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Horatio Bottomley visitó a las tropas inglesas en las trincheras en 1917. Los soldados lo recibieron con entusiasmo: era uno de los periodistas más influyentes del Reino Unido, pero sobre todo era la encarnación del patriotismo —y la voz de los reclutas, en su columna “Tommy and Jack”. Su periódico, John Bull, ha sido desde entonces modelo del nacionalismo fanático, beligerante y xenófobo; durante la guerra mantuvo una intensa campaña de hostigamiento contra los alemanes residentes en las islas: en John Bull aparecían listas de quienes habían cambiado su nombre de Knopp a Knox o de Baumann a Beaumont, por ejemplo, y desde sus páginas se exigía al gobierno que confiscara la propiedad de los alemanes, que los mantuviera en prisión, y que a los que se hubieran nacionalizado se les obligase a llevar sobre la ropa un distintivo visible.

Ilustración: Estelí Meza

Bottomley era además un orador espectacular. Durante la guerra recorrió el país varias veces dando conferencias para apoyar las campañas de reclutamiento, y movía muchedumbres con una retórica incandescente: belicosa, sentimental, iracunda, a veces casi mística, pero siempre vulgar —de una vulgaridad muy característica, que le permitía una vinculación afectiva con su público.

A primera vista, la imagen que ofrece Bottomley es la de un fanático: intolerante, colérico, de una mezquindad criminal. Si se mira más de cerca, no es para tanto: las conferencias patrióticas eran un negocio, lo mismo que el periódico, es decir, que no era un militante, sino un empresario del odio. Comenzó su vida profesional como taquígrafo, fundó después una empresa de taquigrafía, un pequeño periódico y, sin cambiar de hábitos, pasó del periodismo a la agitación, a la bolsa de valores, al Parlamento y, finalmente, a la cárcel. Su éxito dependió siempre de su capacidad para sintonizar con el ánimo de su público, y ofrecerle lo que quería, y de una absoluta y alegre falta de escrúpulos. Su artículo tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando cerraba pidiendo borrar de la faz de la tierra a Serbia; una semana más tarde pedía aniquilar a Alemania, encerrar al káiser en un manicomio.

Bottomley recibía entre el 65 y el 80 % del precio de las entradas para sus discursos. Tenía tres o cuatro modelos básicos, y escogía uno u otro según fuesen los ingresos de la taquilla, y elevaba la temperatura emotiva conforme a la recaudación. Alguna vez le reprocharon que dejase de ir a un teatro relativamente modesto: “No puedo evitarlo, soy una cortesana de la palabra, me vendo a quien tiene más dinero”. En sus giras patrióticas ganó alrededor de 27 000 libras, es decir, unos dos millones de dólares según el valor actual. Pero además le dieron el impulso para llegar por segunda vez al Parlamento.

A lo largo de su vida, Horatio Bottomley fundó (y liquidó) al menos 77 compañías, y estuvo sujeto a 256 procesos de quiebra. El esquema básico de sus negocios era muy sencillo: abría una suscripción de acciones para un negocio fabuloso, ofrecía dividendos insólitos el primer año y la empresa entraba en quiebra. A los accionistas les ofrecía la alternativa de pagar una pequeña cantidad para cambiar sus títulos por otros, de una nueva empresa que prometía ganancias aún mayores. Y siempre había quienes le compraban acciones, a pesar de todo. Así vivió durante décadas, pero con el éxito de la campaña de la guerra se rodeó, según Julian Symons, de la peor clase de aduladores, que son los que se creen sus propios elogios. Al final, una complicada historia de venganzas lo llevó a la cárcel en 1922. Cinco años después salió para fundar un nuevo periódico.

Atribuirle una ideología, cualquiera, sería una exageración: Bottomley era el demagogo perfecto. En su popularidad hay algunas claves para entender su tiempo. A lo mejor también el nuestro.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

 

3 comentarios en “Fanáticos

  1. Interesante historia que podría resumirse en la vieja frase: a rio revuelto ganancia de pescadores. Esto es algo que no debe extrañarnos.

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