la caminada de regreso. Al levantar la cabeza, descubrí que tenían charritos enchilados de una marca extinta en la capital y tamarindos secos, y la joie de vivre volvió a mí. Como también se me antojó mucho fumar, pedí mi marca favorita de cigarros sin filtro.

—¿No prefiere Marlboro o Winston o Commander? —preguntó el varoncito de en medio al entregarme la cajetilla. (El mayor nunca dijo palabra, como si fuera un patrón severo.)

—No, gracias. Y unos cerillos. ¿Tendrán una bolsa para meter todo? De plástico o de papel, no importa.

—¿No trajo bolsa? —espetó la mujercita.

—No. Lo siento mucho.

Se miraron entre sí. Apenado, expliqué:

—Sólo salí a caminar, no pensaba comprar nada —y de inmediato me sentí avergonzado de utilizar una expresión urbana incomprensible para gente que sólo camina por necesidad.

—Ve a buscar una bolsa allá atrás —ordenó la hembra al de en medio.

Los tres restantes guardamos silencio un par de largos minutos que utilicé en darles la espalda y mirar hacia afuera, donde tampoco nada sucedía ni sucedería, como no arrollara un vehículo al perro misántropo.

El enviado a la trastienda volvió con una bolsa transparente pringosa en la que el mayor metió mi compra, y estaba a punto de amarrar las asas cuando lo detuve:
Así está bien, no te preocupes. Muchas gracias, buenas tardes.

Nada más me faltó decirles “Mucho gusto”.

Sentí que sacudirían el aire para echar afuera mi exceso chilango de palabras y me eché a andar y ya se acostumbraban mis ojos a la luz del exterior, declinante por cierto, cuando la voz del niño me detuvo:

—No pagó, señor.

—¡Chale! ¡Mil perdones! —exclamé.

Regresé al mostrador y pagué con un billete. El mayor me dio el cambio sin explicaciones sobre el precio de las cosas. Después de todo, todos lo sabemos.

—¡Hasta luego! —todavía dije al salir.

—Staluego —musitó el de en medio.

Me eché a andar, bebiéndome con avidez de niño el jugo de guanábana. Luego empecé a zamparme la bolsita de charritos, que me removió jugos gástricos de la pubertad. Ah, nostalgia que engendra cierta comida chatarra inolvidable. Luego, mientras abría el jugo de guayaba, oí la voz de un niño que corría:

—¡Joven, joven! ¡Su cambio!

Me detuve y lo miré con recelo.

—Ya me lo dio tu hermano.

Me ofrecía dos billetes de un peso que acababan de salir de circulación.

—Quédatelos, niño. Quédatelos.

—No, señor. Es su cambio. ¡Mi hermano sumó mal!

—Quédatelos de propina.

—Yo no le serví, señor. No tiene por qué darme propina.

—Contéstame algo y te ganas esos pesitos.

No dijo nada con la boca o la mirada.

—¿Hay algún arroyo o por lo menos agua corriente por aquí?

El niño se puso a pensar, como niño que era.

—No, hasta el Acueducto. Buenas tardes —me dijo metiéndome los billetes en la bolsa de plástico y trotando hacia el negocio familiar.

Caminé unos cien metros contento.

Un kilómetro después, estaba cansado y de malas.

Poco después, me tomé la mitad de la bebida carbonatada de toronja y el poquito de hongos que me quedaba.

Me gritaron “¡Pinche chilango puto!” desde un Audi de júniors borrachos.

Seguí caminando.

Una señora caminaba hacia mí, pero evitándome, y con toda amabilidad le pregunté:

—Disculpe, muy buenas tardes, ¿el Acueducto?

—¿Acueducto? —y apretó el paso.

—¿El rancho El Atardecer?

No me contestó.

Unos veinte minutos más tarde, me sentí seguro de que había llegado a la puerta —apenas vista en la madrugada— del rancho de la familia de mi amigo. Como pasaba un labriego, le pregunté:

—Muy buenas tardes, señor, disculpe, ¿éste es el rancho El Atardecer?

—Lo es.

—Muchas gracias. Y, ¿sabe usted dónde está el Acueducto?

—Allí mismo, señor. Mire.

V

El tal acueducto medía digamos seis metros de largo, cuarenta centímetros de ancho el ducto y de altura casi tres metros. Provenía de la tubería municipal y desembocaba en una cisterna bajo techo de El Atardecer. A lo largo de un par de metros el agua corría a cielo abierto; si era con propósito de oxigenación, o mera coquetería del arquitecto, lo ignoro.

