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Después de transitar por una experiencia heterodoxa en la literatura, el arte y el pensamiento, los filósofos y ensayistas Andoni Alonso e Iñaki Arzoz llegaron hace dos décadas a la conclusión de que tras “la instauración del cibermundo y de la cibercultura, de la globalización y el internet, de todas las tecnologías modernas, había simplemente una cuestión religiosa”. La época tecnológica se les revelaba como una reciente ciudad de Dios —en alusión a la célebre obra de san Agustín—, pero contrarios a proclamar una nueva utopía concluyeron que se enfrentaban, más bien, a una distopía que a la idealización de una Atenas cibernética de los tiempos actuales. A partir de certeza semejante publicaron un ensayo cibercultural arrogándose para sí la invención de un subgénero que trataba de fomentar una idea no mítica de la cibercultura. Por el contrario, se decantaron hacia la creación de una especie de hermetismo liberador: La nueva ciudad de Dios (Debate, 2002). Después de pasar por las experiencias de filósofos excéntricos como Baudrillard, Debord, Virilio, etcétera, tomaron la decisión de hacer del panfleto, el aforismo, el texto hermético, artístico o el epifenómeno dadaísta, un espacio de libertad reacio al dogma dentro de la esfera tecnológica y cibernética a la que nos condena la religión de la aldea global. No se opusieron al inevitable destino que ofrece la tecnología como creadora de mitos o relatos éticos y herramienta de la vida cotidiana, pero buscaron alternativas capaces de dotar al ser humano, en camino de su robotización, de armas y propuestas distintas y más eficaces que las teorías sostenidas en una tradición filosófica fuerte. En su manifiesto dirigido al intelectual ciberateniense proclamaron que éste debe renunciar a toda utopía y abstenerse de hacer profecías, no pasar más de un tercio del día conectado a internet y renunciar a utilizar la ciberjerga siempre que sea posible, entre varias acciones más.

Ilustración: Kathia Recio

La nueva ciudad de Dios despierta otra vez la duda de si el ser humano es ya incapaz de construir la casa heideggeriana, el vientre en el que ha de protegerse de las contingencias mundanas, y más bien tendría que buscar su autonomía poniendo en práctica una especie de guerrilla intelectual, artística o literaria como un medio ideal para lesionar al sistema mecánico que impide pensar y vivir sin absoluta dependencia a la aldea tecnificada. Al respecto me pregunto si el fenómeno social de la pandemia —no el virus— es un asunto más religioso que médico. Toda esa indumentaria de la prevención, el miedo ontológico, el talmud de las nuevas costumbres higiénicas, los fundamentalismos morales en la convivencia entre amigos, vecinos y familiares, ¿no son efectos de una catarsis religiosa dentro de zonas en que los gobiernos, la OMS, las instituciones de salud llevan a cabo el papel de nuevas iglesias? ¿No se trata de la instauración de un perfecto sueño dogmático, más allá de que la población mundial apenas si ha sido mermada por tan publicitada enfermedad?

Los escritores citados, publicaron su obra también en papel, ya que están ciertos de que la publicación escrita forma parte de la rebelión necesaria contra las insoportables liturgias tecnológicas, redes excesivas y demás metástasis de la comunicación. Una de las intenciones de la ficción escrita, en general, es la de alimentar la imaginación para que de ella surjan otros mundos, se desplieguen horizontes hacia cuyo rumbo vagar, y se continúe edificando mundo humano. ¿Venir a la vida para convertirse en robot? Algo así podría tener cierto sentido estético y rebelde (leer Mundo dron, de Naief Yehya, Debate, 2021), dependiendo de sus finalidades, aunque yo preferiría vivir y no ser sólo un vehículo carente de crítica y misterio, programado para consumir tecnología.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor

 

Un comentario en “Cibercultura y dispersión

  1. En Silicon Valley está rigurosamente prohibida la tecnología a los niños por disposición de los padres.