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Durante muchos años he sostenido la necesidad de ver a 1979 como uno de los años modeladores de la política medio oriental. La Revolución islámica no sólo implicó la instalación del gobierno de los ayatolas, sino la maestría en la pantomima política hacia el interior y el exterior de Irán.

Ilustración: Estelí Meza

El ayatola Ebrahim Raisi, ganador de las presidenciales de 2021, era un hombre relativamente poco conocido en la arena política hasta 2016. No así en la judicial. Su presencia es síntoma de las modificaciones gestadas en el interior del proyecto político de Teherán. Por encima de una mera continuidad, refleja la metamorfosis presente y futura diseñada para una frágil y aún más riesgosa forma de continuidad.

Son naturales, como en otras ocasiones, las voces resaltando la inquietud de Estados Unidos para replantear el acuerdo nuclear con la próxima presidencia de Raisi; el clérigo, el juez, el ejecutor. De aquí en adelante tampoco se escatimarán palabras consignando las preocupaciones israelíes. Una vez más, como ocurre siempre en Medio Oriente, prima la fascinación por una mirada exclusivamente política a los entornos culturales y su conformación. Tras 1979 se modeló no sólo una estructura de poder, sino también una cultura a su alrededor.

La pantomima electoral iraní se encuentra entre los epítomes de la simulación política. Cualquier musulmán interesado y limpio de intenciones tiene derecho a postularse. Hombre o mujer, aunque previsiblemente ninguna mujer ha tenido la gracia del Consejo de Guardianes. Éste, un órgano de doce miembros constituido tras la revolución y encabezado por el Líder Supremo, criba postulantes según sus posibilidades de favorecer los intereses nacionales. De los doce miembros, seis son teólogos y los restantes son juristas cuya línea con los anteriores se ha ido tornado difusa. Concluidas las elecciones, el Líder Supremo firma la aceptación del ganador entre los candidatos elegidos previamente por él y voilà: presidente por cuatro años con posibilidad de reelegirse consecutivamente en dos ocasiones o en periodos divididos para ocupar el puesto durante ocho años.

Junto con el Consejo de Guardianes existe otro órgano determinante en la política iraní, la Asamblea de Expertos. Los ochenta y ocho miembros de la Asamblea, también comandada por el Líder Supremo, como sucede con los candidatos a la presidencia, deben pasar el veto del Consejo de Guardianes. Su principal objetivo es determinar quién será el Líder Supremo cuando el concurrente deje su encomienda. La primera gran trampa está en su planteamiento, al considerarse un órgano judicial y no teológico, cuando ley y religión son intrínsecos para más de una interpretación del islam. Aquí, una de las mayores cargas de imposibilidad en los países medio orientales: mientras seamos incapaces de separar lo religioso de lo político es ingenuo considerar una convivencia funcional dentro de la zona y fuera de ella.

Sin embargo, en el caso iraní dicha incapacidad adquiere nuevos tintes hacia adelante. Cabe la posibilidad de extrañarla con miras a uno de los escenarios por venir. El pesimista. Medio Oriente admite serlo aún más.

En América Latina se ha escrito esporádicamente acerca del engaño democrático en el sistema electoral iraní, como si fuera el punto de partida para las angustias. Bajo ningún concepto se puede hablar de democracia. Para mis preocupaciones, en esta ocasión, es ínfima la relevancia de sus vicios electorales. El Ayatola Jamenei, Líder Supremo desde 1989, tiene 82 años. Su predecesor, Jomeini, murió a los 89. La inquietud por ir construyendo una ruta de salida es evidente, así como por adivinarla. De asumir a la política mexicana como intrincada en su futurismo alrededor de la sucesión presidencial, vale decir: somos unos niños de pecho frente al aquelarre de Teherán. Jamenei fue presidente de Irán de 1981 a 1989, también es lo de menos. El futurismo iraní, en su próxima sucesión, la tercera al referirse a Líderes Supremos, no sólo se concentra en el personaje. Su principal característica está en la conformación de poderes y relaciones, tanto políticas como culturales, derivadas a la elección del individuo.

La identidad de la República Islámica cambió desde su origen. El discurso rector de 1979 eliminó a sus adherentes incómodos conforme dejó de necesitarlos en sus primeros días y continúa modificándose a lo largo de los años. Hablar de Irán hoy no se sostiene con los parámetros de hace cuatro décadas, aunque los implore cotidianamente. La condición y retórica del islam chií seguirá siendo un fantasma de poca utilidad social o teológica, no así política. Entonces, resulta prudente pensarla en dichos términos. Si bien es un aspecto recurrente al dividir posturas con los gobiernos sunní de la región, la división es más atractiva para la prensa occidental y no tanto en las prácticas regionales. En el campo político de los insumos religiosos se pueden ver los inicios de la metamorfosis que lleva a Ebrahim Raisi al poder.

