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En política las apariencias engañan porque, como apunta el politólogo francés Georges Burdeau: “Yo soy tan poderoso como tú me ves”. Este principio ha sido clave para la construcción de una figura presidencial cuya legitimidad original se deriva de la urna en la que los ciudadanos depositamos nuestro voto, pero que ha recurrido a decisiones autoritarias e impopulares para dar prueba del poder de la presidencia.

Ilustración: David Peón

En 2018, López Obrador fue elegido presidente con 30 millones de votos, un triunfo inapelable, y una cifra muy superior a los 12 millones de sufragios que recibió Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional (PAN), y a los 9 millones de votos emitidos en favor del candidato del PRI, José Antonio Meade. Ante semejantes resultados, las oposiciones quedaron desconcertadas, sin rumbo ni capacidad de reacción, y todavía no se recuperan de la paliza que les propinó el lopezobradorismo. Pensemos únicamente que el “partidazo” del pasado, el PRI, quedó en tercer lugar con un porcentaje cercano al 18 %. En este caso, el sufragio fue un recurso para sancionar a un partido que ha perdido credibilidad.

La magnitud de la victoria de López Obrador, pero sobre todo la dimensión de la derrota de los candidatos de oposición, generó la imagen de lo que el sociólogo de El Colegio de México Willibald Sonnleitner ha llamado un tsunami electoral. Esta impresión fue confirmada por los resultados que obtuvo la coalición de partidos —Juntos Haremos Historia— que promovió la candidatura lopezobradorista, encabezada por el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), que obtuvo 62 % de la representación legislativa. Sin embargo, esta organización de manera individual recibió 34 % del voto, aunque logró formar una mayoría legislativa de consideración, gracias a una interpretación de la ley que favorece a las minorías, en este caso a sus aliados —el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT)—, que son conchas vacías, carentes de contenido. También recurrió a fórmulas constitucionales que permitían la sobrerrepresentación (de hasta 8 %) y a estrategias de las coaliciones que facilitaban la evasión de los límites que la ley imponía al número de diputados en relación con los votos recibidos, escribió Ciro Murayama, quien llamó la atención a esta perversión de la ley.

La jornada electoral del pasado 6 de junio deberá ser recordada como un evento virtuoso en el que los mexicanos cumplimos con la obligación cívica de votar, no obstante las advertencias. La tasa de participación fue de 53 %, relativamente alta para este tipo de comicios. Seis años antes fue de 48 %, un porcentaje superior a los que se habían registrado anteriormente. Esto indica que los mexicanos creemos en el voto  y que  sabemos para qué lo necesitamos. Nos sirve para elegir representantes y autoridades; pero también es un instrumento insustituible para construir la legitimidad política, que enaltece la lucha por el poder. Por esa razón se organizan elecciones prácticamente en todo el mundo, incluso en países que viven bajo un régimen autoritario, como China.

En los últimos años hemos podido constatar las diferentes dimensiones del sufragio, por ejemplo, cada vez es más utilizado como arma de defensa ciudadana; pero también la legitimidad que provee ha servido para justificar decisiones autoritarias, por ejemplo, la destrucción del aeropuerto de Texcoco, por el que los mexicanos habíamos pagado una buena cantidad de dinero. En ese caso, la decisión del cambio de aeropuerto pareció ser más un espectáculo público del poder presidencial, una muestra de los alcances de su arbitrariedad, que una decisión de orden económico o ingenieril.

El voto es la piedra de toque de la autoridad gubernamental; pero también es un arma para la defensa del ciudadano, es un contrapeso que frena al poder, como lo fue el pasado 6 de junio. No obstante sus numerosas victorias, Morena tendrá que negociar sus propuestas de gobierno con las oposiciones, porque así se lo exige la majestad del sufragio.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

 

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