Lo trepé sin dificultad a cuatro patas por la parte cubierta y me recosté bocabajo, metiendo la mano izquierda y luego la derecha en el flujo manso y casi tibio aún. Esto era lo que andaba buscando desde que salí del rancho y conversé con el señor Muerte de sombrero y perfecta cortesía mexicana: este placer o más bien dicha de saberme parte del agua y, por momentos, ser agua misma. La sensualidad y el encanto de mi elemento me cautivaban el alma a través de la piel y el oído.

Recordé al gran Turner, pintor como ninguno del mar y de los barcos, aquella vez que se hizo atar al palo mayor para vivir una tempestad desde dentro. Eso para él era la encarnación del concepto romántico de Lo Sublime. Yo no tenía (ni tengo) noción o anhelo de sublime. Y no sabría qué adjetivo ponerle a aquel deleite dulce y como eterno de mi aguacidad.

Me metí de cuerpo entero en el flujo, levantando la cabeza sólo para respirar hondo. De niño me metía así en un arroyo del bosque de La Marquesa y miraba desde dentro las nubes y las copas de los pinos. El crepúsculo fue cayendo y el agua se enfriaba un poco, volviéndome anfibio como en la adolescencia fui nadador, y disolviéndome molecularmente, felizmente, casi totalmente, cuando un último rayo de luz en los ojos me hizo pensar en mi hija y en mis amigos y saqué la mano para agarrarme del cielo (como si fuera cosa de todos los días) y en ese momento las manos de tres de mis amigos me sacaron del maná y me envolvieron en un suéter azul de lana gruesa y me bajaron de ahí y me echaron encima una lona ligera verde oscuro y me obligaron a trotar al baño, donde me dejaron solo pero supervisado bajo la ducha, que abrieron a todo lo que daba con sólo agua calientita. Mi piel sentía y sabía todo lo que yo sentía y sabía.

Cuando me puse a cantar (ya no recuerdo qué) mis amigos entraron con dos toallotas felpudas deliciosas y —como perros San Bernardo— con un ron triple que no era tan bueno, lo noté de inmediato, como el de la primera noche. Poco a poco, pero sin mayor esfuerzo, volví a nuestro mundo, bajo techo y entre paredes y muebles y adornos parcos y la chimenea danzante y calurosa. Me vestí con la ropa mía que me dejaron al amor del fuego y me les allegué en la cocina, donde conversaban sobre cosas fundamentales como las verduras, la fruta y los peces que limpiaban y desescamaban y manoseaban y aderezaban.

No expliqué nada; no preguntaron nada.

Cenamos con un blanco seco de Baja California y conversamos de todo un poco y alguien puso un disco del Sexteto Habanero y bailamos con esa vieja cadencia cubana sin par y nos fuimos a dormir. Yo, en paz, un poco exhausto.

A las cuatro me despertó la lluvia. Hacía fresco. Me puse vaqueros, playera, sudadera, sandalias de hule, una chamarra de gabardina a prueba de goteras y sombrero de paja con funda de plástico. Primero fue llovizna que el viento arrojaba contra paredes y ventanas. Después, aguacero. Lo recibí de pie, encantado.

Luego que amainó, me senté en la orilla de la alberca, con los pies dentro. El agua vertical sobre el agua horizontal era tan hermosa como siempre. Me abracé a una de las patas del trampolín y al cabo de un rato me quité el cinturón y me ceñí el bíceps izquierdo a un orificio del trampolín mismo, por sentido común, para no ahogarme como Narciso, mientras se fundían —como al principio del tiempo— lo divino y lo material.

(Cuando amanecía, mi exmujer salió a darse un chapuzón y me encontró allí, más despierto que dormido. Me ayudó a quitarme el cinturón de cuero hinchado del bíceps un poco inflamado y me acompañó a mi cuarto. Le di las gracias y lo que me quedaba de teonanácatl. Ya no lo necesitaba.)

 

Héctor Manjarrez
Escritor. Algunos de sus libros: Historia. Cuentos reunidos, Yo te conozco y El bosque en la ciudad.

 

2 comentarios en “Agua bendita

  1. Me parece un relato muy disfrutable, muy de carne y hueso; esto no destierra lo sublime, aunque el narrador dice no buscarlo. Es un cuento con ese sabor de inminencias que sus lectores ya asociamos con la obra de Héctor Manjarrez.

  2. Para variar, otra muestra, una más, de la magistral escritura de Héctor Manjarrez. De lo mejor.