Jomeini aterrizó en el aeropuerto de Mehrabad, procedente de París, el primero de febrero de 1979. Dos semanas después, en los albores de la Revolución islámica, nombró al guardián del santuario de Ali al-Ridha, el Imán Reza, único de los doce imanes en la tradición chií enterrado en suelo iraní. Aquel guardián, frente al ascenso político del Ayatola Jamenei, se separó de sus convicciones originarias. A su muerte en 2016, el segundo ayatola de la República Islámica nombró guardián a un clérigo afín en su lugar: Ebrahim Raisi.

Raisi había estudiado bajo la tutela de Jamenei y forma parte de la generación de ayatolas sin participación en la revolución de 1979. Si el jomeinismo se consolidó, entre otras cosas, gracias a algunos pilares fundacionales como el antiamericanismo y el no reconocimiento al Estado de Israel, su vuelta al integrismo chií sirvió de manto para estas y cada una de las políticas al interior. Una revolución de semejante envergadura necesitó de dos aspectos cuya relación es endémica de la región: la fuerza coercitiva de los militares y sus distintas versiones, la imposición de las interpretaciones religiosas. Juntas, sincrónicas.

La revolución del 79 obligó a los ayatolas a extender esa sincronía por cada región del territorio. La operación duró poco más de una década. Ley e ideología como extensiones modeladoras de una república nada republicana. Setenta clérigos fueron designados por el Líder Supremo a tal encomienda. Entre ellos, Raisi. Involucrado en la ejecución de presos políticos de 1988, el número de asesinatos se pierde en el hermetismo local: algunos reportes cuentan cinco mil, otros treinta mil.

El Irán de Jomeini poseía un remanso discursivo propio de la época; la Guerra Fría, la guerra Irán-Irak, la particularidad religiosa. Cierta teatralidad permitía guardar un mínimo de apariencias de horizontalidad bajo un mismo espectro ideológico y una perspectiva de futuro. El fin común de aquella república supuestamente capaz de dar al islam chií lo perdido en la tradición trece siglos atrás, cuando el islam sunní cobró hegemonía.

En cambio, el Ayatola Jamenei representó desde antes de su ascenso en 1989 las características de la perversidad política sobre las del revolucionario perverso. Su camino al poder fue marcado por un constante ejercicio de eliminación de sus oponentes, culminando en un cambio constitucional, impedimento para convertirse en Líder Supremo a la muerte de Jomeini: ser marjah, alguien a quien imitar. Jamenei no contaba con el rango. En la tradición, después del Profeta están los imán, luego los marjah.

Sin la autoridad religiosa de su predecesor, Jamenei encontró en la exacerbación de los instrumentos de Jomeini el método para construirse. Aquí la primera gran metamorfosis de la cultura política iraní. El equilibrio dependía desde 1979 de la implementación del proyecto ideológico a manos de las estructuras uniformadas del Estado: las Guardias Revolucionarias y los Basij, paramilitares entre el cuerpo de las mismas Guardias; los grupos de contrainteligencia de las Guardias Revolucionarias y los Quds, fuerzas especiales de inteligencia militar y guerra no convencional. Desde 1989, todos, cada vez más integrados a tareas políticas. El impulso a lo religioso vino en lo económico, jurídico y sectario, otorgando el control de organizaciones sociales y empresas. Entre ellas, el Recinto Sagrado de Reza, cobijo del santuario del imán Ali al-Ridha, una vez bajo la tutela de Ebrahim Raisi.

El equilibrio del todo iraní perdió un grado de balance al que se acostumbró el país. Las Guardias Revolucionarias, y en especial las fuerzas Quds, se adueñaron de cada espacio de política interna gracias a la participación de un escucha a las lecturas religiosas de un discípulo de Jamenei. Su nombre era Qasem Soleimani, el segundo hombre fuerte de Irán hasta su muerte a inicios de 2020. El general Soleimani, responsable de las operaciones iraníes dentro y sobre todo al exterior —Siria, Líbano, Irak—, le permitió a Jamenei delegar en él los aspectos de la política iraní con los que las fuerzas armadas y entidades religiosas exhiben su desequilibrio, mientras aprovechó la dualidad de caracteres para disfrazarse de equilibrio.

Ebrahim Raisi es un intento por contener el desbalance, quizá un esfuerzo tardío. Sin duda poco esperanzador por su pasado y vocación criminal. Incluso sin Soleimani, el dominio de las Guardias Revolucionarias está cerca de lo absoluto. Sea Raisi o no el sucesor de Jamenei, el siguiente Líder Supremo sopesará una resaca de apariencia incontenible. Si las Guardias terminan de hacerse del control iraní, frente al desencanto por los valores de 1979, su pragmatismo no necesitará de pantomimas. El equilibrio no guardará apariencias. Con la desesperación de los más jóvenes ante la ausencia de libertades y con los saldos de la pandemia, es posible que, como es tendencia en los militares, estos busquen contener con sus herramientas las mareas del país. La siguiente metamorfosis apenas comienza.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.